Campa de los ingleses

Os dejo por aquí el relato que escribí para El Correo , publicado el pasado 31 de agosto. Espero que lo disfrutéis.

 

Campa de los ingleses

En aquellos tiempos los franceses advertían a los extranjeros de que cruzar el Bidasoa era una hazaña propia del mismísimo Ulises; no en vano ellos lo llamaban “boca del dragón”. Estaban convencidos de que, cualquiera que se atreviera a emprender semejante aventura, terminaría infectado de fiebre amarilla o de cualquier otro mal que solo podría curarse peregrinando de rodillas hasta Lourdes. Por eso no llegaban a entender la razón por la que los ingleses reincidían en relacionarse con los habitantes de esas tierras.

Fue en ese lugar con olor a sal donde nació y creció Catalina, la hermosísima nieta de madame Mazarredo, una mujer distinguida que había residido gran parte de su vida en París y que, por lo mismo, vestía a la usanza francesa, excepto cuando acudía a la misa de los domingos. La joven Catalina había heredado la elegancia y el delicado aire de superioridad de su abuela; hablaba perfectamente el francés y saludaba con media sonrisa a los habituales invitados de madame Mazarredo, circunstancia que acontecía prácticamente a diario, aunque eran las tertulias de los domingos especialmente destacables. Comenzaban a las diez de la noche y los asistentes se sentaban en círculo a charlar mientras Catalina ejecutaba al piano los zortzikos compuestos por su abuela. En las célebres reuniones se bailaban cotillones franceses, se discutía de literatura y se jugaba al “Rey pasa por aquí”.

Sumergida en ese selecto ambiente se hizo mujer la niña Catalina, casi sin que se dieran cuenta de tal manera que, de un día para otro, las costuras de los vestidos se le estallaron a la altura de las sisas. Y su lozano desarrollo no pasó desapercibido a los hombres. Aquellos que antes le pellizcaban las mejillas, pronto pasaron a anhelar pellizcarle en lugares menos inocentes, aunque ella parecía poco predispuesta a aceptar sus atenciones.

El paseo del Arenal, escoltado por bancos de piedra, con su jardín de flores, era entonces el lugar elegido por la beau monde para dejarse ver. Los comerciantes se reunían allí entre las doce y las dos para llevar a cabo las transacciones comerciales que terminaban sellando en el café que los dos hermanos suizos tenían en la calle de Correo. Por la tarde le llegaba al turno a los políticos y a los militares y, al atardecer, los jóvenes más elegantes se lucían esquivando a los niños que correteaban entre ellos agitando sobre sus cabezas cajitas de fósforos mientras pregonaban: ¡Fuego! ¡Fuego! Los fumadores habituales pagaban una suscripción de una perra gorda por semana con la que se aseguraban mantener sus cigarros encendidos aunque, eso sí, prescindían de fumar en presencia de las damas que, tan pronto oscurecía, se retiraban para evitar que se las confundiera con mujeres de mal vivir.

 

                                                                                                                                                                                                                               Ilustración: Mikel Casal

En cualquier caso a Catalina jamás se la vio en ninguno de los lugares frecuentados por la gente de su edad. Apenas salía y, cuando lo hacía, era para asistir a la misa de los domingos o para acudir, un día sí y otro casi también, a la tienda de ultramarinos de Escolástico Zelaya, en la que lo mismo se podían adquirir botones de hueso, flores de tela, periódicos extranjeros, cuadernos pentagramados o novelas. Y era por esto último que la joven se sentía ineludiblemente atraída por aquel local que olía a jaboncillos perfumados, ubicado en el Campo Volantil.

Catalina era la única mujer de Bilbao que montaba en bicicleta. Recorría la ciudad a tal velocidad que muchos creían verla venir y, de pronto, lo que quedaba en el aire no era más que la estela del velo de su sombrero, ondulando en el aire. Al llegar a su destino, ella se liberaba con un suspiro de los guantes y de las estrafalarias antiparras de cuero heredadas de su tío, sin prestar atención al interés que despertaba en el resto de ciudadanos que opinaban que una mujer decente no debería montar a horcajadas sobre semejante artilugio, ya que corría el riesgo de dejarse allí la virtud. Si en el breve trayecto que recorría a pie desde el lugar en el que dejaba la bicicleta hasta la tienda tropezaba con algún caballero conocido, correspondía a sus corteses reverencias y sombrerazos con un leve movimiento de mentón, sin dejar entrever ni una misericorde sonrisa. Y su actitud era exactamente la misma cuando entraba en la tienda de Escolástico y éste la saludaba con timidez. Pese a que llevaba años comprando allí, poniendo a prueba su talento de buen tendero con encargos de libros extrañísimos que él cumplía religiosamente sin fallar ni una sola vez (que si Las amistades peligrosas, que si Madame Bovary, que si Frankenstein…), jamás se permitió Escolástico con ella una sola confianza. Le hablaba sin mirarla directamente a los ojos y aprovechaba los momentos en los que se daba la vuelta para recorrer su encantadora figura y suspirar muy bajito. Como nunca habían entablado un diálogo en condiciones, Escolástico Zelaya quiso saber de su personalidad y para ello se leía, en una sola noche, los libros que Catalina le encargaba, de lo cual dedujo que se trataba de una joven pasional, con tendencias romántico-tenebrosas. Además, leer los libros que ella leería, acariciar con los dedos las páginas que ella rozaría en un futuro, le hacía sentirla próxima, unida en cierta media a él. Un acercamiento robado al destino porque, por la indolencia con la que Catalina se comportaba, le quedaba claro que otro tipo de contacto no era, ni sería jamás, posible. Pero todo podría cambiar. El destino podría cambiar. Al menos eso era lo que Escolástico deseaba.

Aquella mañana Catalina subió en su bicicleta y se dirigió a la tienda en busca de su último encargo: Cumbres borrascosas. Escolástico se encontraba en ese momento envolviendo la novela en papel de estraza y fue entonces cuando lo decidió. Lo sintió en su interior como un azote del mar en la costa en un día de tormenta. Era una valentía que no reconocía como suya, pero aún así estaba dispuesto a adueñarse de ella. Debía hacerlo. Sí. Lo haría. Rozaría el índice de Catalina con su meñique en el intercambio de manos del libro.

            Ella entró en la tienda, saludó, preguntó por su encargo, él sacó el paquete de debajo del mostrador. Tomó aire. La miró fijamente a los ojos, un segundo, dos, tres… iniciando el movimiento de entrega del libro. Justo cuando estaba a punto de depositar el paquete en las manos de la dama, sintió el corazón desbocado, al borde del colapso… y entonces… entonces… el joven Pachi entró en la tienda como una exhalación, llamando al gritos al tendero. Escolástico suspiró con rabia. No le dio tiempo a mucho más porque Pachi se lanzó a resumir el motivo de su entusiasmo. Un acontecimiento épico estaba a punto de celebrarse en la Campa de los Ingleses. Llamaban así a ese terreno junto al río porque, entre hierbajos y matojos, se escondía un antiguo cementerio británico y, en ocasiones, los marineros ingleses que arribaban a Bilbao practicaban allí un juego de pelota que les obligaba a correr un buen rato en paños menores. En un principio, los jóvenes locales se burlaron de los isleños, pero estos se pusieron gallitos y les retaron a un partido con el que pretendían demostrarles que ese deporte no era apto para pusilánimes. Tras explicarles paso por paso en qué consistían las reglas del juego, los nativos concluyeron que les iban a dar a los foráneos una soberana paliza. Se necesitaban once jugadores, y ellos solo contaban con diez, así que corrieron en busca del que faltaba. Escolástico se encogió de hombros.

-¿Por qué piensas que voy a cerrar la tienda para ir a jugar a eso?

_Ohhh… por favor. No te hagas de rogar. Te necesitamos.

Escolástico eran moreno y delgado. No acumulaba ni un gramo de grasa en su cuerpo porque le gustaba subir a los montes con su perro para recoger setas tras la lluvia. Eso y jugar a la pelota mano eran las actividades físicas que él consideraba adecuadas para los hombres; todo lo demás le parecía hacer el ridículo. Y así se lo dijo a Pachi:

_No pienso hacer el ridículo corriendo detrás de una pelota _sonrió con jactancia, convencido de que semejante arranque de sensatez le haría al fin visible a los ojos de Catalina, que aún continuaba con la mano suspendida en el aire, en espera de recibir su ejemplar de Cumbres borrascosas.

Escolástico viró levemente la mirada hacía ella y creyó percibir un leve gesto en su habitual rostro impasible.

_Eso que usted llama “correr detrás de una pelota” tiene nombre: Football _aclaró la joven_. Y no consiste solo en eso. Hay que luchar con todo el cuerpo para batirse con el contrario, dominar el movimiento de un objeto esférico empleando únicamente pies y piernas.

Escolástico quedó petrificado. Era la primera vez que Catalina le hablaba más de dos frases seguidas. Gracias a ello confirmó algo que ya sospechaba; tenía la voz de pájaro ronco, seguramente de usarla poco. Y algo más: quería escuchar esa voz hasta el fin de sus días.

_¿Cree entonces que debería jugar? _le preguntó envalentonado.

_Por supuesto _confirmó ella.

_Solo si me hace usted el honor de ser espectadora. Eso me dará fuerzas.

Su boca no respondió, pero sus ojos le indicaron que estaba dispuesta a presenciar partido.

El sol estaba en ese momento en el lugar más alto del cielo. Once y once jugadores midiendo sus fuerzas ante un balón de cuero relleno de plumas. Escolástico tomó posición, dispuesto como estaba a mostrarse ante Catalina como un auténtico héroe. Con los pies afirmados en el suelo, balanceó el cuerpo hasta encontrar el movimiento perfecto. Con mirada de lince, localizó el balón y se preparó para correr tras él como si le fuese la vida en ello. El contrario lo había lanzado al aire y él dio un salto, lo golpeó con el pecho haciendo que descendiera hasta sus pies y, una vez allí, se dispuso a dominarlo. Lo logró y corrió en dirección a la portería. Iba sonriendo. Podía sentir los ojos de Catalina clavados en su nuca. Corría como nunca lo había hecho, sintiendo el balón en cada zancada: derecha, izquierda, otra vez derecha… hasta llegar a la altura de uno de los ingleses que le lanzó un codazo certero en la boca del estómago, justo un segundo antes de arrebatarle el balón. Escolástico cayó de bruces, golpeándose en el ojo con la rodilla de uno de sus compañeros de equipo.

Ese primer partido de futbol terminó con cinco goles a favor de los ingleses, los cuales, para sanar el orgullo herido de los contrarios, decidieron invitarles a pollos asados y chacolí.

A media tarde, Catalina y Escolástico se alejaron la Campa de los Ingleses. Él la acompañaba empujando su bicicleta mientras le contaba anécdotas de la tienda que ella escuchaba con aparente interés.

_Se le está poniendo el ojo morado _le señaló ella.

_No importa. Nunca me he sentido mejor que hoy.

Caminaban sin prisa, rumbo a la casa de Catalina, bajo la atenta mirada de los desolados admiradores de la muchacha, que la vieron alejarse convencidos de que la habían perdido definitivamente.

 

 

 

Érase una vez… texto completo de mi pregón en la Feria del Libro de Teruel.

Érase una vez… ¿Lo recuerdan? Tres simples palabras que encogían nuestra alma cuando éramos niños, augurando emoción, aventuras, sorpresas. Nos dejaban en silencio, con los ojos abiertos como platos, ansiosos, anhelando que la historia que acababa de comenzar nos arrastrase a un mundo idílico donde todo era posible, donde convertirnos en héroes, en dragones, en elfos, hadas o viajeros del tiempo.

Érase una vez… tres palabras mágicas que, al menos en mi caso, aún hoy, me alejan de la realidad. Aún puedo escucharlas cada vez que abro las cubiertas de un libro. Continúan resonando en mis oídos. Érase una vez… érase una vez… Me resisto a evitar que deje de ser así. ¿Por qué contener esa emoción? ¿Acaso leer no es vivir mil vidas dentro de nuestra vida? ¿Acaso no es un libro el medio de transporte más económico, ecológico y seguro que existe? ¿Acaso no resulta tentador empatizar con vampiros, sirenas, marineros, ballenas, topos, reyes o reinas? ¿Ser vulnerable a la par que eterno? Todo eso y mucho más es lo que se consigue al abrir un libro.

Érase una vez un niño gordito llamado Bastián Baltasar Bux que, huyendo de los abusones de la clase, se coló en una librería de saldo y allí se tropezó con un misterioso libro. Las tapas eran de color cobre y brillaban. Lo hojeó. El texto estaba impreso en dos colores. No parecía tener ilustraciones, pero sí unas letras iniciales de capítulo grandes y hermosas. Mirando con más atención la portada, descubrió en ella dos serpientes, una clara y otra oscura, que se mordían mutuamente la cola formando un óvalo. Y en ese óvalo, en letras caprichosamente entrelazadas, estaba el título:

 

La historia interminable

 

¿Lo recuerdan? La pasión de Bastián Baltasar Bux eran los libros.

Quien no haya pasado nunca tardes enteras delante de un libro, con las orejas ardiéndole y el pelo caído por la cara, leyendo y leyendo, olvidado del mundo y sin darse cuenta de que tenía hambre o se estaba quedando helado… Quien nunca haya leído en secreto a la luz de una linterna, bajo la manta, porque papá o mamá o alguna otra persona solícita le ha apagado la luz con el argumento bien intencionado de que tiene que dormir porque mañana hay que levantarse tempranito… Quien nunca haya llorado abierta o disimuladamente lágrimas amargas, porque una historia maravillosa acababa y había que decir adiós a personajes con los que había corrido tantas aventuras, a los que quería y admiraba, por los que había temido y rezado, y sin cuya compañía la vida le parecería vacía y sin sentido… Quien no conozca todo eso por propia experiencia, no podrá comprender probablemente lo que Bastián hizo entonces. Miró fijamente el título del libro y sintió frío y calor a un tiempo. Eso era, exactamente, lo que había soñado tan a menudo y lo que, desde que se había entregado a su pasión, venía deseando: ¡Una historia que no acabase nunca! ¡El libro de todos los libros!

¿Pueden sentirlo aún? Si es así, no dejen de hacerlo. No se dejen convencer por todos esos ridículos que argumentan que los libros son demasiado caros, mientras abonan 50 € en una ronda de cervezas. No me entiendan mal. Valoro ampliamente el poder sanador de una cerveza entre amigos. Pero… ¿En serio los libros son caros? ¿Cómo ponerle precio a los sueños, a la emoción, al desarrollo de la conciencia y la imaginación? Un libro será eterno mientras aguanten sus páginas. Puede leerse y releerse porque nunca será el mismo. Se adaptará al momento vital en el que nos encontremos y cambiará con nosotros; será otro cada vez que regresemos a él. Nos dará la razón, responderá a nuestras preguntas; encontraremos entre sus páginas el reflejo de lo que somos, o de lo que anhelamos ser.

Un libro, además, es el regalo perfecto, el amigo perfecto, el compañero perfecto. Los hay estéticamente hermosos, coleccionables. Con cubiertas de terciopelo y cantos dorados que pasarán de generación a generación, como legado. Los hay pequeños, de tapas blandas, económicos, manejables… de esos que no importa subrayar, doblar las esquinas o abandonar en un parque para que otro los encuentre una vez leídos; los perfectos compañeros de viaje. Los hay cuajados de sentimientos, ¡de los nuestros! Que hacen que nos preguntemos ¿cómo es posible que alguien que no he visto nunca, alguien que vivió hace siglos, alguien que nació en otro continente, alguien con otro color de piel, con otro sexo… me conozca tan bien? ¿Cómo pudo alguien vestir con palabras la agitación que, hasta este momento, no era más que un pálpito dentro de mi alma? Un libro puede servirnos de mensajero del amor, y también se lo podemos prestar a alguien de confianza (aunque ya les informo que los libros son entes rencorosas, que jamás regresan si sienten que les hemos abandonado). Incluso, en el improbable caso de que un libro no les guste, siempre pueden usarlo para calzar una mesa, y dejarlo ahí, en espera de encontrar el momento adecuado para recuperarlo y comprender su mensaje. Como pueden ver, todo en el libro es perfecto. Por eso les invito a llamar a la puerta de este agujero en el suelo en el que vivía un hobbit. No un agujero húmedo, sucio, repugnante, con restos de gusanos y olor a fango, ni tampoco un agujero seco, desnudo y arenoso, sin nada en qué sentarse o qué comer: era un agujero-hobbit, y eso significa comodidad.

Y una vez instalados cómodamente dejen que el libro les arrastre. No se resistan. ¡Vayan en busca de la aventura! Tal y como Bilbo Bolson se dejó convencer por Gandalf y los enanos.

Érase una vez… esa es la magia de los libros. Saquen de las tapas un mundo de la nada, al igual que los prestidigitadores sacan un conejo de su chistera. Un mundo que puede estar lleno de peligros, de melancolía, de crímenes, de viajes… en el que siempre nos mantengamos a salvo. Un mundo de pasiones, deseos y amores prohibidos.

Lolita, luz de mi vida, fuego de mis entrañas. Pecado mío, alma mía. Lo-li-ta: la punta de la lengua emprende un viaje de tres pasos desde el borde del paladar para apoyarse, en el tercero, en el borde de los dientes. Lo. Li. Ta. Era Lo, sencillamente Lo, por la mañana, un metro cuarenta y ocho de estatura con pies descalzos. Era Lola con pantalones. Era Dolly en la escuela. Era Dolores cuando firmaba. Pero en mis brazos era siempre Lolita.

¡No! ¡No! ¡Se lo ruego! No permitan que nadie les prohíba un libro, que les nieguen su lectura o su acceso por juzgarlos desde nuestro presente. Los libros son legado, testigos, embajadores… los ojos con los que podemos ver el pasado y con los que nos verán en el futuro. Dejen que sus hijos lean Caperucita, o la Bella durmiente si lo desean porque, de no permitírselo, les sustraerán información para comprender su presente y buena parte de un imaginario común sin el cual les estarán negando también el acceso a obras tan hermosas como la Zarzarrosa de Robert Coover, que les recomiendo buscar en las casetas de la feria. Ningún mal puede hacerles un libro si son lo suficientemente valientes como para educar a sus hijos para que se conviertan en hombres y mujeres con pensamiento crítico; algo que también aprenderán leyendo. No dejen que les prohíban La cabaña del tío Tom o Las aventuras de Huckleberry Finn, o las de los Cinco, porque en ellas se refleja el racismo de una época, u Otelo porque tiene como tema principal la violencia de género. No dejen que nos aboquemos a una sociedad semejante a la que Bradbury refleja en Fahrehneit 451 (la temperatura a la que arde un libro), donde su quema era obligada para poder manejar los pensamientos de una sociedad alienada, a la que se le niega el poder pensar por ella misma. En la que

Constituía un placer especial ver las cosas consumidas, ver los objetos ennegrecidos y cambiados. Con la punta de bronce del soplete en sus puños, con aquella gigantesca serpiente escupiendo su petróleo venenoso sobre el mundo, la sangre le latía en la cabeza y sus manos eran las de un fantástico director tocando todas las sinfonías del fuego y de las llamas para destruir los guiñapos y ruinas de la Historia.

Érase una vez la libertad mayor: libertad de pensamientos, de elecciones, de sueños… Este es un buen momento. Está delante de nosotros. Casetas cuajadas de libros. Envidio a los que van a vivir hoy su primera Feria del Libro; esos niños y niñas que, acompañados de sus padres, tíos, abuelos… podrán elegir el tesoro de papel que se llevarán a casa, con el que seguramente alcanzarán esta noche sus sueños. Seguro que esos niños y niñas recordarán este día, igual que el coronel Aureliano Buendía recordó aquella tarde remota en la que su padre lo llevo a conocer el hielo.

Y no solo permitan a los niños soñar. Siéntanse libres los adultos de elegir el libro de sus anhelos. Si no vienen con uno en mente, recorran las casetas, visualicen las portadas, déjense seducir por el título, por la sinopsis, ojeen sus páginas, acaricien sus lomos… no me cabe duda de que, antes o después, sentirán el flechazo. Leerán y leerán la historia que otro (el autor), un desconocido que tan bien parece conocernos, inventó. Porque como, como bien dice Gaarder en El mundo de Sofía

…al fin y al cabo, algo tuvo que surgir en algún momento de donde no había nada de nada…

 

Con suerte ese mundo inventado nos arrastrará páginas y páginas hasta llegar a la palabra fin. Después cerraremos el libro y, con suerte, nos sucederá como al lector del que habla Ángel González en su poemario Nada grave:

Al lector se le llenaron de pronto los ojos de lágrimas, y una voz cariñosa le susurró al oído:
—¿Por qué lloras, si todo en este libro es de mentira?
Y él respondió:
—Lo sé, pero lo que yo siento es de verdad.

¡Sientan! ¡Sientan!

Muchas gracias. Disfruten de la Feria del Libro de Teruel 2019.

Fundación Antonio Gala.

Ayer pasé el día en la Fundación Antonio Gala para jóvenes creadores, un lugar inspirador que surge a la sombra del lema de un verso del “Cantar de los cantares”: “Pone me ut signaculum super cor tuum”, “Ponme como un sello sobre tu corazón”. Y algo de eso es lo que sucede cuando tienes la suerte de recorrer este antiguo Convento del Corpus Christi reconvertido en casa para creadores ya que, una vez al año, esta institución convoca unas becas de alojamiento y manutención para jóvenes de entre dieciocho y veinticinco años en lengua castellana. El objetivo fundamental de estas ayudas es formarlos en la idea de que todos deben enriquecerse con la convivencia, y que dentro de la Fundación pueden “vivir para trabajar sin tener que trabajar para vivir”, una idea del escritor Antonio Gala que se ha visto finalmente cumplida con la puesta en marcha del proyecto que lleva su nombre.

Nerea Riesco en la biblioteca de la Fundación Antonio Gala

La escritora María Zaragoza, antigua becaria de la Fundación y actual tutora de los jóvenes escritores, me invitó a que compartiera con ellos mis experiencias dentro del mundo de la literatura. Pero antes del encuentro, me hizo de cicenore de este espacio maravilloso que me apetece mucho mostraros. Y es que el edificio en sí mismo es un lugar impresionante, lleno de historia y de historias, que merece la pena ser visitado: el patio central con su refrescante fuente de piedra, el reflectorio que, como no podría ser de otra forma, hace las veces de comedor, los talleres en los que los jóvenes artistas disponen de espacio para componer, pintar, esculpir, escribir… la antigua capilla, ahora salón de actos…

María Zaragoza y Nerea Riesco en la Fundación Antonio Gala.

Como me decía ayer la escritora María Zaragoza,  este lugar es una especie de Hogwarts donde los artistas ven nacer su magia. Un enclave en el que compartir un mismo sueño, un paso decisivo para cumplir su deseo de dedicarse a la creación.

La Fundación cuenta también con un museo dedicado a la figura de Antonio Gala donde podemos ver, desde sus celebrérrimos bastones, hasta sus primeros versos infantiles, conmovedoras imágenes de su inolvidable perro Troylo, así como el escritorio de Santa Teresa de Jesús (que tiene una historia detrás, como podréis imaginar).

Objetos personales de Antonio Gala.
Una pequeña muestra de la colección de bastones de Antonio Gala.
Escritorio de Santa Teresa de Jesús en la Fundación Antonio Gala.
Imagen de las tumbas de los inolvidables compañeros peludos de Antonio Gala.
Cuadernos manuscritos de Antonio Gala.
Antonio Gala de niño.
Primeros versos de Antonio Gala.
Conmovedora historia de los primeros versos de Antonio Gala.
Las obras de reestructuración del convento sacaron a la luz una antigua calzada romana.
Calzada romana en los bajos de la Fundación Antonio Gala.
Patio interior de la Fundación Antonio Gala.

 

El encuentro con los jóvenes fue enriquecedor. Hablar con ellos, que me explicaran sus proyectos, que me leyeran sus textos… Rodeados de ese ambiente, todo agitado pero no revuelto… Salí de allí cuajada de ideas y feliz de ver que los soñadores, los inventores de mundos, seguimos en marcha. Dios los cría y lugares como estos los juntan. ¡Y qué bien que así sea!

Para quien esté interesado en optar a las becas de la Fundación Antonio Gala os comento que ya está abierto el plazo de admisión de solicitudes para el próximo curso. Dejo por aquí el enlace:

https://www.fundacionantoniogala.org/convocatoria.html

Le doy las gracias a la Fundación Antonio Gala por permitirme conocer este lugar. Y a María Zaragoza por hacerlo posible.

Le donne del Ritz.

Tengo el placer de anunciaros que el próximo 11 de abril ya estará en librerías la edición italiana de mi novela Los lunes en el Ritz con esta preciosa portada. Dejo por aquí la sinopsis en italiano.

Madrid, 1929. I fulgidi saloni dell’Hotel Ritz sono pronti a ospitare una delle eleganti feste a cui Martina, la figlia del direttore, desidera partecipare sin da bambina, da quando sbirciava dame e cavalieri danzare nei loro abiti
fruscianti. Finalmente quel giorno è arrivato, eppure, nonostante l’entusiasmo, il primo incontro con l’alta società madrilena si rivela deludente: dietro lo scintillio di una condotta impeccabile, Martina non scorge altro che superficialità e arroganza. Non vuole più avere a che fare con quel mondo, così lontano dai suoi ideali di rispettabilità e tolleranza. Finché scopre che, ogni lunedì, nel giardino d’inverno dell’hotel, al riparo da pettegolezzi e tensioni politiche, si riunisce un gruppo di donne che organizza raccolte di fondi per i più bisognosi e spera, così, di fare la differenza. Di scardinare le logiche distorte che vogliono i ricchi sempre in prima fila e i poveri a raccogliere ciò che rimane. Si tratta di una sorpresa che disorienta Martina, costretta a ricredersi: forse non tutta l’aristocrazia è superba ed egoista. Forse c’è ancora qualcuno, come lei, disposto a condividere la propria fortuna con chi non ha mai toccato con mano agi e privilegi. Ora non ha più dubbi: vuole entrare a far parte del gruppo, convinta di poter contribuire alla causa grazie alle proprie doti di pittrice. Ed è pronta a tutto per raggiungere il suo obiettivo. Perché solo così potrà diventare la donna stimabile e onorevole che ha sempre sognato di essere.

Nerea Riesco, che si è fatta notare e apprezzare da pubblico e critica con il potente bestseller La ragazza e l’inquisitore, ci consegna un romanzo emozionante sulla solidarietà femminile che non si ferma di fronte a nessun ostacolo. E sulle sfide che solo una ragazza ambiziosa e audace può vincere, opponendo all’intransigenza del sistema la fiducia nella giustizia e in un’esistenza dove non c’è spazio per la vendetta e l’egoismo.

Jack el destripador o Lizzie la destripadora.

En vísperas del otoño en el East End, una de las zonas más infortunadas de la ciudad de Londres, el cielo lloraba como casi siempre, aunque esta vez por una buena razón. El barrio estaba plagado de niños manilargos y mugrientos, de borrachos malolientes y pendencieros que empeñaban sus zapatos a cambio de un mendrugo de pan seco, de prostitutas desdentadas que ofrecían al reclamo de two penny knee trembler una experiencia capaz de hacer temblar las rodillas del cliente por dos peniques. Y es que los contactos carnales con aquellas mujeres se realizaban en un callejón oscuro, apoyados contra la pared. No era de extrañar que la mayoría de los elegantes habitantes del West End evitaran la zona, por si acaso la miseria se contagiaba simplemente con mirarla. Por si todo aquello no fuese suficiente desgracia, ese lugar se vio sacudido por la crueldad de un infame asesino. ¿O quizás fuese una asesina? En el 2006 un análisis de ADN señaló que, en el engomado de una de las cartas que la policía aún conserva del Destripador, aparece la huella genética de una mujer.
Lizzie Williams, uno de los principales sospechosos de ser la Destripadora.

 

Ya en 1888, entre la abrumadora mirada de sospechosos con los que contaba la policía, surgió un nombre femenino. Se trataba de una tal Mary Eleanor Pearcey, también identificada como Mary Eleanor Wheeler, pronto conocida por el sobrenombre de «Jill the Ripper». Depresiva, epiléptica y alcohólica, era poseedora de unas firmes manos que utilizaba para acariciar con delicadeza y pasión a Fran Hogg, un transportista que la obnubiló gracias a la exquisitez de sus tarjetas de visita, una novedad que era por aquel entonces lo último en sofisticación. Sin embargo a Fran no le bastó con el amor desinteresado que Mary le proporcionaba, de modo que dejó embarazada a otra mujer con la que terminó por casarse.

Curiosamente las nupcias se celebraron el 9 de octubre de 1888, el día que Mary Kelly, la última víctima canónica de Jack el Destripador, fue asesinada.

Ni que decir tiene que Mary Eleanor Pearcey no se tomó el asunto de la boda nada bien. Montó en cólera y decidió que la única manera de saldar con dignidad su agravio era quitando de en medio a la mujer y al hijo de su amante. Y así lo hizo. Rebanó el cuello de su competidora con tanta saña que la cabeza de la infortunada quedó apenas sujeta al cuerpo. Después ahogó al bebé y lo abandonó bajo un puente. La policía encontró a Mary horas después cubierta de sangre asegurando, con los ojos perdidos, mientras tocaba repetitivamente las dos mismas notas en un piano, que se había manchado «matando ratones, matando ratones, matando ratones…». Encontraron aquel comportamiento lo bastante sospechoso como para llegar a la conclusión de que esa mujer era la responsable del doble crimen. La condenaron a muerte.

El secreto de Mary, a la tumba

Antes de cumplirse la sentencia, le pidió a su abogado que colocase un anuncio en un periódico de Madrid. El texto rezaba así: «Última voluntad de Mary Eleanor Wheeler. No he traicionado. MEW». Con su muerte se llevó a la tumba el secreto que se escondía tras esas enigmáticas palabras y la razón por la que el anuncio tenía que aparecer en un diario español. Poco tiempo después, el museo de Madame Tussauds confeccionó una figura de cera de Pearcey para colocarla en su Cámara de los Horrores.

Pero en los últimos tiempos se postula otro nombre de mujer tras el cual podría estar enmascarándose desde hace más de un siglo el asesino de Whitechapel. Se trataría de Elizabeth Willians, Lizzie para los amigos, esposa de otro de los grandes sospechosos: el doctor William Gull.

Un abogado británico jubilado, John Morris, es el garante de esta nueva teoría. En sus ratos libres ha escrito un libro con esclarecedor título: Jack the Ripper: The hand of a woman, «Jack el Destripador: La mano de una mujer.»

Según Morris, la motivación de esta señora sería su incapacidad para concebir hijos. Eso la habría convertido en una enferma mental dispuesta a todo para arrebatarle a otras mujeres lo que la naturaleza le había negado. No debemos olvidar que, una de las señas de identidad del Destripador era hacer gala de su apodo extirpando determinadas vísceras del cuerpo de sus víctimas, entre ellas el útero. Lo hacía con tal destreza, rapidez y maestría (teniendo en cuenta que cometía los asesinatos en mitad de la noche, en callejones apenas iluminados) que se llegó a elucubrar con que se tratase de un médico, un veterinario o, en su defecto, un carnicero loco. Esta nueva teoría concluye que Lizzie podría haber dispuesto de la información necesaria para saber dónde estaba situado cada órgano corporal y de qué manera extraerlo gracias a los manuales que seguramente tenía por casa. O quizás presenciaba las operaciones quirúrgicas de su marido.

Otra de las razones que sustenta la teoría de Morris es que ninguna de las cinco prostitutas consideradas como las víctimas canónicas de Jack el Destripador fueron agredidas sexualmente. Es más, según parece en los escenarios de los crímenes aparecieron ciertas señales que hacían pensar en que una mano femenina había manejado los hilos. En el asesinato de Annie Chapman, por ejemplo, los objetos personales de la difunta aparecieron colocados delicadamente, y en perfecto orden, bajo sus pies. Y junto al cuerpo de Catherine Eddowes se encontraron tres botones ensangrentados pertenecientes a un botín femenino. Pero lo más sorprendente es que en la vivienda de Mary Kelly, en la chimenea, fueron hallados restos de elegante ropa de mujer que no pertenecían a la desafortunada meretriz, entre ellos de una capa, una falda y de un sombrero.

La pista de Lizzie Willians

Y es precisamente esta última víctima la que pudo desatar la furia de la asesina, según Morris. Al parecer el marido de Lizzie, el doctor William Gull, que oficialmente se dedicaba a la tarea de auscultarle los dolores a la reina Victoria, compaginaba tan honorable labor con el lucrativo negocio de los abortos clandestinos en el miserable barrio de Whitechapel. Allí había conocido a Mary Kelly, una deliciosa flor surgida como por antojo entre ese desbarajuste de cardos que eran las prostitutas del East End. El doctor, aparentemente sorprendido por su belleza y juventud, había decidido disfrutar de sus encantos antes de que el tiempo, la pobreza, el alcohol y las pulgas terminaran por marchitarla, convirtiéndola en un cardo más. ¿Acaso no es ese un buen motivo para que Lizzie terminara por odiar a aquellas mujeres? Abortaban los hijos que ella no podía tener y se apoderaban de maridos que no les pertenecían. Quizás ese fue el caldo de cultivo en el que comenzó a planificar su venganza.

Sin embargo son muchos los que se muestran contrarios a aceptar la teoría de que Elizabeth Willians esconde tras de sí la verdadera identidad del Destripador. Algunos sostienen que las mujeres no suelen utilizar la violencia para realizar sus crímenes. Desde los tiempos de Freud los cuchillos son considerados símbolos fálicos. Las asesinas en serie suelen matar a personas que conocen, que viven con ellas, que confían en ellas, y el 80% se sirven del subterfugio de los venenos para llevar a término su plan. Pese a todo no hay que olvidarse de asesinas seriales tan espectacularmente violentas como la aristócrata húngara Erzsébet Báthory, conocida como la «condesa sangrienta», acusada de torturar y matar a más de 600 jóvenes con la intención de bañarse en su sangre. O a Aileen Carol Wuornos, cuya vida y milagros fueron encarnados magníficamente en el cine por la sudafricana Charlize Teron.

Precisamente es la psicología la que más pone en entredicho la posibilidad de que Lizzie fuese realmente la asesina del East End. En el año 1981 expertos en perfiles del FBI se lanzaron a elaborar el de Jack el Destripador llegando a la conclusión de que se trataba de un varón de raza blanca, de entre 28 y 36 años que vivía o trabajaba en Whitechapel. Seguramente era un parroquiano asiduo de las tabernas que frecuentaban las prostitutas asesinadas, con un empleo modesto u ocasional, con un carácter tan solitario que incluso podría rozar la enfermedad mental, lo cual le empujaría a pensar que sus asesinatos estaban plenamente justificados. Los expertos del FBI barajaron la posibilidad de que fuera interrogado en su momento y descartado como sospechoso por su apariencia inofensiva.

Entre los detractores de esta teoría están los que consideran que el asesino de Whitechapel debía contar con una determinada fuerza, incompatible con la envergadura de Elizabeth Willians. O con la de cualquier otra mujer. El modus operandi de Jack el Destripador consistía en sofocar a sus víctimas antes de degollarlas. Pese a todo, en un simulacro llevado a cabo por el psicólogo criminalista Brent Turvey y el fisiólogo de la South Bank University David Cook, se demostró que sólo haría falta presionar la garganta con una fuerza de cinco kilos en cada mano sobre la arteria carótida para dejar inconsciente a alguien. Una vez la víctima en el suelo, degollarla sería totalmente viable para una mujer.

¿Más de cinco asesinadas?

Lo único que parece cierto es que, como diría Sócrates, sólo sabemos que no sabemos nada. O casi nada. Y quizás por eso, pase el tiempo que pase, Jack el Destripador seguirá despertando el interés de la gente. De hecho hay quien asegura que fueron más de cinco las mujeres asesinadas. En su momento la policía llegó a barajar que podría tratarse de 11, habiéndose alargado las muertes hasta el 1891. No faltan sospechosos, incluso se elucubra con la posibilidad de que se tratase de un grupo de personas: masones, adoradores de Satán… y de ahí las diferentes descripciones de los testigos presenciales, que nunca fueron capaces de concretar si se trataba en realidad de un hombre gordo, flaco, bajo, alto, rubio, pelirrojo, elegante o vulgar.

Sería un error no seguir alimentando la leyenda del asesino en serie más célebre del planeta, sobre todo tenido en cuenta el lucrativo negocio creado en torno a su figura. En Whitechapel se hacen visitas guiadas por las zonas señaladas en los informes policiales. En ellas se incluyen los callejones donde fueron encontrados los cuerpos mutilados, o los pub The Ten Bells y el Britannia, donde al parecer Annie Chapman y Mary Kelly tomaron sus últimas ginebras antes de abandonar este mundo. Lo llaman «el circuito del Destripador». Hay dos revistas inglesas, Ripperologist y Ripperana, dedicadas a la publicación de nuevas teorías y pruebas, ya que nunca falta quién encuentre un nuevo hilo del que tirar.

Seguramente jamás llegaremos a saber quién fue en realidad el asesino de Whitechapel, pero mientras esperamos conocer la próxima teoría, lo que podemos hacer es sopesar esta. ¿Será Jack el Destripador en realidad Lizzie la Destripadora?

 

 

 

Artículo de Nerea Riesco publicado el 31 de agosto de 2014 en El Mundo.