Jack el destripador o Lizzie la destripadora.

En vísperas del otoño en el East End, una de las zonas más infortunadas de la ciudad de Londres, el cielo lloraba como casi siempre, aunque esta vez por una buena razón. El barrio estaba plagado de niños manilargos y mugrientos, de borrachos malolientes y pendencieros que empeñaban sus zapatos a cambio de un mendrugo de pan seco, de prostitutas desdentadas que ofrecían al reclamo de two penny knee trembler una experiencia capaz de hacer temblar las rodillas del cliente por dos peniques. Y es que los contactos carnales con aquellas mujeres se realizaban en un callejón oscuro, apoyados contra la pared. No era de extrañar que la mayoría de los elegantes habitantes del West End evitaran la zona, por si acaso la miseria se contagiaba simplemente con mirarla. Por si todo aquello no fuese suficiente desgracia, ese lugar se vio sacudido por la crueldad de un infame asesino. ¿O quizás fuese una asesina? En el 2006 un análisis de ADN señaló que, en el engomado de una de las cartas que la policía aún conserva del Destripador, aparece la huella genética de una mujer.
Lizzie Williams, uno de los principales sospechosos de ser la Destripadora.

 

Ya en 1888, entre la abrumadora mirada de sospechosos con los que contaba la policía, surgió un nombre femenino. Se trataba de una tal Mary Eleanor Pearcey, también identificada como Mary Eleanor Wheeler, pronto conocida por el sobrenombre de «Jill the Ripper». Depresiva, epiléptica y alcohólica, era poseedora de unas firmes manos que utilizaba para acariciar con delicadeza y pasión a Fran Hogg, un transportista que la obnubiló gracias a la exquisitez de sus tarjetas de visita, una novedad que era por aquel entonces lo último en sofisticación. Sin embargo a Fran no le bastó con el amor desinteresado que Mary le proporcionaba, de modo que dejó embarazada a otra mujer con la que terminó por casarse.

Curiosamente las nupcias se celebraron el 9 de octubre de 1888, el día que Mary Kelly, la última víctima canónica de Jack el Destripador, fue asesinada.

Ni que decir tiene que Mary Eleanor Pearcey no se tomó el asunto de la boda nada bien. Montó en cólera y decidió que la única manera de saldar con dignidad su agravio era quitando de en medio a la mujer y al hijo de su amante. Y así lo hizo. Rebanó el cuello de su competidora con tanta saña que la cabeza de la infortunada quedó apenas sujeta al cuerpo. Después ahogó al bebé y lo abandonó bajo un puente. La policía encontró a Mary horas después cubierta de sangre asegurando, con los ojos perdidos, mientras tocaba repetitivamente las dos mismas notas en un piano, que se había manchado «matando ratones, matando ratones, matando ratones…». Encontraron aquel comportamiento lo bastante sospechoso como para llegar a la conclusión de que esa mujer era la responsable del doble crimen. La condenaron a muerte.

El secreto de Mary, a la tumba

Antes de cumplirse la sentencia, le pidió a su abogado que colocase un anuncio en un periódico de Madrid. El texto rezaba así: «Última voluntad de Mary Eleanor Wheeler. No he traicionado. MEW». Con su muerte se llevó a la tumba el secreto que se escondía tras esas enigmáticas palabras y la razón por la que el anuncio tenía que aparecer en un diario español. Poco tiempo después, el museo de Madame Tussauds confeccionó una figura de cera de Pearcey para colocarla en su Cámara de los Horrores.

Pero en los últimos tiempos se postula otro nombre de mujer tras el cual podría estar enmascarándose desde hace más de un siglo el asesino de Whitechapel. Se trataría de Elizabeth Willians, Lizzie para los amigos, esposa de otro de los grandes sospechosos: el doctor William Gull.

Un abogado británico jubilado, John Morris, es el garante de esta nueva teoría. En sus ratos libres ha escrito un libro con esclarecedor título: Jack the Ripper: The hand of a woman, «Jack el Destripador: La mano de una mujer.»

Según Morris, la motivación de esta señora sería su incapacidad para concebir hijos. Eso la habría convertido en una enferma mental dispuesta a todo para arrebatarle a otras mujeres lo que la naturaleza le había negado. No debemos olvidar que, una de las señas de identidad del Destripador era hacer gala de su apodo extirpando determinadas vísceras del cuerpo de sus víctimas, entre ellas el útero. Lo hacía con tal destreza, rapidez y maestría (teniendo en cuenta que cometía los asesinatos en mitad de la noche, en callejones apenas iluminados) que se llegó a elucubrar con que se tratase de un médico, un veterinario o, en su defecto, un carnicero loco. Esta nueva teoría concluye que Lizzie podría haber dispuesto de la información necesaria para saber dónde estaba situado cada órgano corporal y de qué manera extraerlo gracias a los manuales que seguramente tenía por casa. O quizás presenciaba las operaciones quirúrgicas de su marido.

Otra de las razones que sustenta la teoría de Morris es que ninguna de las cinco prostitutas consideradas como las víctimas canónicas de Jack el Destripador fueron agredidas sexualmente. Es más, según parece en los escenarios de los crímenes aparecieron ciertas señales que hacían pensar en que una mano femenina había manejado los hilos. En el asesinato de Annie Chapman, por ejemplo, los objetos personales de la difunta aparecieron colocados delicadamente, y en perfecto orden, bajo sus pies. Y junto al cuerpo de Catherine Eddowes se encontraron tres botones ensangrentados pertenecientes a un botín femenino. Pero lo más sorprendente es que en la vivienda de Mary Kelly, en la chimenea, fueron hallados restos de elegante ropa de mujer que no pertenecían a la desafortunada meretriz, entre ellos de una capa, una falda y de un sombrero.

La pista de Lizzie Willians

Y es precisamente esta última víctima la que pudo desatar la furia de la asesina, según Morris. Al parecer el marido de Lizzie, el doctor William Gull, que oficialmente se dedicaba a la tarea de auscultarle los dolores a la reina Victoria, compaginaba tan honorable labor con el lucrativo negocio de los abortos clandestinos en el miserable barrio de Whitechapel. Allí había conocido a Mary Kelly, una deliciosa flor surgida como por antojo entre ese desbarajuste de cardos que eran las prostitutas del East End. El doctor, aparentemente sorprendido por su belleza y juventud, había decidido disfrutar de sus encantos antes de que el tiempo, la pobreza, el alcohol y las pulgas terminaran por marchitarla, convirtiéndola en un cardo más. ¿Acaso no es ese un buen motivo para que Lizzie terminara por odiar a aquellas mujeres? Abortaban los hijos que ella no podía tener y se apoderaban de maridos que no les pertenecían. Quizás ese fue el caldo de cultivo en el que comenzó a planificar su venganza.

Sin embargo son muchos los que se muestran contrarios a aceptar la teoría de que Elizabeth Willians esconde tras de sí la verdadera identidad del Destripador. Algunos sostienen que las mujeres no suelen utilizar la violencia para realizar sus crímenes. Desde los tiempos de Freud los cuchillos son considerados símbolos fálicos. Las asesinas en serie suelen matar a personas que conocen, que viven con ellas, que confían en ellas, y el 80% se sirven del subterfugio de los venenos para llevar a término su plan. Pese a todo no hay que olvidarse de asesinas seriales tan espectacularmente violentas como la aristócrata húngara Erzsébet Báthory, conocida como la «condesa sangrienta», acusada de torturar y matar a más de 600 jóvenes con la intención de bañarse en su sangre. O a Aileen Carol Wuornos, cuya vida y milagros fueron encarnados magníficamente en el cine por la sudafricana Charlize Teron.

Precisamente es la psicología la que más pone en entredicho la posibilidad de que Lizzie fuese realmente la asesina del East End. En el año 1981 expertos en perfiles del FBI se lanzaron a elaborar el de Jack el Destripador llegando a la conclusión de que se trataba de un varón de raza blanca, de entre 28 y 36 años que vivía o trabajaba en Whitechapel. Seguramente era un parroquiano asiduo de las tabernas que frecuentaban las prostitutas asesinadas, con un empleo modesto u ocasional, con un carácter tan solitario que incluso podría rozar la enfermedad mental, lo cual le empujaría a pensar que sus asesinatos estaban plenamente justificados. Los expertos del FBI barajaron la posibilidad de que fuera interrogado en su momento y descartado como sospechoso por su apariencia inofensiva.

Entre los detractores de esta teoría están los que consideran que el asesino de Whitechapel debía contar con una determinada fuerza, incompatible con la envergadura de Elizabeth Willians. O con la de cualquier otra mujer. El modus operandi de Jack el Destripador consistía en sofocar a sus víctimas antes de degollarlas. Pese a todo, en un simulacro llevado a cabo por el psicólogo criminalista Brent Turvey y el fisiólogo de la South Bank University David Cook, se demostró que sólo haría falta presionar la garganta con una fuerza de cinco kilos en cada mano sobre la arteria carótida para dejar inconsciente a alguien. Una vez la víctima en el suelo, degollarla sería totalmente viable para una mujer.

¿Más de cinco asesinadas?

Lo único que parece cierto es que, como diría Sócrates, sólo sabemos que no sabemos nada. O casi nada. Y quizás por eso, pase el tiempo que pase, Jack el Destripador seguirá despertando el interés de la gente. De hecho hay quien asegura que fueron más de cinco las mujeres asesinadas. En su momento la policía llegó a barajar que podría tratarse de 11, habiéndose alargado las muertes hasta el 1891. No faltan sospechosos, incluso se elucubra con la posibilidad de que se tratase de un grupo de personas: masones, adoradores de Satán… y de ahí las diferentes descripciones de los testigos presenciales, que nunca fueron capaces de concretar si se trataba en realidad de un hombre gordo, flaco, bajo, alto, rubio, pelirrojo, elegante o vulgar.

Sería un error no seguir alimentando la leyenda del asesino en serie más célebre del planeta, sobre todo tenido en cuenta el lucrativo negocio creado en torno a su figura. En Whitechapel se hacen visitas guiadas por las zonas señaladas en los informes policiales. En ellas se incluyen los callejones donde fueron encontrados los cuerpos mutilados, o los pub The Ten Bells y el Britannia, donde al parecer Annie Chapman y Mary Kelly tomaron sus últimas ginebras antes de abandonar este mundo. Lo llaman «el circuito del Destripador». Hay dos revistas inglesas, Ripperologist y Ripperana, dedicadas a la publicación de nuevas teorías y pruebas, ya que nunca falta quién encuentre un nuevo hilo del que tirar.

Seguramente jamás llegaremos a saber quién fue en realidad el asesino de Whitechapel, pero mientras esperamos conocer la próxima teoría, lo que podemos hacer es sopesar esta. ¿Será Jack el Destripador en realidad Lizzie la Destripadora?

 

 

 

Artículo de Nerea Riesco publicado el 31 de agosto de 2014 en El Mundo.

¿A qué edad desaparecen las mujeres?

Cuando me preguntan qué opino del lenguaje inclusivo mi sensación es agridulce. Es cierto que vamos evolucionando. Ayer recordaba en mis redes sociales la canción de Loquillo “Se que la mataré”. Coreábamos el “solo quiero matarla, a punta de navaja besándola una vez más”, y lo haciámos emocionados. Chicos y chicas crecimos relacionando la pasión con la violencia, la demostración de amor con los celos, el descontrol emocional como declaración amor. Treinta años después, que una canción lleve una letra así es impensable. Y lo mismo sucede con “me quiero casar con una señorita que sepa coser, que sepa bordar…” o con “una niña fue a jugar, pero no pudo jugar porque tenía que planchar”. Sin embargo, sigue habiendo mensajes sexistas en las canciones actuales.

 

 

Pero el machismo no vive únicamente en el uso que le damos al lenguaje, sino en la percepción de nuestros roles de género. En lo que creemos que somos y en lo que estamos dispuestos a aceptar. Y lo he visto muy claro esta semana. Hace un par de años adquirí un secador del pelo y comentí el error de contestar a una encuesta sobre mis opiniones sobre él. En ella me preguntaron mi sexo, edad y mi correo electrónico. Desde ese momento no han dejado de bombardearme desde una plataforma de productos de belleza y hogar, con cupones de descuento y ofertas en detergentes, compresas, sopas… que nunca he utilizado. La semana pasada me enviaron una encuesta que llevaba por título “Queremos conocerte mejor”. Diez preguntas en las que se interesaban por el tipo de detergente que uso (en polvo, líquido o cápsulas), si tenía hijos en edad de llevar pañales o la técnica de afeitado que utilizaba mi marido. Pese a tratarse de una página en la que la belleza está muy presente, ninguna de las preguntas iba dirigida a mí como ente individual, sino como parte de un todo. Como cuidadora de una familia. No me preguntaban por mi tipo de piel, tampoco si prefería compresas o tampones, ni si me preocupaba el frizz en el cabello. Simplemente yo no existía. Mi existencia se justificaba por la existencia de las personas a las que (al parecer) yo debería cuidar. ¿Creéis que a un hombre de mi edad le hubieran preguntado por el método de depilación que utiliza su mujer para ofrecerle un producto? ¿O si le preguntarían esto mismo a una chica de 20 años?

Da igual que inculquemos la importancia del uso del masculino y el femenino en los discursos o en los libros de texto. De poco sirve hablar de chicos y chicas si una de las acepciones de “zorro” es la de hombre astuto, mientras que la de “zorra” es sinónimo de prostituta. Que ser “la polla” sea algo estupendo, mientras que “un coñazo” suponga algo aburrido.

El sexismo habita más allá del lenguaje. Está en nuestro concepto de lo masculino y lo femenino y el papel que desempeña en la sociedad.

¿A qué edad desparecemos las mujeres?

La maltratada de 1624 que sí ganó el pleito.

  • La historia de la primera mujer que denunció violencia de género.

  • Logró divorcio, orden de alejamiento y que su marido le devolviera la dote.

 

El día que Jerónimo de Jaras arrancó, a golpe de patadas en el vientre, en plena calle, la criatura que Francisca de Pedraza llevaba en las entrañas, ella, de forma unilateral y sin consultarlo con nadie, decidió que había llegado el momento de considerarse liberada de las promesas que le hizo frente al altar cuando se casaron.

 

 

De poco sirvieron los consejos del párroco de la cervantina Alcalá de Henares (Madrid) en los que le indicaba que a este mundo se venía a sufrir y que semejante decisión la abocaría al fuego eterno. Eso no le asustaba; en el infierno ya vivía desde que dejó el convento donde fue educada por las monjas complutenses para pasar a estar tutelada por el que sería su marido. Estaba convencida de que las calderas de Pedro Botero no podían ser tan crueles como aquel hombre que hacía gracietas en la taberna entre vaso y vaso, ese dicharachero que se transformaba en un monstruo al llegar a casa borracho, mientras le escupía en la cara lo mala madre y esposa que era, tirándole al suelo el plato de lentejas, asegurándole que ni para cocinar, ni para un revolcón servía.

No parecía sencillo de alcanzar el deseo de Francisca de liberarse de su marido. A fin de cuentas era huérfana de padre y madre y le costaba trabajo creer que las monjas estuvieran dispuestas a aceptarla de nuevo teniendo en cuenta la grave ofensa al sagrado vínculo del matrimonio que pensaba cometer. “En la salud y en la enfermedad, en la riqueza y la pobreza, hasta que la muerte os separe…”, había jurado.

La muerte, una tentadora idea que más de una vez se le pasó por la cabeza. Demasiado fácil quizá. ¿Qué sería de sus hijos si hacía eso? Los dejaría en manos de aquel maltratador que jamás se había sentido tentado a otorgarles una caricia. Era como si Jerónimo de Jaras viese en aquellas criaturas una prolongación de ella misma, y ya empezaba a atisbarse la animadversión que le provocaban sus gritos infantiles, sus carreras y sus llantos nocturnos. No podía dejarles solos con él.

Un día Francisca vio con claridad la solución: acudiría a la justicia ordinaria. La justicia, como su propio nombre indicaba, debía ayudarla en una situación tan injusta. Pero pronto su dicha se convirtió en desencanto. Le explicaron que ellos no eran competentes para tratar de asuntos que tenían que ver con vínculos tan sagrados como el del matrimonio, así que la remitieron a la justicia eclesiástica. Y Francisca, que a esas alturas se sentía incapaz de seguir compartiendo su vida con semejante cafre, que llevaba ya un buen tiempo intentando sortear sus palizas pasando desapercibida, hablándole lo justo, caminando por la casa sin hacer ruido, como una sonámbula de algodón, cumpliendo con cada una de las tareas del hogar sin un aspaviento, sin una queja o un mal gesto, se presentó ante la jurisdicción eclesiástica con las pruebas que demostraban cómo su marido se excedía en las palizas.

Ante el tribunal se desabrochó el jubón y la camisa y mostró, llena de pudor, su maltrecho cuerpo cuajado de moratones. Tras el estupor inicial, y con semejantes pruebas ante sus ojos, los eclesiásticos no pudieron quedar indiferentes. En una sentencia sin precedentes [la reproducimos] recomendaron a Jerónimo que fuese “bueno, honesto y considerado con la demandante, y no le haga semejantes malos tratamientos como se dice que le hace”.

La sentencia religiosa con la que Francisca Pedraza no se conformó.

 

Pero las recomendaciones eclesiásticas no surtieron el efecto deseado por Francisca ya que, al llegar a casa, Jerónimo le propinó tal paliza por chivata que la dejó medio muerta, tirada en el suelo de la cocina, con el alma poco afianzada al cuerpo, preguntándose si no sería mejor encontrar la libertad en el más allá, ya que era evidente que en el más acá jamás la conseguiría.

Y entonces, como si el mismo Dios hubiera recibido el mensaje, un rayo de iluminación le indicó el camino. Se decidió a solicitar al nuncio del Papa en tierras de España que llevase su pleito a la jurisdicción universitaria; el único lugar en el que ella consideró que alcanzaría la justicia que llevaba más de cinco años buscando. A fin de cuentas, la Universidad estaba constituida por hombres sabios. Y así fue, en la corte de justicia de la Universidad de Alcalá se celebró un sorprendente pleito de divorcio. Francisca de Pedraza, mujer y madre, contra su maltratador y esposo: Jerónimo de Jaras. Al frente del tribunal, por suerte para ella, estaba una de las personalidades más ilustres de la Universidad: Álvaro de Ayala, el primer rector graduado en ambos derechos: el canónico y el privado.

Él, tras estudiar el caso, escuchar a la demandante, a los testigos de la brutal paliza en la que Francisca perdió al hijo que esperaba y observar las marcas que años de vejaciones habían dejado en el cuerpo de la mujer, decidió dictar una sentencia pionera y ejemplar. Francisca de Pedraza obtenía así el divorcio, lo cual le permitía no vivir bajo el mismo techo que Jerónimo de Jaras; su cruel maltratador. Pero eso no fue todo, su marido tenía que devolver la dote que recibió el día de su matrimonio y le prohibía que ni él, ni nadie relacionado con él, pudiera hacerle algún mal ni se acercase nunca más a Francisca. Desde ese mismo instante, ya no tenían nada que ver el uno con el otro. En el año 1624, al fin se le hizo justicia.

Esta historia aparece en el libro Una alcalaína frente al mundo. El divorcio de Francisca de Pedraza, de Ignacio Ruiz Rodríguez y Fernando Bermejo Batanero (Ediciones Bornova).

Artículo escrito por Nerea Riesco y publicado en el diario El Mundo 22 de febrero de 2015.

La vuelta al mundo en 80 hoteles… literarios.

Atravesar una puerta giratoria y cambiar de rumbo. En los hoteles no conocemos a los vecinos y podemos fingir ser lo que no somos a ritmo de hilo musical. Romances que comienzan, que terminan, romances prohibidos o de tropezón en el ascensor. Puertas numeradas que pueden encubrir crímenes o reuniones clandestinas del Club Bilderberg. Todo es posible en los hoteles. Son escenarios fascinantes y no es de extrañar que a muchos escritores se les haya estimulado la imaginación y que incluso los hayan elegido como morada. Se podría trazar un itinerario turístico y dar la vuelta al globo recalando únicamente en hoteles con sabor a letra impresa.

Hemingway asomado a la ventana de su habitación en el Hotel Ritz de París

Hoteles emblemáticos

Es casi seguro que el Ritz de París sería uno de los que encabezarían la lista de los preferidos por los escritores. Llegó a ser la segunda casa de Marcel Proust, que aseguraba que allí nadie le metía prisa. Quizás alguna de las magdalenas del desayuno tuvo algo que ver en… bueno, ya saben. En la actualidad el establecimiento cuenta con un salón y una suite bautizadas con el nombre del autor de “En busca del tiempo perdido”. Lo que sí parece confirmado es que Proust era un entusiasta de las cervezas que se servían en el bar del hotel y que tomaba en compañía de su colega Scott Fitzgerald, que a su vez incluyó ambos (el hotel y el bar del hotel) en su novela “Suave en la noche”. Tan entusiasmado estaba Fitzgerald con el lugar que quiso compartirlo con Ernest Hemingway. Juntos disfrutaron de esa Europa de entre guerras que se les quedaría impregnada para siempre: “Si tienes la suerte de haber vivido en París de joven, París te acompañará vayas donde vayas, el resto de tu vida, ya que París es una fiesta que nos sigue”. Hoy el bar del hotel lleva el nombre del escritor de “El viejo y el mar”.

Otro establecimiento emblemático es el Chelsea Hotel de Nueva York, hervidero de artistas desde que abrió sus puertas en 1884, en principio como cooperativa privada de apartamentos. El primer literato que se hospedó en él fue Mark Twain, tras el cual la lista se fue ampliando. Sin entrar en polémicas, y si consideramos que Bob Dylan merece el nobel de literatura, otro posible galardonado hubiera podido ser Leonard Cohen, que escribió el tema Chelsea Hotel en honor a Janis Joplin cuando se enteró de su muerte: “Te recuerdo claramente en el Chelsea Hotel/ Ya eras famosa, tu corazón era una leyenda/ Volviste a decirme que preferías hombres bien parecidos/ pero que por mí harías una excepción”.

Thomas Wolfe aseguraba que sólo podía escribir encerrado en este hotel. Así lo hizo hasta su muerte, en 1938. Arthur Miller también escribía de vez en cuando en el Chelsea mientras la por entonces su esposa, Marilyn Monroe, dejaba las sábanas impregnadas con el olor de su piel y del Chanel Nº 5.

El autor de divulgación científica y novelas de ciencia ficción Arthur Clarke se instaló en la habitación 1008 con su telescopio, seguramente para darle luz a lo que sería su “2001: Una odisea del espacio”. Y la plana mayor de la generación Beat: William Burroughs, Allen Ginsberg, Gregory Corso, Jack Kerouac… escuchaban jazz en sus habitaciones mientras despotricaban contra el sistema y enaltecían la liberación sexual y el consumo de estupefacientes.

El brasileño Rubem Fonseca, en su libro de crónicas “La novela murió”, cuenta que en septiembre de 1953 recaló en el Chelsea. Una noche, mientras se encontraba en el bar del hotel, tropezó con el poeta y dramaturgo Dylan Thomas, hospedado a su vez en la habitación 206. Al parecer el joven galés bebía sin parar, con la mirada de los que se despiden de la vida. Al día siguiente Fonseca se enteró de que una ambulancia había venido a recoger al poeta. Murió en el hospital St. Vincent. Sus últimas palabras fueron: “He bebido dieciocho wiskis; creo que es todo un record”.

 

Hoteles para vivir

Pero si realmente hubo un lugar en el mundo en el que la Generación Beat se sentía mejor que en casa fue en Tanger. Abandonaron una América encorsetada para instalarse en el Hotel Muniria. Allí se dejaban arrastrar por el ambiente artístico, un auténtico paraíso para los hedonistas que dedicaban sus días a escribir, tumbarse al sol y fumar marihuana. De Tanger dijo Burroughs que era el único lugar del mundo donde el sueño coincide con la realidad. Allí escribió “El almuerzo desnudo”.

A finales de 1912 Raine Maria Rilke realizó un viaje por España bajo el patrocinio de su editor. Visitó Toledo, Córdoba, Sevilla… pero la belleza de estas ciudades no llegó a impresionarle tanto como lo hizo la malagueña Ronda. Se instaló en el Hotel Victoria y allí vivió y escribió durante más de dos meses. El hotel aún conserva inalterable la habitación 208, que se puede visitar.

Habitación de Rilke en el Hotel Victoria de Ronda

Ernest Hemingway no solo estaba enamorado de la eterna fiesta de París. Como todos sabemos también quedó seducido por la magia de La Habana. Vivió en el Hotel Ambos Mundos antes de comprar la que sería su residencia en Cuba. El escritor de “Por quién doblan las campanas” dedicaba sus mañanas a escribir y las tardes a pasear hasta “La Bodeguita del Medio” o el “Floridita”.

Vladimir Nabokov convirtió el suizo Hotel Montreux Palace en su hogar. Él y su familia ocuparon la actual habitación número 65 desde 1961 hasta 1977, cuando el autor de la controvertida “Lolita” falleció.

Monumento en honor a Nabokov en el Montreux Palace

Hoteles para morir

En uno de los barrios más hermosos de París: Saint-Germain-des-Prés, murió Oscar Wilde, un treinta de noviembre de 1900, en la habitación número 16 de un hotel de cuarta categoría llamado D’Alsace. El autor del “Retrato de Dorian Gray”, amante de la belleza y la elegancia, el que en otros tiempos fumó cigarrillos en boquilla de oro y paseó por las calles con un girasol en la mano, dejó este mundo rodeado por un mobiliario de pesadilla: un sofá viejo, una cama demasiado pequeña para su soberbia estatura, una mesa coja y un papel de pared tan horripilante que le dijo a Reginald Turner, el amigo que lo acompañó en sus últimas horas: “Este papel me está matando. Uno de los dos tiene que marcharse”. Dejó sin saldar una cuenta de más de cuatro mil francos. En la actualidad el Hotel D’Alsace ha cambiado su nombre por el de L’Hotel. Atrás quedaron sus miserias. Ahora está convertido en un lujoso establecimiento de cinco estrellas que presume de su ilustre inquilino con una placa en su fachada.

No dejamos aún París, aunque sí cambiamos de barrio para llegar a Montmatre. En el Hotel Nice uno de los mejores amigos del portugués Fernando Pessoa, del que dicen además que fue el inspirador de sus heterónimos, abandonó el mundo vestido con un frac tras beberse cinco frascos de estricnina. Al joven poeta Mário de Sá-Carneiro, afectado por una creciente depresión, le faltaba poco menos de un mes para cumplir los veintiséis años.

En la suite Sunset del Hotel Elysée de Nueva York murió Tennessee Williams un 25 de febrero de 1983, a la edad de 71 años. El forense que redactó el informe de la autopsia indicó que el fallecimiento se debía a haberse asfixiado con el tapón de un envase de gotas oculares que intentó abrir con los dientes. Poco después otro informe modificó el primero, añadiendo que el consumo de medicamentos y alcohol pudo haber deprimido el acto reflejo de vomitar para expulsar el cuerpo extraño.

Donde no hubo muertes, pero de milagro, fue en el hotel A la Ville de Courtrai. Paul Verlaine acababa abandonar a su mujer y a su pequeño hijo (por suerte para ellos, ya que acostumbraba a maltratarlos cuando bebía) para vivir libremente su amor por el jovencísimo poeta Arthur Rimbaud. La prueba de que un maltratador lo es con pareja femenina o masculina es que la relación se deterioró hasta el punto de que Rimbaud, cansado de él, huyó a Bruselas. Allí lo encontró Verlaine un 10 de julio de 1873. Borracho y enrabietado le descerrajó dos balas mientras le gritaba: “¡Ten tu merecido! Así aprenderás a no largarte!” Le acertó en la muñeca, lo cual no dio para matarlo, aunque sí sirvió para que condenaran al autor de “Los poetas malditos” a dos años de prisión, tiempo que aprovechó para escribir y convertirse al catolicismo.

 

 

Hoteles que inspiran

Stephen King y su familia pasaron las vacaciones de 1974 en el Hotel Stanley, en Colorado. El establecimiento no terminaba de ser un buen negocio; solo abría en verano porque no contó con calefacción hasta los años ochenta. Pero había algo que amedrentaba a los posibles huéspedes mucho más que el frío, y es que se decía que el lugar estaba encantado. Como es de imaginar, aquellas vacaciones se convirtieron en una magnifica experiencia para un escritor de terror. Años más tarde, Stephen King aprovechó esas inquietantes sensaciones y transfiguró el Hotel Stanley en el espeluznante Hotel Overlook, escenario de “El resplandor”. En la actualidad, la habitación utilizada por King (la 408) es visitada con asiduidad por estudiosos de los fenómenos extraños ya que se considera el lugar como uno de los más interesantes del planeta, paranormalmente hablando.

Pero cambiemos totalmente de género literario. Nos trasladamos al elegante Hotel Palácio Estoril, erigido en 1930 en un enclave geográfico privilegiado. La neutralidad de Portugal durante la II Guerra Mundial lo convirtieron en nido de espías alemanes e ingleses, servicios de inteligencia, refugiados y familias de sangre azul. Simplemente decir que aquello terminó por conocerse como “la costa de los reyes”. No es de extrañar que despertarse el interés de muchos escritores. Entre ellos Ian Fleming, que se hospedó en el hotel y supo absorber y transmitir el lujoso estilo de vida a su archiconocido personaje James Bond.

Jorge Luis Borges dijo una vez que, en cualquier parte del mundo en la que se encontrase, cuando sentía el olor de los eucaliptus, estaba en Adrogué. Y exactamente hablaba del ya demolido Hotel Las Delicias, donde pasaba las vacaciones infantiles junto a su familia. Madreselvas, estatuas de terracota, espejos… que quedaron impregnados en su memoria y que supo trasladar a sus historias.

El Pera Palas de Estambul es una atracción más de la ciudad turca. Antiguo refugio de intelectuales, aristócratas y artistas, no es necesario estar hospedado en él para poder visitarlo. Se construyó con idea de alojar a los pasajeros del emblemático Orient Express. Decorado con una mezcla de estilos Art Nouveau y oriental fue durante mucho tiempo el único edificio del Imperio que contaba con ascensor y con electricidad. Agatha Christie se hospedó allí, exactamente en la habitación 411, donde se dice que escribió parte de su novela “Asesinato en el Orient Express”, conmocionada por la noticia del secuestro y posterior asesinato del pequeño hijo del aviador Charles Lindbergh, que inundó en 1932 los periódicos de todo el mundo.

Posiblemente el responsable de que los Sanfermines sean tan universalmente célebres sea Hemingway, que los describió al detalle en su obra “Fiesta”. El escritor estadounidense visitó en numerosas ocasiones Pamplona, hospedándose en el Gran Hotel La Perla, donde aún conservan como el primer día la habitación 217 (ahora la 201). Orgullosos como están de su ilustre huésped, en la actualidad organizan rutas turísticas para dar a conocer la ciudad que enamoró al nobel de literatura.

 

Hoteles como escenario

Thomas Mann se alojó en 1911 en el Grand Hotel des Bains, en el Lido de Venecia, un impresionante edificio blanco de estilo paladino y decoración Art Nouveau, de bruñidos suelos de madera y lámparas de araña de cristal de murano. En este mismo lugar se hospeda el protagonista de su novela “Muerte en Venecia”.

El Hotel Cervantes de Montevideo puede proclamar con orgullo el haber acogido entre sus paredes a un buen número de escritores de renombre: Jorge Luis Borges, Adolfo Bioy Casares… pero fue Julio Cortázar quien lo perpetuó para la eternidad al decidir que el protagonista de su relato “La puerta condenada” se hospedara en él. El la actualidad el hotel está restaurado y ha pasado a llamarse “Esplendor”, aunque el cuarto 205 permanece anclado en el pasado.

Los escritores actuales siguen encontrando atractivo situar sus obras en hoteles. Acaba de salir al mercado la novela de Antonio Puente Mayor “El enigma del salón Victoria” que arranca en 1899 al más puro estilo Agatha Christie. Un grupo de intelectuales de la talla de Arthur Conan Doyle, Gustave Eiffel, Sigmund Freud, Henri de Toulouse-Lautrec o Giacomo Puccini, tras una noche de excesos, descubren el cadáver de una joven con la piel recubierta de oro en una de las habitaciones del Hôtel du Palais de Biarritz, antigua residencia de verano de Napoleón III y Eugenia de Montijo. El misterio está servido.

Clásico entre los clásicos, elegido por el rotativo The Times como uno de los treinta mejores del Mediterraneo, el Hotel Formentor de Mallorca inspiró al ex Ministro de Cultura Maxim Huerta para situar al protagonista de su última novela “Firmamento”.

Para que no quede duda alguna de que un hotel tiene una importancia fundamental en la trama de su obra, algunos autores (y autoras) incluyen el nombre del establecimiento en el título. Es el caso de la novela “Hotel Lutecia” de Empar Fernández que elige como escenario de su ficción el emblemático hotel situado en el 45, Boulevard Raspail de París. Y no es de extrañar que le atrajese, ya que ha acogido entre sus paredes a artistas de diversas disciplinas entre los que cabe destacar a Pablo Picasso, James Joyce, Joséphine Baker, Antoine de Saint-Exupéry

Y qué decir de las razones que me llevaron a escribir Los lunes en el Ritz. El hotel madrileño ha sido testigo de la historia de España. Proyectado por el rey Alfonso XIII con la idea de poner Madrid en los mapas de los turistas europeos de alto copete, por sus pasillos alfombrados han caminado políticos, artistas, presidentes, reyes y reinas. Sirvió de hospital de sangre durante la Guerra Civil y en una de sus habitaciones murió el anarquista Durriti. En la actualidad se encuentra en proceso de reforma, pero promete regresar con energías renovadas a finales del 2019. Resultaba demasiado tentador no aprovechar su historia para fabular la mía.

Los lunes en el Ritz
“Los lunes en el Ritz” de Nerea Riesco.

Hoteles, pensiones, posadas, moteles… lugares de reposo para personajes como Emma Bovary, Don Quijote de la Mancha o Phileas Fogg. Seguramente caldo de cultivo infinito para los escritores presentes y futuros. ¿Han salido ochenta? Puede que no. Puede que sean muchos más. Quizás en otro momento.

 

Artículo de Nerea Riesco, escrito para la revista Qué leer.