Os dejo por aquí el relato que escribí para El Correo , publicado el pasado viernes 7 de agosto, ilustrado por Irrimarra. Espero que lo disfrutéis.

Cualquier parecido con la realidad…

El médico nunca quiso ser un héroe. De niño no soñaba con ser astronauta, ni bombero y mucho menos torero porque, para él, derramar sangre solo podría justificarse si era para analizarla bajo un microscopio. Todo lo demás le parecía una crueldad.

Si alguien le preguntaba:

¿Qué quieres ser de mayor, bonito?

– Investigador -respondía él.

¿Como Sherlock Holmes?

Y entonces arrugaba la nariz y sacudía de un lado a otro la cabeza.

– ¡Como Ramón y Cajal! -exclamaba, sorprendido de que no fuese más que evidente que el primero era un personaje inventado y el segundo un superhombre de carne y hueso.

Por eso estudió Medicina, pese a que las personas en general no le resultaban demasiado interesantes. Veía las enfermedades como enigmas que llegaban a él en recipientes humanos, igual que los rompecabezas venían en cajas.

La primera vez que el médico escuchó hablar de la Aureola-Toxina acababa de salir de una guardia de veinticuatro horas en la que atendió a una ciudadana que decía haberse hecho daño en la garganta comiendo galletas mojadas en leche. Poco después sacó un tapón del oído de un hombre que aseguraba haberse quedado sordo de repente. Lo más grave llegó a las cinco de la mañana. Un niño de cinco años se había introducido la pila de un reloj por la nariz. Hubo que operarle de urgencia para extraerla, porque ya se le había instalado en un bronquio. Cuando fue a hablar con el padre para informarle de la situación, y advertirle sobre los peligros de dejar determinados artículos de pequeño tamaño cerca de los niños, el hombre se mostró ofendido.

– ¿Pretende decirme cómo debo educar a mi hijo? ¡Que su sueldo lo pago yo! -le gritó mientras atusaba la cabecita de su vástago.

Así que, como te decía, el médico regresó a su casa tras la guardia. Se dio una ducha de una hora para espantarse los demonios y se dispuso a desayunar viendo las noticias. Justo en ese momento, el presentador informaba de una nueva enfermedad que estaba causando estragos en un país muy, muy lejano. Se trataba de un mal de otros, unos que se caracterizaban por llevar una dieta estrafalaria. Pese a que los iniciales síntomas de la Aureola-Toxina se pareciesen mucho a los del orzuelo común, se estaba descubriendo como una enfermedad muy beligerante con los mayores.

Ráfaga. Y en el informativo pasaron a otro asunto.

El médico se terminó el desayuno preocupado. Como era de talante obsesivo se puso en marcha. Ver la enfermedad resumida en números y porcentajes le ayudaba a relajarse. Hizo cálculos y llegó a la conclusión de que, si el Organismo Planetario para la Sanidad no tomaba cartas en el asunto, en pocas semanas la Aureola-Toxina afectaría a la totalidad de los países del globo y la necesidad de camas de UCI excedería en más de cien veces las existentes.

Que se nos echaba encima una calamidad de libro, vamos.

Mientras tanto surgió un trascendental debate social. Una asociación para la defensa del lenguaje no sexista se quejó de que se hubiera designado en femenino a la Aureola-Toxina, cuando se trataba de un virus. Según los estudios, vivíamos en una sociedad patriarcal en la que las desgracias, ya viniesen en forma de huracanes o enfermedades malignas, se bautizaban en femenino. Tras agrias discusiones y diversos insultos entre políticos y ciudadanos en la red social Poopter, se decidió que la Aureola-Toxina pasaba a llamarse: El Aureola-Toxina.

Pero el médico no prestó demasiada atención al debate. Estaba más preocupado en hacer recuento de las mascarillas que había en su hospital. Concluyó que, cuando el Aureola-Toxina llegase a las consultas, tendrían existencias para tres días más o menos. Aunque pronto descubrió que eso no parecía inquietar a las altas esferas. Cuando los primeros enfermos llegaron, los jefes les prohibieron usarlas.

– ¡Sembraréis alarma con las mascarillas puestas! -advirtieron.

Y, ¿quién querría inquietar a la población? A fin de cuentas más gente moría al año de golondrinos infectados o rituales del sapo bufo. Según anunciaba con su voz sosegada el especialista de la Unidad de Control de Cardenillos y Pestilencias en su rueda de prensa diaria, el número de contagiados y muertos se multiplicaba por tres cada veinticuatro horas, pero estaba todo bajo control.

Pocos días después, el Organismo Planetario para la Sanidad decretó que el Aureola-Toxina ascendía de categoría: de epidemia a pandemia. Aquello desencadenó la locura. La Jefatura Mayor del Reino declaró el Período de Emergencia. Los ciudadanos debían permanecer en sus casas; se restringía la movilidad. El médico, que vivía en una ciudad pero trabajaba en otra de distinta comunidad, tuvo que alejarse de su familia. Tampoco quería contagiarles. Tenía miedo de que la maldita enfermedad se le pegara a la ropa, porque los US (Uniformes de Seguridad) aún no llegaban. Para burlarla, se confeccionó una bata con bolsas de basura y una pantalla protectora con el plástico de una carpeta. Los enfermos se hacinaban en los pasillos del hospital; se morían solos. El médico y sus compañeros forraban de plástico sus teléfonos móviles y corrían de una habitación a otra para que, al menos, pudieran despedirse a través de la pantalla.

Un sentimiento de gratitud generalizado encumbró a los sanitarios a la condición de héroes. Cada día, a las ocho de la tarde, las gentes se asomaban a las ventanas para aplaudirles. Cantaban y bailaban el ‘Aguantaré’, los artistas más famosos del momento versionaban el tema y lo compartían en sus redes sociales. Los medios de comunicación mostraban la alegría del pueblo unido que jamás sería vencido.

Pero ya te dije al comienzo que el médico nunca quiso ser un héroe. De hecho no creía serlo. Los héroes no tenían miedo, y el médico tenía mucho. Miedo al contagio, al desabastecimiento, a enfrentarse con los parientes de los enfermos para decirles que no se podrían despedir de su padre, de su madre, de su esposa o su marido. Miedo a tener que elegir para quién sería la última cama de UCI. Regresaba cada día a su apartamento, añorando a su familia, escuchando a los vigilantes de balcón.

¡Sinvergüenza! Vuelve a tu casa o llamo a la Policía.

Porque la gente se enfadaba mucho con los que se saltaban las normas.

A su piso llegó para encontrarse con la nota que sus vecinos le habían dejado en la puerta, recriminándole su falta de consideración por no haberse confinado en los hoteles que estaban poniendo a disposición de los sanitarios. El médico le hizo un gurruño al papel. Cerró la puerta y se metió en la ducha para espantarse de nuevo los demonios. Y cualquier resquicio del virus.

Algunos compañeros del médico se contagiaron. Uno de ellos murió, pero nadie le hizo nunca la prueba, porque no había test suficientes. A los demás les dijeron que tenían que seguir trabajando si no estaban graves. Pero de eso no se hablaba mucho en los informativos. La población, guiada por sentimientos de lealtad hacia sus políticos, se enrocaba en debates sobre los muertos que estos colocaban encima de sus escaños, para lanzarlos a la cara del contrario. Los que dirigían el país señalaban con el índice a la Luna y la población se desgañitaba, discutiendo sobre el satélite (o sobre lo nudoso que tenían el dedo), en lugar de mirar lo que estaba pasando en la Tierra.

La Agencia Estatal de Consignas Sociales, encargada de medir los flujos de inquina antigubernamental, detectó que esta resultaba peligrosa. Era tiempo de fraguar una nueva realidad; el fútbol debía regresar. Para tranquilidad de los clubes y los aficionados, les hicieron el test del Aureola-Toxina a los jugadores. Por fortuna, un mes después, hubo ya los suficientes para hacérselos también a los sanitarios.

La Unidad de Control de Cardenillos y Pestilencias registraba a los afectados por sus síntomas, luego solo a los que tenían la prueba hecha, luego a los que la tenían hecha del día y, finalmente, a los que la tenían hecha del día, pero solo si era día par y la Luna estaba en cuarto menguante. Un sistema parecido empleaban con los que morían, hasta que un día llamaron a una familia para avisarles de que su padre fallecido aún vivía, según las estadísticas.

Poco a poco los contagios descendían y relajaron la emergencia. Primero podrían salir los niños, luego los deportistas, también los ancianos a determinadas horas del día. Pero el médico seguía sin poder regresar a su hogar, con su familia, aunque les separasen cincuenta kilómetros. Podría haberlo hecho de ser tan aguerrido como aquel cuñado del príncipe de Délfica, que tomó un avión y un tren para asistir a una despedida de soltero. En el recorrido contagió del Aureola-Toxina a veinte personas. O como aquel político al que detuvieron por conducir borracho, a altas horas de la madrugada, dos días después de clamar en medios de comunicación contra la irresponsabilidad de los que se saltaban el confinamiento.

La Jefatura Mayor del Reino puso fecha para el regreso de los turistas. Los voldavos, bermánicos y grandeses nadarían en nuestros mares antes de que el médico pudiera regresar a su casa.

Ya no había aplausos a las ocho de la tarde, pero no importaba porque, según el noventa por ciento de los post de la red social Rareblock, el Aureola-Toxina nos había vuelto mejores personas, más tolerantes y empáticos. Y eso quedó demostrado durante la siguiente guardia del médico. Un paciente, preocupado porque le picaba un ojo, reclamaba que se le efectuase una resonancia magnética.

– ¡Que su sueldo lo pago yo! -argumentó con firmeza.

Tras la guardia, el médico se dio la habitual ducha-espanta-demonios. Y por primera vez en su vida quiso ser de verdad un héroe, para poder teletransportarse a su casa sin incumplir las normas de movilidad.