La guía para las personas altamente sensibles.

Fue en un viaje a Florencia. En una de las salas de la Galería Uffici se extendía, en toda su majestuosidad (203 cm × 314 cm), La primavera de Botticelli. Inmediatamente me sentí atraída, subyugada, arrastrada hasta ese bosque de cuento de hadas. No era simple admiración por la pintura; podía SENTIRLA. Empatizaba con cada uno de los personajes, percibía el frescor del bosque, el brillo de las estrellas, el olor de los pinos, de los naranjos y de los laureles. Estaba tan conmovida que me puse a llorar.  No fue un llanto del tipo “bebé desesperado” sino uno plácido y silencioso, de esos que se aferran al corazón y a la garganta. Mi azoramiento sirvió para que se hicieran un par de bromas a mi costa y fue entonces cuando me hablaron del síndrome de Stendhal. Como estaba en Florencia di por sentado que esa era la explicación lógica y documentada a tanta emoción. Pero no era la primera vez que me pasaba algo así. De pequeña lloraba amargamente cuando escuchaba el villancico del tamborilero. La idea de que Dios aceptara el donativo de un pobre pastorcillo que solo tenía un “humilde” tambor me sumía en la desesperación. Mi madre decidió entonces que solo escucharíamos villancicos en inglés para evitarme el disgusto. Tampoco disfrutaba de los carruseles en la feria. Si pese a todo mis padres se empeñaban en subirme al Tiovivo, yo me ponía roja como un tomate porque dejaba de respirar (eso ahorró bastante dinero a mis progenitores). Y la cosa no varió sustancialmente con los años; más bien al contrario. Muchos temas musicales me arrastran al llanto, puedo percibir las emociones de los animales encerrados en un zoológico viendo sus ojos, me afectan las noticias del informativo, de tal manera que he dejado de verlo a la hora del desayuno porque empiezo el día de pésimo humor y me relaja abrazar a mis gatos cuando llego a casa estresada porque me traspasan su calmada energía. Siempre he dicho que oígo más alto que los demás porque los ruidos que parecen no molestar a los que están a mi lado a mí me bloquean. En una ocasión, en tiempos de carnaval, paseando por el centro de mi ciudad, coincidí con una cabalgata. Tocaban tambores, silbatos, chinchines… bailaban, saltaban, giraban… vestidos con trajes multicolores, cantaban muy alto… la gente se apretujaba para verlos y yo no podía salir de allí. Me había quedado atrapada en el bullicio. Una angustia empezó a asaltarme. Como pude, alcancé una bocacalle y me alejé. Llegué a casa agotada y con un punzante dolor de cabeza.

 

 

Como os podreís imaginar, me he ganado con creces la fama de “rarita” pero, hace un año más o menos, una amiga (también “rarita”) con la que comentaba este tipo de extravagancias me habló de las PAS (Personas Altamente Sensibles), instándome a que buscase información sobre el asunto por ver si me sentía identificada. ¡Y vaya que sí! Desde entonces el tema me ha resultado muy interesante, y no unicamente por el reconocimiento de muchos de mis “síntomas” sino por lo atractivo de este tipo de perfil para conformar la personalidad de algún personaje de novela. En esta investigación he llegado hasta el libro que os recomiendo esta semana: La guía para las personas altamente sensibles, de Ted Zeff (doctor en psicología), editado por Urano, donde el autor nos cuenta que un 15% o un 20% de la población mundial podría catalogarse como PAS, incluido él mismo. Por eso ha aprovechado su experiencia vital y profesional para escribir este libro-manual en el que nos desvela sus propias experiencias así como las de sus pacientes. En un mundo cada vez más saturado de estímulos, vivir rodeado de ruidos, olores, colores, violencia en la televisión, agresión verbal en redes sociales… las PAS pueden verse sobrepasadas.

Pero no nos equivoquemos. Ser PAS no significa ir por la vida sufriendo. Los PAS disfrutamos mucho de las leves variaciones en un plato elaborado. E, igualmente, si algún alimento está en mal estado, lo percibimos rápidamente. ¡Alegraos! tenemos más probabilidades de no morir intoxicados. Somos capaces de empatizar con las emociones de los que nos rodean, así que nos convertimos en grandes amigos de los buenos amigos. Del mismo modo el autor asegura que si hubiera más PAS en el mundo, probablemente viviríamos en un planeta más saludable y habría menos guerras, menos destrucción medioambiental y menos terrorismo ya que, según él, son las PAS las que, gracias a su sensibilidad, contribuyen a imponer limitaciones al consumo de tabaco, a la contaminación y al ruido.

El libro incluye un test con el que podrás valorar si eres o no PAS y un buen número ejercicios prácticos para sobrellevar la sobresaturación de estímulos a los que nos exponemos en el día a día.

¿Te has reconocido como PAS? Pues ha llegado el momento de sacar el máximo partido a tus peculiaridades. ¡Bienvenido al mundo de las emociones!

 

Sinopsis:

¿Soportas mal el ruido, las luces brillantes y los ambientes caóticos? ¿Te agobian las multitudes, te abruma la presión laboral y te sientes invadido por las emociones ajenas? Si has respondido de manera afirmativa, es muy posible que seas altamente sensible, personas dotadas de un sistema nervioso extraordinariamente perceptivo y delicado que reciben mucha más información sensorial que el individuo medio.

 

Autor:

Ted Zeff es doctor en Psicología por el Instituto de Estudios Integrales de San Francisco, California. Está considerado una eminencia mundial en el rasgo de la alta sensibilidad y lleva más de veinticinco años aconsejando a niños y adultos altamente sensibles. Ha recorrido el mundo ofreciendo presentaciones y talleres sobre esta condición que cada vez despierta mayor interés. También firma varios libros sobre esta temática, con cerca de cien mil ejemplares vendidos. Ha sido entrevistado por medios tan prestigiosos como NBC TV, Psychology Today y Huffington Post, entre otros.

Jack el destripador o Lizzie la destripadora.

En vísperas del otoño en el East End, una de las zonas más infortunadas de la ciudad de Londres, el cielo lloraba como casi siempre, aunque esta vez por una buena razón. El barrio estaba plagado de niños manilargos y mugrientos, de borrachos malolientes y pendencieros que empeñaban sus zapatos a cambio de un mendrugo de pan seco, de prostitutas desdentadas que ofrecían al reclamo de two penny knee trembler una experiencia capaz de hacer temblar las rodillas del cliente por dos peniques. Y es que los contactos carnales con aquellas mujeres se realizaban en un callejón oscuro, apoyados contra la pared. No era de extrañar que la mayoría de los elegantes habitantes del West End evitaran la zona, por si acaso la miseria se contagiaba simplemente con mirarla. Por si todo aquello no fuese suficiente desgracia, ese lugar se vio sacudido por la crueldad de un infame asesino. ¿O quizás fuese una asesina? En el 2006 un análisis de ADN señaló que, en el engomado de una de las cartas que la policía aún conserva del Destripador, aparece la huella genética de una mujer.
Lizzie Williams, uno de los principales sospechosos de ser la Destripadora.

 

Ya en 1888, entre la abrumadora mirada de sospechosos con los que contaba la policía, surgió un nombre femenino. Se trataba de una tal Mary Eleanor Pearcey, también identificada como Mary Eleanor Wheeler, pronto conocida por el sobrenombre de «Jill the Ripper». Depresiva, epiléptica y alcohólica, era poseedora de unas firmes manos que utilizaba para acariciar con delicadeza y pasión a Fran Hogg, un transportista que la obnubiló gracias a la exquisitez de sus tarjetas de visita, una novedad que era por aquel entonces lo último en sofisticación. Sin embargo a Fran no le bastó con el amor desinteresado que Mary le proporcionaba, de modo que dejó embarazada a otra mujer con la que terminó por casarse.

Curiosamente las nupcias se celebraron el 9 de octubre de 1888, el día que Mary Kelly, la última víctima canónica de Jack el Destripador, fue asesinada.

Ni que decir tiene que Mary Eleanor Pearcey no se tomó el asunto de la boda nada bien. Montó en cólera y decidió que la única manera de saldar con dignidad su agravio era quitando de en medio a la mujer y al hijo de su amante. Y así lo hizo. Rebanó el cuello de su competidora con tanta saña que la cabeza de la infortunada quedó apenas sujeta al cuerpo. Después ahogó al bebé y lo abandonó bajo un puente. La policía encontró a Mary horas después cubierta de sangre asegurando, con los ojos perdidos, mientras tocaba repetitivamente las dos mismas notas en un piano, que se había manchado «matando ratones, matando ratones, matando ratones…». Encontraron aquel comportamiento lo bastante sospechoso como para llegar a la conclusión de que esa mujer era la responsable del doble crimen. La condenaron a muerte.

El secreto de Mary, a la tumba

Antes de cumplirse la sentencia, le pidió a su abogado que colocase un anuncio en un periódico de Madrid. El texto rezaba así: «Última voluntad de Mary Eleanor Wheeler. No he traicionado. MEW». Con su muerte se llevó a la tumba el secreto que se escondía tras esas enigmáticas palabras y la razón por la que el anuncio tenía que aparecer en un diario español. Poco tiempo después, el museo de Madame Tussauds confeccionó una figura de cera de Pearcey para colocarla en su Cámara de los Horrores.

Pero en los últimos tiempos se postula otro nombre de mujer tras el cual podría estar enmascarándose desde hace más de un siglo el asesino de Whitechapel. Se trataría de Elizabeth Willians, Lizzie para los amigos, esposa de otro de los grandes sospechosos: el doctor William Gull.

Un abogado británico jubilado, John Morris, es el garante de esta nueva teoría. En sus ratos libres ha escrito un libro con esclarecedor título: Jack the Ripper: The hand of a woman, «Jack el Destripador: La mano de una mujer.»

Según Morris, la motivación de esta señora sería su incapacidad para concebir hijos. Eso la habría convertido en una enferma mental dispuesta a todo para arrebatarle a otras mujeres lo que la naturaleza le había negado. No debemos olvidar que, una de las señas de identidad del Destripador era hacer gala de su apodo extirpando determinadas vísceras del cuerpo de sus víctimas, entre ellas el útero. Lo hacía con tal destreza, rapidez y maestría (teniendo en cuenta que cometía los asesinatos en mitad de la noche, en callejones apenas iluminados) que se llegó a elucubrar con que se tratase de un médico, un veterinario o, en su defecto, un carnicero loco. Esta nueva teoría concluye que Lizzie podría haber dispuesto de la información necesaria para saber dónde estaba situado cada órgano corporal y de qué manera extraerlo gracias a los manuales que seguramente tenía por casa. O quizás presenciaba las operaciones quirúrgicas de su marido.

Otra de las razones que sustenta la teoría de Morris es que ninguna de las cinco prostitutas consideradas como las víctimas canónicas de Jack el Destripador fueron agredidas sexualmente. Es más, según parece en los escenarios de los crímenes aparecieron ciertas señales que hacían pensar en que una mano femenina había manejado los hilos. En el asesinato de Annie Chapman, por ejemplo, los objetos personales de la difunta aparecieron colocados delicadamente, y en perfecto orden, bajo sus pies. Y junto al cuerpo de Catherine Eddowes se encontraron tres botones ensangrentados pertenecientes a un botín femenino. Pero lo más sorprendente es que en la vivienda de Mary Kelly, en la chimenea, fueron hallados restos de elegante ropa de mujer que no pertenecían a la desafortunada meretriz, entre ellos de una capa, una falda y de un sombrero.

La pista de Lizzie Willians

Y es precisamente esta última víctima la que pudo desatar la furia de la asesina, según Morris. Al parecer el marido de Lizzie, el doctor William Gull, que oficialmente se dedicaba a la tarea de auscultarle los dolores a la reina Victoria, compaginaba tan honorable labor con el lucrativo negocio de los abortos clandestinos en el miserable barrio de Whitechapel. Allí había conocido a Mary Kelly, una deliciosa flor surgida como por antojo entre ese desbarajuste de cardos que eran las prostitutas del East End. El doctor, aparentemente sorprendido por su belleza y juventud, había decidido disfrutar de sus encantos antes de que el tiempo, la pobreza, el alcohol y las pulgas terminaran por marchitarla, convirtiéndola en un cardo más. ¿Acaso no es ese un buen motivo para que Lizzie terminara por odiar a aquellas mujeres? Abortaban los hijos que ella no podía tener y se apoderaban de maridos que no les pertenecían. Quizás ese fue el caldo de cultivo en el que comenzó a planificar su venganza.

Sin embargo son muchos los que se muestran contrarios a aceptar la teoría de que Elizabeth Willians esconde tras de sí la verdadera identidad del Destripador. Algunos sostienen que las mujeres no suelen utilizar la violencia para realizar sus crímenes. Desde los tiempos de Freud los cuchillos son considerados símbolos fálicos. Las asesinas en serie suelen matar a personas que conocen, que viven con ellas, que confían en ellas, y el 80% se sirven del subterfugio de los venenos para llevar a término su plan. Pese a todo no hay que olvidarse de asesinas seriales tan espectacularmente violentas como la aristócrata húngara Erzsébet Báthory, conocida como la «condesa sangrienta», acusada de torturar y matar a más de 600 jóvenes con la intención de bañarse en su sangre. O a Aileen Carol Wuornos, cuya vida y milagros fueron encarnados magníficamente en el cine por la sudafricana Charlize Teron.

Precisamente es la psicología la que más pone en entredicho la posibilidad de que Lizzie fuese realmente la asesina del East End. En el año 1981 expertos en perfiles del FBI se lanzaron a elaborar el de Jack el Destripador llegando a la conclusión de que se trataba de un varón de raza blanca, de entre 28 y 36 años que vivía o trabajaba en Whitechapel. Seguramente era un parroquiano asiduo de las tabernas que frecuentaban las prostitutas asesinadas, con un empleo modesto u ocasional, con un carácter tan solitario que incluso podría rozar la enfermedad mental, lo cual le empujaría a pensar que sus asesinatos estaban plenamente justificados. Los expertos del FBI barajaron la posibilidad de que fuera interrogado en su momento y descartado como sospechoso por su apariencia inofensiva.

Entre los detractores de esta teoría están los que consideran que el asesino de Whitechapel debía contar con una determinada fuerza, incompatible con la envergadura de Elizabeth Willians. O con la de cualquier otra mujer. El modus operandi de Jack el Destripador consistía en sofocar a sus víctimas antes de degollarlas. Pese a todo, en un simulacro llevado a cabo por el psicólogo criminalista Brent Turvey y el fisiólogo de la South Bank University David Cook, se demostró que sólo haría falta presionar la garganta con una fuerza de cinco kilos en cada mano sobre la arteria carótida para dejar inconsciente a alguien. Una vez la víctima en el suelo, degollarla sería totalmente viable para una mujer.

¿Más de cinco asesinadas?

Lo único que parece cierto es que, como diría Sócrates, sólo sabemos que no sabemos nada. O casi nada. Y quizás por eso, pase el tiempo que pase, Jack el Destripador seguirá despertando el interés de la gente. De hecho hay quien asegura que fueron más de cinco las mujeres asesinadas. En su momento la policía llegó a barajar que podría tratarse de 11, habiéndose alargado las muertes hasta el 1891. No faltan sospechosos, incluso se elucubra con la posibilidad de que se tratase de un grupo de personas: masones, adoradores de Satán… y de ahí las diferentes descripciones de los testigos presenciales, que nunca fueron capaces de concretar si se trataba en realidad de un hombre gordo, flaco, bajo, alto, rubio, pelirrojo, elegante o vulgar.

Sería un error no seguir alimentando la leyenda del asesino en serie más célebre del planeta, sobre todo tenido en cuenta el lucrativo negocio creado en torno a su figura. En Whitechapel se hacen visitas guiadas por las zonas señaladas en los informes policiales. En ellas se incluyen los callejones donde fueron encontrados los cuerpos mutilados, o los pub The Ten Bells y el Britannia, donde al parecer Annie Chapman y Mary Kelly tomaron sus últimas ginebras antes de abandonar este mundo. Lo llaman «el circuito del Destripador». Hay dos revistas inglesas, Ripperologist y Ripperana, dedicadas a la publicación de nuevas teorías y pruebas, ya que nunca falta quién encuentre un nuevo hilo del que tirar.

Seguramente jamás llegaremos a saber quién fue en realidad el asesino de Whitechapel, pero mientras esperamos conocer la próxima teoría, lo que podemos hacer es sopesar esta. ¿Será Jack el Destripador en realidad Lizzie la Destripadora?

 

 

 

Artículo de Nerea Riesco publicado el 31 de agosto de 2014 en El Mundo.

Un año para maravillarse.

¿Cuántos de vosotros lleváis un músico dentro? La música nos emociona, marca hitos en nuestra vida. Todos tenemos “nuestra” canción, la melodía de nuestra vida. Un determinado tema evoca tiempos pasados, nos retrotrae a la infancia o recupera el sabor del primer amor. Sin embargo algunas personas consideran la música clásica como densa, complicada de comprender. Y es precisamente esa creencia la que este libro pretende desmontar.

 

 

Un año para maravillarse es una guía única y original en la que la violinista y presentadora de programas musicales de la BBC Clemency Burton-Hill selecciona más de 240 composiciones que abarcan desde el Medievo a la actualidad, situándolas en el contexto en el que fueron creadas, aportando datos sobre compositores o anécdotas y detalles curiosos que nos acercan a cada pieza.

Hildegarda von Bingen, Chopin, Bach, Vivaldi… o uno de los grandes maestros de nuestro tiempo que se despide de los escenarios próximamente: Ennio Morricone. Clemency Burton-Hill desgrana uno de sus temas musicales más emocionantes. Tengo que reconocer que hay ciertas canciones que llegan a lo más profundo de mi alma, tocándome el corazón, poniéndome la piel de gallina y las lágrimas en los ojos. Este es uno de ellos. Pertece a la BSO de Cinema Paradiso y la autora del libro lo describe como “conmovedor e incorregiblemente sentimental, captando a la perfección la premisa principal del film de Tornatore”. Estoy segura de que estaréis de acuerdo conmigo en que la música de Ennio Morricone enriquece y multiplica la emoción del, ya de por sí, citado peliculón.

En definitiva, un libro original para los amantes de la música y para los que quieren acercarse un poco más a su esencia.

Sinopsis:

Este libro que en poco menos de un año se ha convertido en un clásico en el Reino Unido, es un original texto que busca compartir con todo el mundo las maravillas de la música clásica. La autora selecciona una pieza musical para cada día del año con una breve explicación del compositor, su contexto y las razones por las cuales la ha escogido. Una forma inigualable de acercarse, entender, apreciar y maravillarse con la gran variedad de música clásica existente.Seleccionada con mimo e investigada con rigor, este es un libro tanto para amantes de la música clásica como para quienes quieren conocer de qué se trata y nunca nadie los ha guiado hacia ella. El único requisito para maravillarse con este libro es tener tanto los oídos como la mente abiertos.

Os dejo por aquí el enlace a la playlist de los temas.

La sociedad literaria del pastel de piel de patata de Guernsey.

Hoy, en #nereariescomienda, quiero hablaros de una novela que me ha conquistado. Una de esas historias que, nada más comenzar a leer, te atrapan y no te sueltan. Tanto es así que el libro me duró un día y, al darle la vuelta a la última página, me abracé a él en agradecimiento por la deliciosa atmósfera en la que me había sumergido.
La sociedad literaria del pastel de piel de patata de Guernsey te roba el corazón en la misma medida en la que lo hicieron películas como “La vida es bella”. El propósito es el mismo; narrar una historia que podría ser cruelmente dolorosa de manera dulce y divertida. La herramienta es sencilla y se encuentra al alcance de la mano de todos. El otro día hablaba de ello en mis redes sociales: el valor de los libros, de la literatura como terapia, refugio y consuelo.
La personalidad de la protagonista resulta cautivadora. Juliet es divertida, ocurrente, curiosa… pero también lo hizo el género elegido por las autoras. Y es que la novela epistolar siempre me atrapa. Ya me ocurrió con Las amistades peligrosas, una de mis obras preferidas de todos los tiempos. Supongo que las cartas engarzan perfectamente con el cotilla muchos llevamos dentro. Leer las palabras que los protagonitas se entrecruzan nos acerca a sus corazones, pemitiéndonos conocerlos mejor.
El libro está escrito a cuatro manos e incluso la razón por la que esto es así resulta conmovedora.  Mary Ann Shaffer y Annie Barrows son tía y sobrina respectivamente. La primera pasó años construyendo la historia, pero falleció antes de publicarla. La segunda se encargó de terminar de darle fomar y buscar editor.
Traducida a más de veinte idiomas, con más de cinco millones de ejemplares vendidos en todo el mundo, hace unos años era imposible encontrar un ejemplar porque estaba descatalogada. Afortunadamente, Ediciones Salamandra ha vuelto a traerla a la vida biblográfica.
Llevada al cine por Mike Newell, La Sociedad Literaria del Pastel de Piel de Patata de Guernsey es una deliciosa y conmovedora novela epistolar que se ha convertido en un clásico indiscutible. Una historia humana y divertida, que transmite una intensa pasión por los libros y reivindica la formidable capacidad de la lectura para unir a personas de distintos gustos, culturas e ideologías.

Sinopsis:

En un Londres devastado por las bombas y que empieza a recuperarse de las terribles heridas de la Segunda Guerra Mundial, Juliet Ashton, una joven escritora en busca de inspiración novelesca, recibe la carta de un desconocido llamado Dawsey Adams. El hombre, que vive en la isla de Guernsey, un pequeño enclave en el canal de la Mancha, está leyendo un libro de Charles Lamb que había pertenecido con anterioridad a Juliet. ¿Cómo ha llegado ese ejemplar hasta Guernsey? ¿Por qué Dawsey decide ponerse en contacto con Juliet? Dawsey es miembro del club de lectura La Sociedad Literaria del Pastel de Piel de Patata de Guernsey, creado en circunstancias difíciles durante la contienda, una rareza en tiempos de la ocupación alemana. Cuando Juliet acepta la invitación de estos excéntricos lectores para visitar Guernsey, entiende que ellos y su increíble sociedad literaria serán los personajes de su nueva novela, y su vida dará un vuelco para siempre.

La maltratada de 1624 que sí ganó el pleito.

  • La historia de la primera mujer que denunció violencia de género.

  • Logró divorcio, orden de alejamiento y que su marido le devolviera la dote.

 

El día que Jerónimo de Jaras arrancó, a golpe de patadas en el vientre, en plena calle, la criatura que Francisca de Pedraza llevaba en las entrañas, ella, de forma unilateral y sin consultarlo con nadie, decidió que había llegado el momento de considerarse liberada de las promesas que le hizo frente al altar cuando se casaron.

 

 

De poco sirvieron los consejos del párroco de la cervantina Alcalá de Henares (Madrid) en los que le indicaba que a este mundo se venía a sufrir y que semejante decisión la abocaría al fuego eterno. Eso no le asustaba; en el infierno ya vivía desde que dejó el convento donde fue educada por las monjas complutenses para pasar a estar tutelada por el que sería su marido. Estaba convencida de que las calderas de Pedro Botero no podían ser tan crueles como aquel hombre que hacía gracietas en la taberna entre vaso y vaso, ese dicharachero que se transformaba en un monstruo al llegar a casa borracho, mientras le escupía en la cara lo mala madre y esposa que era, tirándole al suelo el plato de lentejas, asegurándole que ni para cocinar, ni para un revolcón servía.

No parecía sencillo de alcanzar el deseo de Francisca de liberarse de su marido. A fin de cuentas era huérfana de padre y madre y le costaba trabajo creer que las monjas estuvieran dispuestas a aceptarla de nuevo teniendo en cuenta la grave ofensa al sagrado vínculo del matrimonio que pensaba cometer. “En la salud y en la enfermedad, en la riqueza y la pobreza, hasta que la muerte os separe…”, había jurado.

La muerte, una tentadora idea que más de una vez se le pasó por la cabeza. Demasiado fácil quizá. ¿Qué sería de sus hijos si hacía eso? Los dejaría en manos de aquel maltratador que jamás se había sentido tentado a otorgarles una caricia. Era como si Jerónimo de Jaras viese en aquellas criaturas una prolongación de ella misma, y ya empezaba a atisbarse la animadversión que le provocaban sus gritos infantiles, sus carreras y sus llantos nocturnos. No podía dejarles solos con él.

Un día Francisca vio con claridad la solución: acudiría a la justicia ordinaria. La justicia, como su propio nombre indicaba, debía ayudarla en una situación tan injusta. Pero pronto su dicha se convirtió en desencanto. Le explicaron que ellos no eran competentes para tratar de asuntos que tenían que ver con vínculos tan sagrados como el del matrimonio, así que la remitieron a la justicia eclesiástica. Y Francisca, que a esas alturas se sentía incapaz de seguir compartiendo su vida con semejante cafre, que llevaba ya un buen tiempo intentando sortear sus palizas pasando desapercibida, hablándole lo justo, caminando por la casa sin hacer ruido, como una sonámbula de algodón, cumpliendo con cada una de las tareas del hogar sin un aspaviento, sin una queja o un mal gesto, se presentó ante la jurisdicción eclesiástica con las pruebas que demostraban cómo su marido se excedía en las palizas.

Ante el tribunal se desabrochó el jubón y la camisa y mostró, llena de pudor, su maltrecho cuerpo cuajado de moratones. Tras el estupor inicial, y con semejantes pruebas ante sus ojos, los eclesiásticos no pudieron quedar indiferentes. En una sentencia sin precedentes [la reproducimos] recomendaron a Jerónimo que fuese “bueno, honesto y considerado con la demandante, y no le haga semejantes malos tratamientos como se dice que le hace”.

La sentencia religiosa con la que Francisca Pedraza no se conformó.

 

Pero las recomendaciones eclesiásticas no surtieron el efecto deseado por Francisca ya que, al llegar a casa, Jerónimo le propinó tal paliza por chivata que la dejó medio muerta, tirada en el suelo de la cocina, con el alma poco afianzada al cuerpo, preguntándose si no sería mejor encontrar la libertad en el más allá, ya que era evidente que en el más acá jamás la conseguiría.

Y entonces, como si el mismo Dios hubiera recibido el mensaje, un rayo de iluminación le indicó el camino. Se decidió a solicitar al nuncio del Papa en tierras de España que llevase su pleito a la jurisdicción universitaria; el único lugar en el que ella consideró que alcanzaría la justicia que llevaba más de cinco años buscando. A fin de cuentas, la Universidad estaba constituida por hombres sabios. Y así fue, en la corte de justicia de la Universidad de Alcalá se celebró un sorprendente pleito de divorcio. Francisca de Pedraza, mujer y madre, contra su maltratador y esposo: Jerónimo de Jaras. Al frente del tribunal, por suerte para ella, estaba una de las personalidades más ilustres de la Universidad: Álvaro de Ayala, el primer rector graduado en ambos derechos: el canónico y el privado.

Él, tras estudiar el caso, escuchar a la demandante, a los testigos de la brutal paliza en la que Francisca perdió al hijo que esperaba y observar las marcas que años de vejaciones habían dejado en el cuerpo de la mujer, decidió dictar una sentencia pionera y ejemplar. Francisca de Pedraza obtenía así el divorcio, lo cual le permitía no vivir bajo el mismo techo que Jerónimo de Jaras; su cruel maltratador. Pero eso no fue todo, su marido tenía que devolver la dote que recibió el día de su matrimonio y le prohibía que ni él, ni nadie relacionado con él, pudiera hacerle algún mal ni se acercase nunca más a Francisca. Desde ese mismo instante, ya no tenían nada que ver el uno con el otro. En el año 1624, al fin se le hizo justicia.

Esta historia aparece en el libro Una alcalaína frente al mundo. El divorcio de Francisca de Pedraza, de Ignacio Ruiz Rodríguez y Fernando Bermejo Batanero (Ediciones Bornova).

Artículo escrito por Nerea Riesco y publicado en el diario El Mundo 22 de febrero de 2015.