La maltratada de 1624 que sí ganó el pleito.

  • La historia de la primera mujer que denunció violencia de género.

  • Logró divorcio, orden de alejamiento y que su marido le devolviera la dote.

 

El día que Jerónimo de Jaras arrancó, a golpe de patadas en el vientre, en plena calle, la criatura que Francisca de Pedraza llevaba en las entrañas, ella, de forma unilateral y sin consultarlo con nadie, decidió que había llegado el momento de considerarse liberada de las promesas que le hizo frente al altar cuando se casaron.

 

 

De poco sirvieron los consejos del párroco de la cervantina Alcalá de Henares (Madrid) en los que le indicaba que a este mundo se venía a sufrir y que semejante decisión la abocaría al fuego eterno. Eso no le asustaba; en el infierno ya vivía desde que dejó el convento donde fue educada por las monjas complutenses para pasar a estar tutelada por el que sería su marido. Estaba convencida de que las calderas de Pedro Botero no podían ser tan crueles como aquel hombre que hacía gracietas en la taberna entre vaso y vaso, ese dicharachero que se transformaba en un monstruo al llegar a casa borracho, mientras le escupía en la cara lo mala madre y esposa que era, tirándole al suelo el plato de lentejas, asegurándole que ni para cocinar, ni para un revolcón servía.

No parecía sencillo de alcanzar el deseo de Francisca de liberarse de su marido. A fin de cuentas era huérfana de padre y madre y le costaba trabajo creer que las monjas estuvieran dispuestas a aceptarla de nuevo teniendo en cuenta la grave ofensa al sagrado vínculo del matrimonio que pensaba cometer. «En la salud y en la enfermedad, en la riqueza y la pobreza, hasta que la muerte os separe…», había jurado.

La muerte, una tentadora idea que más de una vez se le pasó por la cabeza. Demasiado fácil quizá. ¿Qué sería de sus hijos si hacía eso? Los dejaría en manos de aquel maltratador que jamás se había sentido tentado a otorgarles una caricia. Era como si Jerónimo de Jaras viese en aquellas criaturas una prolongación de ella misma, y ya empezaba a atisbarse la animadversión que le provocaban sus gritos infantiles, sus carreras y sus llantos nocturnos. No podía dejarles solos con él.

Un día Francisca vio con claridad la solución: acudiría a la justicia ordinaria. La justicia, como su propio nombre indicaba, debía ayudarla en una situación tan injusta. Pero pronto su dicha se convirtió en desencanto. Le explicaron que ellos no eran competentes para tratar de asuntos que tenían que ver con vínculos tan sagrados como el del matrimonio, así que la remitieron a la justicia eclesiástica. Y Francisca, que a esas alturas se sentía incapaz de seguir compartiendo su vida con semejante cafre, que llevaba ya un buen tiempo intentando sortear sus palizas pasando desapercibida, hablándole lo justo, caminando por la casa sin hacer ruido, como una sonámbula de algodón, cumpliendo con cada una de las tareas del hogar sin un aspaviento, sin una queja o un mal gesto, se presentó ante la jurisdicción eclesiástica con las pruebas que demostraban cómo su marido se excedía en las palizas.

Ante el tribunal se desabrochó el jubón y la camisa y mostró, llena de pudor, su maltrecho cuerpo cuajado de moratones. Tras el estupor inicial, y con semejantes pruebas ante sus ojos, los eclesiásticos no pudieron quedar indiferentes. En una sentencia sin precedentes [la reproducimos] recomendaron a Jerónimo que fuese «bueno, honesto y considerado con la demandante, y no le haga semejantes malos tratamientos como se dice que le hace».

La sentencia religiosa con la que Francisca Pedraza no se conformó.

 

Pero las recomendaciones eclesiásticas no surtieron el efecto deseado por Francisca ya que, al llegar a casa, Jerónimo le propinó tal paliza por chivata que la dejó medio muerta, tirada en el suelo de la cocina, con el alma poco afianzada al cuerpo, preguntándose si no sería mejor encontrar la libertad en el más allá, ya que era evidente que en el más acá jamás la conseguiría.

Y entonces, como si el mismo Dios hubiera recibido el mensaje, un rayo de iluminación le indicó el camino. Se decidió a solicitar al nuncio del Papa en tierras de España que llevase su pleito a la jurisdicción universitaria; el único lugar en el que ella consideró que alcanzaría la justicia que llevaba más de cinco años buscando. A fin de cuentas, la Universidad estaba constituida por hombres sabios. Y así fue, en la corte de justicia de la Universidad de Alcalá se celebró un sorprendente pleito de divorcio. Francisca de Pedraza, mujer y madre, contra su maltratador y esposo: Jerónimo de Jaras. Al frente del tribunal, por suerte para ella, estaba una de las personalidades más ilustres de la Universidad: Álvaro de Ayala, el primer rector graduado en ambos derechos: el canónico y el privado.

Él, tras estudiar el caso, escuchar a la demandante, a los testigos de la brutal paliza en la que Francisca perdió al hijo que esperaba y observar las marcas que años de vejaciones habían dejado en el cuerpo de la mujer, decidió dictar una sentencia pionera y ejemplar. Francisca de Pedraza obtenía así el divorcio, lo cual le permitía no vivir bajo el mismo techo que Jerónimo de Jaras; su cruel maltratador. Pero eso no fue todo, su marido tenía que devolver la dote que recibió el día de su matrimonio y le prohibía que ni él, ni nadie relacionado con él, pudiera hacerle algún mal ni se acercase nunca más a Francisca. Desde ese mismo instante, ya no tenían nada que ver el uno con el otro. En el año 1624, al fin se le hizo justicia.

Esta historia aparece en el libro Una alcalaína frente al mundo. El divorcio de Francisca de Pedraza, de Ignacio Ruiz Rodríguez y Fernando Bermejo Batanero (Ediciones Bornova).

Artículo escrito por Nerea Riesco y publicado en el diario El Mundo 22 de febrero de 2015.

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