La guía para las personas altamente sensibles.

Fue en un viaje a Florencia. En una de las salas de la Galería Uffici se extendía, en toda su majestuosidad (203 cm × 314 cm), La primavera de Botticelli. Inmediatamente me sentí atraída, subyugada, arrastrada hasta ese bosque de cuento de hadas. No era simple admiración por la pintura; podía SENTIRLA. Empatizaba con cada uno de los personajes, percibía el frescor del bosque, el brillo de las estrellas, el olor de los pinos, de los naranjos y de los laureles. Estaba tan conmovida que me puse a llorar.  No fue un llanto del tipo «bebé desesperado» sino uno plácido y silencioso, de esos que se aferran al corazón y a la garganta. Mi azoramiento sirvió para que se hicieran un par de bromas a mi costa y fue entonces cuando me hablaron del síndrome de Stendhal. Como estaba en Florencia di por sentado que esa era la explicación lógica y documentada a tanta emoción. Pero no era la primera vez que me pasaba algo así. De pequeña lloraba amargamente cuando escuchaba el villancico del tamborilero. La idea de que Dios aceptara el donativo de un pobre pastorcillo que solo tenía un «humilde» tambor me sumía en la desesperación. Mi madre decidió entonces que solo escucharíamos villancicos en inglés para evitarme el disgusto. Tampoco disfrutaba de los carruseles en la feria. Si pese a todo mis padres se empeñaban en subirme al Tiovivo, yo me ponía roja como un tomate porque dejaba de respirar (eso ahorró bastante dinero a mis progenitores). Y la cosa no varió sustancialmente con los años; más bien al contrario. Muchos temas musicales me arrastran al llanto, puedo percibir las emociones de los animales encerrados en un zoológico viendo sus ojos, me afectan las noticias del informativo, de tal manera que he dejado de verlo a la hora del desayuno porque empiezo el día de pésimo humor y me relaja abrazar a mis gatos cuando llego a casa estresada porque me traspasan su calmada energía. Siempre he dicho que oígo más alto que los demás porque los ruidos que parecen no molestar a los que están a mi lado a mí me bloquean. En una ocasión, en tiempos de carnaval, paseando por el centro de mi ciudad, coincidí con una cabalgata. Tocaban tambores, silbatos, chinchines… bailaban, saltaban, giraban… vestidos con trajes multicolores, cantaban muy alto… la gente se apretujaba para verlos y yo no podía salir de allí. Me había quedado atrapada en el bullicio. Una angustia empezó a asaltarme. Como pude, alcancé una bocacalle y me alejé. Llegué a casa agotada y con un punzante dolor de cabeza.

 

 

Como os podreís imaginar, me he ganado con creces la fama de «rarita» pero, hace un año más o menos, una amiga (también «rarita») con la que comentaba este tipo de extravagancias me habló de las PAS (Personas Altamente Sensibles), instándome a que buscase información sobre el asunto por ver si me sentía identificada. ¡Y vaya que sí! Desde entonces el tema me ha resultado muy interesante, y no unicamente por el reconocimiento de muchos de mis «síntomas» sino por lo atractivo de este tipo de perfil para conformar la personalidad de algún personaje de novela. En esta investigación he llegado hasta el libro que os recomiendo esta semana: La guía para las personas altamente sensibles, de Ted Zeff (doctor en psicología), editado por Urano, donde el autor nos cuenta que un 15% o un 20% de la población mundial podría catalogarse como PAS, incluido él mismo. Por eso ha aprovechado su experiencia vital y profesional para escribir este libro-manual en el que nos desvela sus propias experiencias así como las de sus pacientes. En un mundo cada vez más saturado de estímulos, vivir rodeado de ruidos, olores, colores, violencia en la televisión, agresión verbal en redes sociales… las PAS pueden verse sobrepasadas.

Pero no nos equivoquemos. Ser PAS no significa ir por la vida sufriendo. Los PAS disfrutamos mucho de las leves variaciones en un plato elaborado. E, igualmente, si algún alimento está en mal estado, lo percibimos rápidamente. ¡Alegraos! tenemos más probabilidades de no morir intoxicados. Somos capaces de empatizar con las emociones de los que nos rodean, así que nos convertimos en grandes amigos de los buenos amigos. Del mismo modo el autor asegura que si hubiera más PAS en el mundo, probablemente viviríamos en un planeta más saludable y habría menos guerras, menos destrucción medioambiental y menos terrorismo ya que, según él, son las PAS las que, gracias a su sensibilidad, contribuyen a imponer limitaciones al consumo de tabaco, a la contaminación y al ruido.

El libro incluye un test con el que podrás valorar si eres o no PAS y un buen número ejercicios prácticos para sobrellevar la sobresaturación de estímulos a los que nos exponemos en el día a día.

¿Te has reconocido como PAS? Pues ha llegado el momento de sacar el máximo partido a tus peculiaridades. ¡Bienvenido al mundo de las emociones!

 

Sinopsis:

¿Soportas mal el ruido, las luces brillantes y los ambientes caóticos? ¿Te agobian las multitudes, te abruma la presión laboral y te sientes invadido por las emociones ajenas? Si has respondido de manera afirmativa, es muy posible que seas altamente sensible, personas dotadas de un sistema nervioso extraordinariamente perceptivo y delicado que reciben mucha más información sensorial que el individuo medio.

 

Autor:

Ted Zeff es doctor en Psicología por el Instituto de Estudios Integrales de San Francisco, California. Está considerado una eminencia mundial en el rasgo de la alta sensibilidad y lleva más de veinticinco años aconsejando a niños y adultos altamente sensibles. Ha recorrido el mundo ofreciendo presentaciones y talleres sobre esta condición que cada vez despierta mayor interés. También firma varios libros sobre esta temática, con cerca de cien mil ejemplares vendidos. Ha sido entrevistado por medios tan prestigiosos como NBC TV, Psychology Today y Huffington Post, entre otros.

Cómo hacer que te pasen cosas buenas.

Decía el autor de uno de mis libros favoritos, Antoine de Saint-Exupéry, que un objetivo sin un plan es solo un deseo. Y algo de eso nos propone la psiquiatra Marián Rojas Estapé en su obra Cómo hacer que te pasen cosas buenas. Necesitamos un plan para ser felices, no basta con desearlo: hay que proponérselo en firme. Casi al comienzo de la lectura, nos encontramos con una frase hecha que seguramente habrás escuchado alguna vez. Quizás seas tú mismo el que la has utilizado buscando consolar a alguien: “vendrá cuando menos te lo esperas”. La autora la señala como una de las expresiones más dañinas para el desarrollo de las personas. Esa aseveración nos convierte en objetos pasivos que esperan que el destino, Dios o la magia vengan a poner orden en nuestra vida.

 

 

Cómo hacer que te pasen cosas buenas propone que tomemos las riendas, que reconozcamos cuáles son nuestros objetivos a corto plazo y nuestras metas a largo plazo y que nos lancemos con voluntad, conocimientos, proyectos de vida y pasión en pos de ellos.

A través de las páginas del libro conoceremos la importancia de introducir en la dieta determinados alimentos que ayudan en la lucha contra la depresión: Omega-3, cúrcuma, cítricos, vitamina D, cebolla, puerro, perejil, laurel, romero… pero del mismo modo es fundamental liberarnos de las emociones reprimidas, de las personas tóxicas, servirnos del mindfulness y evitar el sedentarismo.

Marián Rojas nos habla de vivir bajo la perspectiva del TMV (Tu Mejor Versión) lo cual implica que, pese a los varapalos que nos pueda dar la vida, pese a las decepciones, pese a los recuerdos dolorosos, pese a la duda o el miedo, nos enfrentemos al día a día dando siempre lo mejor de nosotros mismos.

Pero quizás el resumen sea la propuesta de relativizar lo negativo y aprender a disfrutar de las cosas pequeñas ya que, gran parte de las malas sensaciones que empañan nuestra dicha, son producto de nuestra interpretación sobre lo que está sucediendo.

En definitiva, un libro interesante que va más allá de los simples consejos y que nos estimula a pasar a la acción si queremos vivir una vida plena y satisfactoria.

 

Sinopsis:

Uniendo el punto de vista científico, psicológico y humano, la autora nos ofrece una reflexión profunda, salpicada de útiles consejos y con vocación eminentemente didáctica, acerca de la aplicación de nuestras propias capacidades al empeño de procurarnos una existencia plena y feliz: conocer y optimizar determinadas
zonas del cerebro, fijar metas y objetivos en la vida, ejercitar la voluntad, poner en marcha la inteligencia emocional, desarrollar la asertividad, evitar el exceso de autocrítica y autoexigencia, reivindicar el papel del optimismo…

 

La autora:

La doctora Marian Rojas Estapé es psiquiatra, licenciada en Medicina y Cirugía por la Universidad de Navarra. Trabaja en el Instituto Español de Investigaciones Psiquiátricas, en Madrid. Su labor profesional se centra principalmente en el tratamiento de personas con ansiedad, depresión, trastornos de personalidad, trastornos de conducta y en terapias familiares. Es profesora invitada de la escuela de negocios IPADE en México. Ha colaborado en varios proyectos de cooperación y voluntariado fuera de España.
Desde el año 2007 imparte conferencias tanto en España como en el extranjero sobre estrés y felicidad, educación, pantalla y redes sociales así como depresión y enfermedades somáticas.
En el último año ha comenzado un proyecto, ilussio, sobre emociones, motivación y  felicidad en el mundo empresarial.

www.marianrojas.com

 

 

Ingredientes de la felicidad.

La felicidad: la eterna perseguida. Parece que nos resulta complicado alcanzar el equilibrio. Miles de títulos se publican al año asegurando que, tras leerlos, lograremos ser más felices. Algunas teorías contradicen a otras.


El psicólogo de Harvard Dan Gilbert, desmonta la fórmula del matrimonio con dinero y niños como el secreto para ser feliz. Y sabe que se mueve en un terreno pantanoso, porque él también ha publicado su propio libro al respecto: «Tropezar con la felicidad”, pero lo suyo es distinto, las revistas científicas le avalan.

Ofrece su personal receta a la vista de los datos que ha obtenido. «La felicidad es un asunto de química del cerebro. La genética influye, pero las circunstancias también. Intentar ser más feliz es como bajar de peso. No hay ningún secreto para bajar de peso: comer menos y hacer más ejercicio. Con la felicidad ocurre lo mismo. Hay unas pocas cosas que se pueden hacer y, si se hacen todos los días religiosamente, el promedio de felicidad irá subiendo”.

Gilbert asegura que, las cuatro actividades cotidianas que más felicidad aportan son gratis: practicar sexo, hacer ejercicio, escuchar música y charlar. Y los estudios muestran que una escapada a París hace más feliz que comprar un coche deportivo.
¿Tenéis vosotros alguna fórmula para ser felices? 

 

Las pastillas de la felicidad

Ayer hablaba con unos amigos sobre la depresión, una enfermedad de nuestros días que ataca y arrastra, encogiendo, paralizando, minando la autoestima de quien la padece. La vida pierde su color, así que decimos que todo lo vemos gris, incluso negro. Al parecer en inglés, en ese estado, las cosas se ven azules “to feel blue”. Seguramente todos hemos atravesado por una mala racha; puede que por un motivo reconocible, uno que se puede contar y que los demás pueden entender como la muerte de un ser querido o la pérdida del trabajo pero, en ocasiones, sin motivo claro, la vida nos apabulla. La solución que suelen recomendar es ir a un terapeuta y entonces aparece la propuesta de tomar medicamentos que aniquilen las emociones. Y eso parece cómodo; tomar una pastilla y anestesiar el dolor. Colocarnos un chubasquero protector sobre el que el sufrimiento resbale. Quizás eso permita sobrellevar el día a día con calma para así poder recuperar la normalidad. Pero quizás esa anestesia nos incapacite, bloqueando la capacidad para cambiar lo que anda mal en nuestra vida. ¿Qué pensáis?