Cualquier parecido con la realidad…

Os dejo por aquí el relato que escribí para El Correo , publicado el pasado viernes 7 de agosto, ilustrado por Irrimarra. Espero que lo disfrutéis.

Cualquier parecido con la realidad…

El médico nunca quiso ser un héroe. De niño no soñaba con ser astronauta, ni bombero y mucho menos torero porque, para él, derramar sangre solo podría justificarse si era para analizarla bajo un microscopio. Todo lo demás le parecía una crueldad.

Si alguien le preguntaba:

¿Qué quieres ser de mayor, bonito?

– Investigador -respondía él.

¿Como Sherlock Holmes?

Y entonces arrugaba la nariz y sacudía de un lado a otro la cabeza.

– ¡Como Ramón y Cajal! -exclamaba, sorprendido de que no fuese más que evidente que el primero era un personaje inventado y el segundo un superhombre de carne y hueso.

Por eso estudió Medicina, pese a que las personas en general no le resultaban demasiado interesantes. Veía las enfermedades como enigmas que llegaban a él en recipientes humanos, igual que los rompecabezas venían en cajas.

La primera vez que el médico escuchó hablar de la Aureola-Toxina acababa de salir de una guardia de veinticuatro horas en la que atendió a una ciudadana que decía haberse hecho daño en la garganta comiendo galletas mojadas en leche. Poco después sacó un tapón del oído de un hombre que aseguraba haberse quedado sordo de repente. Lo más grave llegó a las cinco de la mañana. Un niño de cinco años se había introducido la pila de un reloj por la nariz. Hubo que operarle de urgencia para extraerla, porque ya se le había instalado en un bronquio. Cuando fue a hablar con el padre para informarle de la situación, y advertirle sobre los peligros de dejar determinados artículos de pequeño tamaño cerca de los niños, el hombre se mostró ofendido.

– ¿Pretende decirme cómo debo educar a mi hijo? ¡Que su sueldo lo pago yo! -le gritó mientras atusaba la cabecita de su vástago.

Así que, como te decía, el médico regresó a su casa tras la guardia. Se dio una ducha de una hora para espantarse los demonios y se dispuso a desayunar viendo las noticias. Justo en ese momento, el presentador informaba de una nueva enfermedad que estaba causando estragos en un país muy, muy lejano. Se trataba de un mal de otros, unos que se caracterizaban por llevar una dieta estrafalaria. Pese a que los iniciales síntomas de la Aureola-Toxina se pareciesen mucho a los del orzuelo común, se estaba descubriendo como una enfermedad muy beligerante con los mayores.

Ráfaga. Y en el informativo pasaron a otro asunto.

El médico se terminó el desayuno preocupado. Como era de talante obsesivo se puso en marcha. Ver la enfermedad resumida en números y porcentajes le ayudaba a relajarse. Hizo cálculos y llegó a la conclusión de que, si el Organismo Planetario para la Sanidad no tomaba cartas en el asunto, en pocas semanas la Aureola-Toxina afectaría a la totalidad de los países del globo y la necesidad de camas de UCI excedería en más de cien veces las existentes.

Que se nos echaba encima una calamidad de libro, vamos.

Mientras tanto surgió un trascendental debate social. Una asociación para la defensa del lenguaje no sexista se quejó de que se hubiera designado en femenino a la Aureola-Toxina, cuando se trataba de un virus. Según los estudios, vivíamos en una sociedad patriarcal en la que las desgracias, ya viniesen en forma de huracanes o enfermedades malignas, se bautizaban en femenino. Tras agrias discusiones y diversos insultos entre políticos y ciudadanos en la red social Poopter, se decidió que la Aureola-Toxina pasaba a llamarse: El Aureola-Toxina.

Pero el médico no prestó demasiada atención al debate. Estaba más preocupado en hacer recuento de las mascarillas que había en su hospital. Concluyó que, cuando el Aureola-Toxina llegase a las consultas, tendrían existencias para tres días más o menos. Aunque pronto descubrió que eso no parecía inquietar a las altas esferas. Cuando los primeros enfermos llegaron, los jefes les prohibieron usarlas.

– ¡Sembraréis alarma con las mascarillas puestas! -advirtieron.

Y, ¿quién querría inquietar a la población? A fin de cuentas más gente moría al año de golondrinos infectados o rituales del sapo bufo. Según anunciaba con su voz sosegada el especialista de la Unidad de Control de Cardenillos y Pestilencias en su rueda de prensa diaria, el número de contagiados y muertos se multiplicaba por tres cada veinticuatro horas, pero estaba todo bajo control.

Pocos días después, el Organismo Planetario para la Sanidad decretó que el Aureola-Toxina ascendía de categoría: de epidemia a pandemia. Aquello desencadenó la locura. La Jefatura Mayor del Reino declaró el Período de Emergencia. Los ciudadanos debían permanecer en sus casas; se restringía la movilidad. El médico, que vivía en una ciudad pero trabajaba en otra de distinta comunidad, tuvo que alejarse de su familia. Tampoco quería contagiarles. Tenía miedo de que la maldita enfermedad se le pegara a la ropa, porque los US (Uniformes de Seguridad) aún no llegaban. Para burlarla, se confeccionó una bata con bolsas de basura y una pantalla protectora con el plástico de una carpeta. Los enfermos se hacinaban en los pasillos del hospital; se morían solos. El médico y sus compañeros forraban de plástico sus teléfonos móviles y corrían de una habitación a otra para que, al menos, pudieran despedirse a través de la pantalla.

Un sentimiento de gratitud generalizado encumbró a los sanitarios a la condición de héroes. Cada día, a las ocho de la tarde, las gentes se asomaban a las ventanas para aplaudirles. Cantaban y bailaban el ‘Aguantaré’, los artistas más famosos del momento versionaban el tema y lo compartían en sus redes sociales. Los medios de comunicación mostraban la alegría del pueblo unido que jamás sería vencido.

Pero ya te dije al comienzo que el médico nunca quiso ser un héroe. De hecho no creía serlo. Los héroes no tenían miedo, y el médico tenía mucho. Miedo al contagio, al desabastecimiento, a enfrentarse con los parientes de los enfermos para decirles que no se podrían despedir de su padre, de su madre, de su esposa o su marido. Miedo a tener que elegir para quién sería la última cama de UCI. Regresaba cada día a su apartamento, añorando a su familia, escuchando a los vigilantes de balcón.

¡Sinvergüenza! Vuelve a tu casa o llamo a la Policía.

Porque la gente se enfadaba mucho con los que se saltaban las normas.

A su piso llegó para encontrarse con la nota que sus vecinos le habían dejado en la puerta, recriminándole su falta de consideración por no haberse confinado en los hoteles que estaban poniendo a disposición de los sanitarios. El médico le hizo un gurruño al papel. Cerró la puerta y se metió en la ducha para espantarse de nuevo los demonios. Y cualquier resquicio del virus.

Algunos compañeros del médico se contagiaron. Uno de ellos murió, pero nadie le hizo nunca la prueba, porque no había test suficientes. A los demás les dijeron que tenían que seguir trabajando si no estaban graves. Pero de eso no se hablaba mucho en los informativos. La población, guiada por sentimientos de lealtad hacia sus políticos, se enrocaba en debates sobre los muertos que estos colocaban encima de sus escaños, para lanzarlos a la cara del contrario. Los que dirigían el país señalaban con el índice a la Luna y la población se desgañitaba, discutiendo sobre el satélite (o sobre lo nudoso que tenían el dedo), en lugar de mirar lo que estaba pasando en la Tierra.

La Agencia Estatal de Consignas Sociales, encargada de medir los flujos de inquina antigubernamental, detectó que esta resultaba peligrosa. Era tiempo de fraguar una nueva realidad; el fútbol debía regresar. Para tranquilidad de los clubes y los aficionados, les hicieron el test del Aureola-Toxina a los jugadores. Por fortuna, un mes después, hubo ya los suficientes para hacérselos también a los sanitarios.

La Unidad de Control de Cardenillos y Pestilencias registraba a los afectados por sus síntomas, luego solo a los que tenían la prueba hecha, luego a los que la tenían hecha del día y, finalmente, a los que la tenían hecha del día, pero solo si era día par y la Luna estaba en cuarto menguante. Un sistema parecido empleaban con los que morían, hasta que un día llamaron a una familia para avisarles de que su padre fallecido aún vivía, según las estadísticas.

Poco a poco los contagios descendían y relajaron la emergencia. Primero podrían salir los niños, luego los deportistas, también los ancianos a determinadas horas del día. Pero el médico seguía sin poder regresar a su hogar, con su familia, aunque les separasen cincuenta kilómetros. Podría haberlo hecho de ser tan aguerrido como aquel cuñado del príncipe de Délfica, que tomó un avión y un tren para asistir a una despedida de soltero. En el recorrido contagió del Aureola-Toxina a veinte personas. O como aquel político al que detuvieron por conducir borracho, a altas horas de la madrugada, dos días después de clamar en medios de comunicación contra la irresponsabilidad de los que se saltaban el confinamiento.

La Jefatura Mayor del Reino puso fecha para el regreso de los turistas. Los voldavos, bermánicos y grandeses nadarían en nuestros mares antes de que el médico pudiera regresar a su casa.

Ya no había aplausos a las ocho de la tarde, pero no importaba porque, según el noventa por ciento de los post de la red social Rareblock, el Aureola-Toxina nos había vuelto mejores personas, más tolerantes y empáticos. Y eso quedó demostrado durante la siguiente guardia del médico. Un paciente, preocupado porque le picaba un ojo, reclamaba que se le efectuase una resonancia magnética.

– ¡Que su sueldo lo pago yo! -argumentó con firmeza.

Tras la guardia, el médico se dio la habitual ducha-espanta-demonios. Y por primera vez en su vida quiso ser de verdad un héroe, para poder teletransportarse a su casa sin incumplir las normas de movilidad.

Campa de los ingleses

Os dejo por aquí el relato que escribí para El Correo , publicado el pasado 31 de agosto. Espero que lo disfrutéis.

 

Campa de los ingleses

En aquellos tiempos los franceses advertían a los extranjeros de que cruzar el Bidasoa era una hazaña propia del mismísimo Ulises; no en vano ellos lo llamaban “boca del dragón”. Estaban convencidos de que, cualquiera que se atreviera a emprender semejante aventura, terminaría infectado de fiebre amarilla o de cualquier otro mal que solo podría curarse peregrinando de rodillas hasta Lourdes. Por eso no llegaban a entender la razón por la que los ingleses reincidían en relacionarse con los habitantes de esas tierras.

Fue en ese lugar con olor a sal donde nació y creció Catalina, la hermosísima nieta de madame Mazarredo, una mujer distinguida que había residido gran parte de su vida en París y que, por lo mismo, vestía a la usanza francesa, excepto cuando acudía a la misa de los domingos. La joven Catalina había heredado la elegancia y el delicado aire de superioridad de su abuela; hablaba perfectamente el francés y saludaba con media sonrisa a los habituales invitados de madame Mazarredo, circunstancia que acontecía prácticamente a diario, aunque eran las tertulias de los domingos especialmente destacables. Comenzaban a las diez de la noche y los asistentes se sentaban en círculo a charlar mientras Catalina ejecutaba al piano los zortzikos compuestos por su abuela. En las célebres reuniones se bailaban cotillones franceses, se discutía de literatura y se jugaba al “Rey pasa por aquí”.

Sumergida en ese selecto ambiente se hizo mujer la niña Catalina, casi sin que se dieran cuenta de tal manera que, de un día para otro, las costuras de los vestidos se le estallaron a la altura de las sisas. Y su lozano desarrollo no pasó desapercibido a los hombres. Aquellos que antes le pellizcaban las mejillas, pronto pasaron a anhelar pellizcarle en lugares menos inocentes, aunque ella parecía poco predispuesta a aceptar sus atenciones.

El paseo del Arenal, escoltado por bancos de piedra, con su jardín de flores, era entonces el lugar elegido por la beau monde para dejarse ver. Los comerciantes se reunían allí entre las doce y las dos para llevar a cabo las transacciones comerciales que terminaban sellando en el café que los dos hermanos suizos tenían en la calle de Correo. Por la tarde le llegaba al turno a los políticos y a los militares y, al atardecer, los jóvenes más elegantes se lucían esquivando a los niños que correteaban entre ellos agitando sobre sus cabezas cajitas de fósforos mientras pregonaban: ¡Fuego! ¡Fuego! Los fumadores habituales pagaban una suscripción de una perra gorda por semana con la que se aseguraban mantener sus cigarros encendidos aunque, eso sí, prescindían de fumar en presencia de las damas que, tan pronto oscurecía, se retiraban para evitar que se las confundiera con mujeres de mal vivir.

 

                                                                                                                                                                                                                               Ilustración: Mikel Casal

En cualquier caso a Catalina jamás se la vio en ninguno de los lugares frecuentados por la gente de su edad. Apenas salía y, cuando lo hacía, era para asistir a la misa de los domingos o para acudir, un día sí y otro casi también, a la tienda de ultramarinos de Escolástico Zelaya, en la que lo mismo se podían adquirir botones de hueso, flores de tela, periódicos extranjeros, cuadernos pentagramados o novelas. Y era por esto último que la joven se sentía ineludiblemente atraída por aquel local que olía a jaboncillos perfumados, ubicado en el Campo Volantil.

Catalina era la única mujer de Bilbao que montaba en bicicleta. Recorría la ciudad a tal velocidad que muchos creían verla venir y, de pronto, lo que quedaba en el aire no era más que la estela del velo de su sombrero, ondulando en el aire. Al llegar a su destino, ella se liberaba con un suspiro de los guantes y de las estrafalarias antiparras de cuero heredadas de su tío, sin prestar atención al interés que despertaba en el resto de ciudadanos que opinaban que una mujer decente no debería montar a horcajadas sobre semejante artilugio, ya que corría el riesgo de dejarse allí la virtud. Si en el breve trayecto que recorría a pie desde el lugar en el que dejaba la bicicleta hasta la tienda tropezaba con algún caballero conocido, correspondía a sus corteses reverencias y sombrerazos con un leve movimiento de mentón, sin dejar entrever ni una misericorde sonrisa. Y su actitud era exactamente la misma cuando entraba en la tienda de Escolástico y éste la saludaba con timidez. Pese a que llevaba años comprando allí, poniendo a prueba su talento de buen tendero con encargos de libros extrañísimos que él cumplía religiosamente sin fallar ni una sola vez (que si Las amistades peligrosas, que si Madame Bovary, que si Frankenstein…), jamás se permitió Escolástico con ella una sola confianza. Le hablaba sin mirarla directamente a los ojos y aprovechaba los momentos en los que se daba la vuelta para recorrer su encantadora figura y suspirar muy bajito. Como nunca habían entablado un diálogo en condiciones, Escolástico Zelaya quiso saber de su personalidad y para ello se leía, en una sola noche, los libros que Catalina le encargaba, de lo cual dedujo que se trataba de una joven pasional, con tendencias romántico-tenebrosas. Además, leer los libros que ella leería, acariciar con los dedos las páginas que ella rozaría en un futuro, le hacía sentirla próxima, unida en cierta media a él. Un acercamiento robado al destino porque, por la indolencia con la que Catalina se comportaba, le quedaba claro que otro tipo de contacto no era, ni sería jamás, posible. Pero todo podría cambiar. El destino podría cambiar. Al menos eso era lo que Escolástico deseaba.

Aquella mañana Catalina subió en su bicicleta y se dirigió a la tienda en busca de su último encargo: Cumbres borrascosas. Escolástico se encontraba en ese momento envolviendo la novela en papel de estraza y fue entonces cuando lo decidió. Lo sintió en su interior como un azote del mar en la costa en un día de tormenta. Era una valentía que no reconocía como suya, pero aún así estaba dispuesto a adueñarse de ella. Debía hacerlo. Sí. Lo haría. Rozaría el índice de Catalina con su meñique en el intercambio de manos del libro.

            Ella entró en la tienda, saludó, preguntó por su encargo, él sacó el paquete de debajo del mostrador. Tomó aire. La miró fijamente a los ojos, un segundo, dos, tres… iniciando el movimiento de entrega del libro. Justo cuando estaba a punto de depositar el paquete en las manos de la dama, sintió el corazón desbocado, al borde del colapso… y entonces… entonces… el joven Pachi entró en la tienda como una exhalación, llamando al gritos al tendero. Escolástico suspiró con rabia. No le dio tiempo a mucho más porque Pachi se lanzó a resumir el motivo de su entusiasmo. Un acontecimiento épico estaba a punto de celebrarse en la Campa de los Ingleses. Llamaban así a ese terreno junto al río porque, entre hierbajos y matojos, se escondía un antiguo cementerio británico y, en ocasiones, los marineros ingleses que arribaban a Bilbao practicaban allí un juego de pelota que les obligaba a correr un buen rato en paños menores. En un principio, los jóvenes locales se burlaron de los isleños, pero estos se pusieron gallitos y les retaron a un partido con el que pretendían demostrarles que ese deporte no era apto para pusilánimes. Tras explicarles paso por paso en qué consistían las reglas del juego, los nativos concluyeron que les iban a dar a los foráneos una soberana paliza. Se necesitaban once jugadores, y ellos solo contaban con diez, así que corrieron en busca del que faltaba. Escolástico se encogió de hombros.

-¿Por qué piensas que voy a cerrar la tienda para ir a jugar a eso?

_Ohhh… por favor. No te hagas de rogar. Te necesitamos.

Escolástico eran moreno y delgado. No acumulaba ni un gramo de grasa en su cuerpo porque le gustaba subir a los montes con su perro para recoger setas tras la lluvia. Eso y jugar a la pelota mano eran las actividades físicas que él consideraba adecuadas para los hombres; todo lo demás le parecía hacer el ridículo. Y así se lo dijo a Pachi:

_No pienso hacer el ridículo corriendo detrás de una pelota _sonrió con jactancia, convencido de que semejante arranque de sensatez le haría al fin visible a los ojos de Catalina, que aún continuaba con la mano suspendida en el aire, en espera de recibir su ejemplar de Cumbres borrascosas.

Escolástico viró levemente la mirada hacía ella y creyó percibir un leve gesto en su habitual rostro impasible.

_Eso que usted llama “correr detrás de una pelota” tiene nombre: Football _aclaró la joven_. Y no consiste solo en eso. Hay que luchar con todo el cuerpo para batirse con el contrario, dominar el movimiento de un objeto esférico empleando únicamente pies y piernas.

Escolástico quedó petrificado. Era la primera vez que Catalina le hablaba más de dos frases seguidas. Gracias a ello confirmó algo que ya sospechaba; tenía la voz de pájaro ronco, seguramente de usarla poco. Y algo más: quería escuchar esa voz hasta el fin de sus días.

_¿Cree entonces que debería jugar? _le preguntó envalentonado.

_Por supuesto _confirmó ella.

_Solo si me hace usted el honor de ser espectadora. Eso me dará fuerzas.

Su boca no respondió, pero sus ojos le indicaron que estaba dispuesta a presenciar partido.

El sol estaba en ese momento en el lugar más alto del cielo. Once y once jugadores midiendo sus fuerzas ante un balón de cuero relleno de plumas. Escolástico tomó posición, dispuesto como estaba a mostrarse ante Catalina como un auténtico héroe. Con los pies afirmados en el suelo, balanceó el cuerpo hasta encontrar el movimiento perfecto. Con mirada de lince, localizó el balón y se preparó para correr tras él como si le fuese la vida en ello. El contrario lo había lanzado al aire y él dio un salto, lo golpeó con el pecho haciendo que descendiera hasta sus pies y, una vez allí, se dispuso a dominarlo. Lo logró y corrió en dirección a la portería. Iba sonriendo. Podía sentir los ojos de Catalina clavados en su nuca. Corría como nunca lo había hecho, sintiendo el balón en cada zancada: derecha, izquierda, otra vez derecha… hasta llegar a la altura de uno de los ingleses que le lanzó un codazo certero en la boca del estómago, justo un segundo antes de arrebatarle el balón. Escolástico cayó de bruces, golpeándose en el ojo con la rodilla de uno de sus compañeros de equipo.

Ese primer partido de futbol terminó con cinco goles a favor de los ingleses, los cuales, para sanar el orgullo herido de los contrarios, decidieron invitarles a pollos asados y chacolí.

A media tarde, Catalina y Escolástico se alejaron la Campa de los Ingleses. Él la acompañaba empujando su bicicleta mientras le contaba anécdotas de la tienda que ella escuchaba con aparente interés.

_Se le está poniendo el ojo morado _le señaló ella.

_No importa. Nunca me he sentido mejor que hoy.

Caminaban sin prisa, rumbo a la casa de Catalina, bajo la atenta mirada de los desolados admiradores de la muchacha, que la vieron alejarse convencidos de que la habían perdido definitivamente.

 

 

 

Edimburgo IV: El Castillo.

En uno de los extremos de la Royal Mile está el majestuoso Castillo de Edimburgo; una antigua fortaleza que puede verse desde prácticamente cualquier punto de la ciudad, ya que se alza en lo alto de la colina de Castle Hill.

La visita a este emblemático lugar exige varias horas, de modo que no está de más planificarla con antelación.

 

 

Una de las citas ineludibles, que se lleva celebrando desde 1861, es el cañonazo de las 13 h (los domingos no lo hacen). El origen de la tradición nace del interés en indicar, a la gente de la ciudad y a los marineros, la hora exacta (en tiempos en los que pocos tenían relojes).

Es fácil saber cuál es el cañón desde que se dispara, ya que la gente comienza a reunirse en torno a él unos veinte minutos antes; así que hay que estar atentos si se quiere disfrutar del espectáculo en el que, el General de Artillería, realiza el ritual con cierta bambolla.

 

 

Dentro del Castillo podrás visitar, además: La Capilla de Santa Margarita, en edificio que acoge las joyas de la Corona, el Memorial Nacional de la Guerra de Escocia (en su interior no se pueden tomar fotografías) y las prisiones de guerra.

 

 

Otra de las sorpresas que esconde el Castillo tiene mucho que ver con el amor que los escoceses sienten por los animales en general y por los perros en particular. Dentro de las murallas nos encontramos un pequeño y bien cuidado cementerio en el que descansan los cuerpos de los perros que acompañaban a los militares durante los conflictos bélicos.

 

 

 

En definitiva, la visita al Castillo es ineludible si estás en Edimburgo. Las leyendas e historias que acogen sus muros ayudan a entender mejor el talante de la ciudad. Eso sí, os recomiendo que saquéis las entradas de antemano, ya que se forman largas colas. También es interesante sumarse a una de las visitas guiadas, o alquilar las audio guías, si no queréis perderos ni un detalle.

 

Si deseas saber más sobre Edimburgo puedes visitar las otras entradas en este mismo blog:

Edimburgo I: La ruta de Harry Potter.

Edimburgo II: Ciudad de escritores.

Edimburgo III: Palacio de Holyroodhouse.

Edimburgo IV: El Castillo.

Edimburgo III: Palacio de Holyroodhouse.

La arteria principal de Edimburgo, llamada Royal Mile, conecta dos de sus joyas arquitectónicas. Hoy os hablaré de una de ellas, el Palacio de Holyroodhouse; un edificio que ha ido adquiriendo su actual configuración a través de los siglos. Actualmente es la residencia oficial de la reina de Inglaterra en Escocia.

 

 

La visita comienza en el patio, en cuyo centro se encuentra una fuente inspirada en la que hay en el palacio de Lintithgow, un antiguo burgo real situado a 30 kilómetros de Edimburgo.

Os recomiendo que visitéis en primer lugar los jardines. Cada media hora, un guía os desvelará los misterios de sus flores, árboles y recovecos. La lluvia habitual convierte el lugar en un vergel verde, frondoso, exuberante… donde es fácil perderse.

 

 

De hecho eso es lo que la reina debió pensar (perder cosas, olvidarlas) cuando una persona bienintencionada le regaló esta estatua de un violinista. Ella la encontró tan aberrante que la confinó en un lugar recóndito, entre la maleza. Y allí lo encontramos.

 

 

Desde los jardines se obtiene una preciosa vista de la abadía agustina de Holyrood, edificada en el siglo XII siguiendo los dictados de una leyenda. Al parecer el rey David I de Escocia se encontraba cazando por la zona cuando un enorme ciervo se dispuso a atacarlo. Estando los dos frente a frente, apareció entre los cuernos del animal una cruz resplandeciente, lo cual en rey interpretó como como una señal de que debía fundar allí una abadía que llamó Holyrood Abbey (la abadía de la cruz sagrada).

 

 

La magia bucólica de la abadía contrasta con el esplendor del palacio adyacente. Hasta ahora no había profundizado en la biografía de una de sus habitantes más célebre: María Estuardo.

 

 

Entre las paredes de este palacio, la reina vivió uno de los episodios más tumultuoso de su existencia. María, casada en segundas nupcias con un medio primo, mantenía una relación muy especial con su secretario: David Rizzio. El marido, celoso, sospechando que mantenían una aventura, incluso convencido de que el hijo que esperaba su esposa era del italiano, accedió (junto con un grupo de nobles afines) a los aposentos privados en los que la reina cenaba con Rizzio. Allí le asestaron más de cincuenta puñaladas. Murió ante los ojos de la reina embarazada, junto a una de las ventanas (que en la actualidad se encuentra señalada con un cartel. Incluso se dice que todavía pueden observarse las manchas de sangre del infortunado secretario).

En definitiva, visitando el Palacio de Holyroodhouse podéis recorrer la historia de Escocia repasando episodios dignos de cualquiera de las series televisivas que nos seducen en la actualidad.

Si deseas saber más sobre Edimburgo puedes visitar las otras entradas en este mismo blog:

Edimburgo I: La ruta de Harry Potter.

Edimburgo II: Ciudad de escritores.

Edimburgo IV: El Castillo.

Edimburgo II: Ciudad de escritores.

Que una ciudad tenga un Writers’ Museum (como podréis imaginar), me conquista… absolutamente. Este coqueto edificio está consagrado a tres de los escritores más celebrados de Escocia: Sir Walter Scott, Robert Burns y Robert Louis Stevenson. Aquí, el viajero interesado en la vida de estos maestros de la pluma podrá ver, por ejemplo, la imprenta y la mesa del comedor de sir Walter Scott, el escritorio de Robert Burns, o la caña de pescar y la pipa de Robert Louis Stevenson.

 

 

Es cierto que no paro de decir que la ciudad (toda la ciudad), su arquitectura y la pátina de sus piedras, le dan un caracter escepcional, pero insisto en ello en este caso en particular. El edificio en el que se encuentra el Writers’ Museum se erigió en 1622 y fue propiedad de la  condesa viuda de Stair, que lo donó a la ciudad de Edimburgo en 1907.

 

 

Se llega hasta el museo atravesando uno de los callejones de la Royal Mile (que también se conocen como «closes» o «Wynds»). Casi por arte de magia, se deja atrás el bullicio de esa zona para alcanzar la intimidad de Makars´ Court, un patio en el que se pueden ver algunas losas en memoria de los escritores escoceses más relevantes desde el siglo XIV.

 

 

Dentro está prohibido hacer fotografias de las colecciones (que están divididas en distintos niveles conectados por escaleras de caracol) y por eso mismo no os muestro muchas imágenes del interior.

 

 

Como en la mayoría de los museos de Edimburgo, la entrada es gratuita (aunque hay una hucha en la entrada donde depositar lo que se considere conveniente y que, según indican, se utilizará para el mantenimiento del museo).

 

 

Se trata de un museo de pequeñas dimensiones en el que se puede seguir la historia de los tres autores a los que está dedicado siguiendo sus huellas en retratos, manuscritos y diversos objetos personales. En la sala principal suelen organizar exposiciones temporales.

 

 

Desde el propio museo nos proponen involucrarnos en «The Edinburg book lovers’ tour», las celebradas rutas literarias por la ciudad.

 

 

Pero no solo se homenajea a los escritores escoceses en este museo. En los Princes Street Gardens se alza el Monumento a sir Walter Scott. Impresionante, se mire por donde se mire, la blanca figura del escritor (tallada en mármol de Carrara), contrasta con la piedra que lo acoge. Scott está representado con una pluma en la mano y, junto a él, descansa su perro Maida. En Edimburgo son grandes amantes de los perros (cosa que me enamora). Ya os contaré más historias al respecto.

 

 

A lado del monumento a sir Walter Scott, se encuentra la estatua de Livingtone, aunque a muchos les pase desapercibida por la grandiosidad de su vecina.

 

 

Por cierto, justo delante de las figuras de estos dos ilustres caballeros, se encuentran los almacenes Jenners; una especie de Corte Inglés a la escocesa.

 

¿Qué decir de las librerías y bibliotecas que vas dejando por el camino?  Os dejo una pequeña muestra en forma de imágenes.

Si os apetece conocer más historias de libros y escritores escoceses, os remito a mi entrada sobre la Ruta de Harry Potter en Edimburgo.

Y qué mejor manera de despedir esta entrada que con el lema que luce la «Central Library»: ¡Hágase la luz!

Si deseas saber más sobre Edimburgo puedes visitar las otras entradas en este mismo blog:

Edimburgo I: La ruta de Harry Potter.

Edimburgo III: Palacio de Holyroodhouse.

Edimburgo IV: El Castillo.