Érase una vez… texto completo de mi pregón en la Feria del Libro de Teruel.

Érase una vez… ¿Lo recuerdan? Tres simples palabras que encogían nuestra alma cuando éramos niños, augurando emoción, aventuras, sorpresas. Nos dejaban en silencio, con los ojos abiertos como platos, ansiosos, anhelando que la historia que acababa de comenzar nos arrastrase a un mundo idílico donde todo era posible, donde convertirnos en héroes, en dragones, en elfos, hadas o viajeros del tiempo.

Érase una vez… tres palabras mágicas que, al menos en mi caso, aún hoy, me alejan de la realidad. Aún puedo escucharlas cada vez que abro las cubiertas de un libro. Continúan resonando en mis oídos. Érase una vez… érase una vez… Me resisto a evitar que deje de ser así. ¿Por qué contener esa emoción? ¿Acaso leer no es vivir mil vidas dentro de nuestra vida? ¿Acaso no es un libro el medio de transporte más económico, ecológico y seguro que existe? ¿Acaso no resulta tentador empatizar con vampiros, sirenas, marineros, ballenas, topos, reyes o reinas? ¿Ser vulnerable a la par que eterno? Todo eso y mucho más es lo que se consigue al abrir un libro.

Érase una vez un niño gordito llamado Bastián Baltasar Bux que, huyendo de los abusones de la clase, se coló en una librería de saldo y allí se tropezó con un misterioso libro. Las tapas eran de color cobre y brillaban. Lo hojeó. El texto estaba impreso en dos colores. No parecía tener ilustraciones, pero sí unas letras iniciales de capítulo grandes y hermosas. Mirando con más atención la portada, descubrió en ella dos serpientes, una clara y otra oscura, que se mordían mutuamente la cola formando un óvalo. Y en ese óvalo, en letras caprichosamente entrelazadas, estaba el título:

 

La historia interminable

 

¿Lo recuerdan? La pasión de Bastián Baltasar Bux eran los libros.

Quien no haya pasado nunca tardes enteras delante de un libro, con las orejas ardiéndole y el pelo caído por la cara, leyendo y leyendo, olvidado del mundo y sin darse cuenta de que tenía hambre o se estaba quedando helado… Quien nunca haya leído en secreto a la luz de una linterna, bajo la manta, porque papá o mamá o alguna otra persona solícita le ha apagado la luz con el argumento bien intencionado de que tiene que dormir porque mañana hay que levantarse tempranito… Quien nunca haya llorado abierta o disimuladamente lágrimas amargas, porque una historia maravillosa acababa y había que decir adiós a personajes con los que había corrido tantas aventuras, a los que quería y admiraba, por los que había temido y rezado, y sin cuya compañía la vida le parecería vacía y sin sentido… Quien no conozca todo eso por propia experiencia, no podrá comprender probablemente lo que Bastián hizo entonces. Miró fijamente el título del libro y sintió frío y calor a un tiempo. Eso era, exactamente, lo que había soñado tan a menudo y lo que, desde que se había entregado a su pasión, venía deseando: ¡Una historia que no acabase nunca! ¡El libro de todos los libros!

¿Pueden sentirlo aún? Si es así, no dejen de hacerlo. No se dejen convencer por todos esos ridículos que argumentan que los libros son demasiado caros, mientras abonan 50 € en una ronda de cervezas. No me entiendan mal. Valoro ampliamente el poder sanador de una cerveza entre amigos. Pero… ¿En serio los libros son caros? ¿Cómo ponerle precio a los sueños, a la emoción, al desarrollo de la conciencia y la imaginación? Un libro será eterno mientras aguanten sus páginas. Puede leerse y releerse porque nunca será el mismo. Se adaptará al momento vital en el que nos encontremos y cambiará con nosotros; será otro cada vez que regresemos a él. Nos dará la razón, responderá a nuestras preguntas; encontraremos entre sus páginas el reflejo de lo que somos, o de lo que anhelamos ser.

Un libro, además, es el regalo perfecto, el amigo perfecto, el compañero perfecto. Los hay estéticamente hermosos, coleccionables. Con cubiertas de terciopelo y cantos dorados que pasarán de generación a generación, como legado. Los hay pequeños, de tapas blandas, económicos, manejables… de esos que no importa subrayar, doblar las esquinas o abandonar en un parque para que otro los encuentre una vez leídos; los perfectos compañeros de viaje. Los hay cuajados de sentimientos, ¡de los nuestros! Que hacen que nos preguntemos ¿cómo es posible que alguien que no he visto nunca, alguien que vivió hace siglos, alguien que nació en otro continente, alguien con otro color de piel, con otro sexo… me conozca tan bien? ¿Cómo pudo alguien vestir con palabras la agitación que, hasta este momento, no era más que un pálpito dentro de mi alma? Un libro puede servirnos de mensajero del amor, y también se lo podemos prestar a alguien de confianza (aunque ya les informo que los libros son entes rencorosas, que jamás regresan si sienten que les hemos abandonado). Incluso, en el improbable caso de que un libro no les guste, siempre pueden usarlo para calzar una mesa, y dejarlo ahí, en espera de encontrar el momento adecuado para recuperarlo y comprender su mensaje. Como pueden ver, todo en el libro es perfecto. Por eso les invito a llamar a la puerta de este agujero en el suelo en el que vivía un hobbit. No un agujero húmedo, sucio, repugnante, con restos de gusanos y olor a fango, ni tampoco un agujero seco, desnudo y arenoso, sin nada en qué sentarse o qué comer: era un agujero-hobbit, y eso significa comodidad.

Y una vez instalados cómodamente dejen que el libro les arrastre. No se resistan. ¡Vayan en busca de la aventura! Tal y como Bilbo Bolson se dejó convencer por Gandalf y los enanos.

Érase una vez… esa es la magia de los libros. Saquen de las tapas un mundo de la nada, al igual que los prestidigitadores sacan un conejo de su chistera. Un mundo que puede estar lleno de peligros, de melancolía, de crímenes, de viajes… en el que siempre nos mantengamos a salvo. Un mundo de pasiones, deseos y amores prohibidos.

Lolita, luz de mi vida, fuego de mis entrañas. Pecado mío, alma mía. Lo-li-ta: la punta de la lengua emprende un viaje de tres pasos desde el borde del paladar para apoyarse, en el tercero, en el borde de los dientes. Lo. Li. Ta. Era Lo, sencillamente Lo, por la mañana, un metro cuarenta y ocho de estatura con pies descalzos. Era Lola con pantalones. Era Dolly en la escuela. Era Dolores cuando firmaba. Pero en mis brazos era siempre Lolita.

¡No! ¡No! ¡Se lo ruego! No permitan que nadie les prohíba un libro, que les nieguen su lectura o su acceso por juzgarlos desde nuestro presente. Los libros son legado, testigos, embajadores… los ojos con los que podemos ver el pasado y con los que nos verán en el futuro. Dejen que sus hijos lean Caperucita, o la Bella durmiente si lo desean porque, de no permitírselo, les sustraerán información para comprender su presente y buena parte de un imaginario común sin el cual les estarán negando también el acceso a obras tan hermosas como la Zarzarrosa de Robert Coover, que les recomiendo buscar en las casetas de la feria. Ningún mal puede hacerles un libro si son lo suficientemente valientes como para educar a sus hijos para que se conviertan en hombres y mujeres con pensamiento crítico; algo que también aprenderán leyendo. No dejen que les prohíban La cabaña del tío Tom o Las aventuras de Huckleberry Finn, o las de los Cinco, porque en ellas se refleja el racismo de una época, u Otelo porque tiene como tema principal la violencia de género. No dejen que nos aboquemos a una sociedad semejante a la que Bradbury refleja en Fahrehneit 451 (la temperatura a la que arde un libro), donde su quema era obligada para poder manejar los pensamientos de una sociedad alienada, a la que se le niega el poder pensar por ella misma. En la que

Constituía un placer especial ver las cosas consumidas, ver los objetos ennegrecidos y cambiados. Con la punta de bronce del soplete en sus puños, con aquella gigantesca serpiente escupiendo su petróleo venenoso sobre el mundo, la sangre le latía en la cabeza y sus manos eran las de un fantástico director tocando todas las sinfonías del fuego y de las llamas para destruir los guiñapos y ruinas de la Historia.

Érase una vez la libertad mayor: libertad de pensamientos, de elecciones, de sueños… Este es un buen momento. Está delante de nosotros. Casetas cuajadas de libros. Envidio a los que van a vivir hoy su primera Feria del Libro; esos niños y niñas que, acompañados de sus padres, tíos, abuelos… podrán elegir el tesoro de papel que se llevarán a casa, con el que seguramente alcanzarán esta noche sus sueños. Seguro que esos niños y niñas recordarán este día, igual que el coronel Aureliano Buendía recordó aquella tarde remota en la que su padre lo llevo a conocer el hielo.

Y no solo permitan a los niños soñar. Siéntanse libres los adultos de elegir el libro de sus anhelos. Si no vienen con uno en mente, recorran las casetas, visualicen las portadas, déjense seducir por el título, por la sinopsis, ojeen sus páginas, acaricien sus lomos… no me cabe duda de que, antes o después, sentirán el flechazo. Leerán y leerán la historia que otro (el autor), un desconocido que tan bien parece conocernos, inventó. Porque como, como bien dice Gaarder en El mundo de Sofía

…al fin y al cabo, algo tuvo que surgir en algún momento de donde no había nada de nada…

 

Con suerte ese mundo inventado nos arrastrará páginas y páginas hasta llegar a la palabra fin. Después cerraremos el libro y, con suerte, nos sucederá como al lector del que habla Ángel González en su poemario Nada grave:

Al lector se le llenaron de pronto los ojos de lágrimas, y una voz cariñosa le susurró al oído:
—¿Por qué lloras, si todo en este libro es de mentira?
Y él respondió:
—Lo sé, pero lo que yo siento es de verdad.

¡Sientan! ¡Sientan!

Muchas gracias. Disfruten de la Feria del Libro de Teruel 2019.

Fundación Antonio Gala.

Ayer pasé el día en la Fundación Antonio Gala para jóvenes creadores, un lugar inspirador que surge a la sombra del lema de un verso del “Cantar de los cantares”: “Pone me ut signaculum super cor tuum”, “Ponme como un sello sobre tu corazón”. Y algo de eso es lo que sucede cuando tienes la suerte de recorrer este antiguo Convento del Corpus Christi reconvertido en casa para creadores ya que, una vez al año, esta institución convoca unas becas de alojamiento y manutención para jóvenes de entre dieciocho y veinticinco años en lengua castellana. El objetivo fundamental de estas ayudas es formarlos en la idea de que todos deben enriquecerse con la convivencia, y que dentro de la Fundación pueden “vivir para trabajar sin tener que trabajar para vivir”, una idea del escritor Antonio Gala que se ha visto finalmente cumplida con la puesta en marcha del proyecto que lleva su nombre.

Nerea Riesco en la biblioteca de la Fundación Antonio Gala

La escritora María Zaragoza, antigua becaria de la Fundación y actual tutora de los jóvenes escritores, me invitó a que compartiera con ellos mis experiencias dentro del mundo de la literatura. Pero antes del encuentro, me hizo de cicenore de este espacio maravilloso que me apetece mucho mostraros. Y es que el edificio en sí mismo es un lugar impresionante, lleno de historia y de historias, que merece la pena ser visitado: el patio central con su refrescante fuente de piedra, el reflectorio que, como no podría ser de otra forma, hace las veces de comedor, los talleres en los que los jóvenes artistas disponen de espacio para componer, pintar, esculpir, escribir… la antigua capilla, ahora salón de actos…

María Zaragoza y Nerea Riesco en la Fundación Antonio Gala.

Como me decía ayer la escritora María Zaragoza,  este lugar es una especie de Hogwarts donde los artistas ven nacer su magia. Un enclave en el que compartir un mismo sueño, un paso decisivo para cumplir su deseo de dedicarse a la creación.

La Fundación cuenta también con un museo dedicado a la figura de Antonio Gala donde podemos ver, desde sus celebrérrimos bastones, hasta sus primeros versos infantiles, conmovedoras imágenes de su inolvidable perro Troylo, así como el escritorio de Santa Teresa de Jesús (que tiene una historia detrás, como podréis imaginar).

Objetos personales de Antonio Gala.
Una pequeña muestra de la colección de bastones de Antonio Gala.
Escritorio de Santa Teresa de Jesús en la Fundación Antonio Gala.
Imagen de las tumbas de los inolvidables compañeros peludos de Antonio Gala.
Cuadernos manuscritos de Antonio Gala.
Antonio Gala de niño.
Primeros versos de Antonio Gala.
Conmovedora historia de los primeros versos de Antonio Gala.
Las obras de reestructuración del convento sacaron a la luz una antigua calzada romana.
Calzada romana en los bajos de la Fundación Antonio Gala.
Patio interior de la Fundación Antonio Gala.

 

El encuentro con los jóvenes fue enriquecedor. Hablar con ellos, que me explicaran sus proyectos, que me leyeran sus textos… Rodeados de ese ambiente, todo agitado pero no revuelto… Salí de allí cuajada de ideas y feliz de ver que los soñadores, los inventores de mundos, seguimos en marcha. Dios los cría y lugares como estos los juntan. ¡Y qué bien que así sea!

Para quien esté interesado en optar a las becas de la Fundación Antonio Gala os comento que ya está abierto el plazo de admisión de solicitudes para el próximo curso. Dejo por aquí el enlace:

https://www.fundacionantoniogala.org/convocatoria.html

Le doy las gracias a la Fundación Antonio Gala por permitirme conocer este lugar. Y a María Zaragoza por hacerlo posible.

Jack el destripador o Lizzie la destripadora.

En vísperas del otoño en el East End, una de las zonas más infortunadas de la ciudad de Londres, el cielo lloraba como casi siempre, aunque esta vez por una buena razón. El barrio estaba plagado de niños manilargos y mugrientos, de borrachos malolientes y pendencieros que empeñaban sus zapatos a cambio de un mendrugo de pan seco, de prostitutas desdentadas que ofrecían al reclamo de two penny knee trembler una experiencia capaz de hacer temblar las rodillas del cliente por dos peniques. Y es que los contactos carnales con aquellas mujeres se realizaban en un callejón oscuro, apoyados contra la pared. No era de extrañar que la mayoría de los elegantes habitantes del West End evitaran la zona, por si acaso la miseria se contagiaba simplemente con mirarla. Por si todo aquello no fuese suficiente desgracia, ese lugar se vio sacudido por la crueldad de un infame asesino. ¿O quizás fuese una asesina? En el 2006 un análisis de ADN señaló que, en el engomado de una de las cartas que la policía aún conserva del Destripador, aparece la huella genética de una mujer.
Lizzie Williams, uno de los principales sospechosos de ser la Destripadora.

 

Ya en 1888, entre la abrumadora mirada de sospechosos con los que contaba la policía, surgió un nombre femenino. Se trataba de una tal Mary Eleanor Pearcey, también identificada como Mary Eleanor Wheeler, pronto conocida por el sobrenombre de «Jill the Ripper». Depresiva, epiléptica y alcohólica, era poseedora de unas firmes manos que utilizaba para acariciar con delicadeza y pasión a Fran Hogg, un transportista que la obnubiló gracias a la exquisitez de sus tarjetas de visita, una novedad que era por aquel entonces lo último en sofisticación. Sin embargo a Fran no le bastó con el amor desinteresado que Mary le proporcionaba, de modo que dejó embarazada a otra mujer con la que terminó por casarse.

Curiosamente las nupcias se celebraron el 9 de octubre de 1888, el día que Mary Kelly, la última víctima canónica de Jack el Destripador, fue asesinada.

Ni que decir tiene que Mary Eleanor Pearcey no se tomó el asunto de la boda nada bien. Montó en cólera y decidió que la única manera de saldar con dignidad su agravio era quitando de en medio a la mujer y al hijo de su amante. Y así lo hizo. Rebanó el cuello de su competidora con tanta saña que la cabeza de la infortunada quedó apenas sujeta al cuerpo. Después ahogó al bebé y lo abandonó bajo un puente. La policía encontró a Mary horas después cubierta de sangre asegurando, con los ojos perdidos, mientras tocaba repetitivamente las dos mismas notas en un piano, que se había manchado «matando ratones, matando ratones, matando ratones…». Encontraron aquel comportamiento lo bastante sospechoso como para llegar a la conclusión de que esa mujer era la responsable del doble crimen. La condenaron a muerte.

El secreto de Mary, a la tumba

Antes de cumplirse la sentencia, le pidió a su abogado que colocase un anuncio en un periódico de Madrid. El texto rezaba así: «Última voluntad de Mary Eleanor Wheeler. No he traicionado. MEW». Con su muerte se llevó a la tumba el secreto que se escondía tras esas enigmáticas palabras y la razón por la que el anuncio tenía que aparecer en un diario español. Poco tiempo después, el museo de Madame Tussauds confeccionó una figura de cera de Pearcey para colocarla en su Cámara de los Horrores.

Pero en los últimos tiempos se postula otro nombre de mujer tras el cual podría estar enmascarándose desde hace más de un siglo el asesino de Whitechapel. Se trataría de Elizabeth Willians, Lizzie para los amigos, esposa de otro de los grandes sospechosos: el doctor William Gull.

Un abogado británico jubilado, John Morris, es el garante de esta nueva teoría. En sus ratos libres ha escrito un libro con esclarecedor título: Jack the Ripper: The hand of a woman, «Jack el Destripador: La mano de una mujer.»

Según Morris, la motivación de esta señora sería su incapacidad para concebir hijos. Eso la habría convertido en una enferma mental dispuesta a todo para arrebatarle a otras mujeres lo que la naturaleza le había negado. No debemos olvidar que, una de las señas de identidad del Destripador era hacer gala de su apodo extirpando determinadas vísceras del cuerpo de sus víctimas, entre ellas el útero. Lo hacía con tal destreza, rapidez y maestría (teniendo en cuenta que cometía los asesinatos en mitad de la noche, en callejones apenas iluminados) que se llegó a elucubrar con que se tratase de un médico, un veterinario o, en su defecto, un carnicero loco. Esta nueva teoría concluye que Lizzie podría haber dispuesto de la información necesaria para saber dónde estaba situado cada órgano corporal y de qué manera extraerlo gracias a los manuales que seguramente tenía por casa. O quizás presenciaba las operaciones quirúrgicas de su marido.

Otra de las razones que sustenta la teoría de Morris es que ninguna de las cinco prostitutas consideradas como las víctimas canónicas de Jack el Destripador fueron agredidas sexualmente. Es más, según parece en los escenarios de los crímenes aparecieron ciertas señales que hacían pensar en que una mano femenina había manejado los hilos. En el asesinato de Annie Chapman, por ejemplo, los objetos personales de la difunta aparecieron colocados delicadamente, y en perfecto orden, bajo sus pies. Y junto al cuerpo de Catherine Eddowes se encontraron tres botones ensangrentados pertenecientes a un botín femenino. Pero lo más sorprendente es que en la vivienda de Mary Kelly, en la chimenea, fueron hallados restos de elegante ropa de mujer que no pertenecían a la desafortunada meretriz, entre ellos de una capa, una falda y de un sombrero.

La pista de Lizzie Willians

Y es precisamente esta última víctima la que pudo desatar la furia de la asesina, según Morris. Al parecer el marido de Lizzie, el doctor William Gull, que oficialmente se dedicaba a la tarea de auscultarle los dolores a la reina Victoria, compaginaba tan honorable labor con el lucrativo negocio de los abortos clandestinos en el miserable barrio de Whitechapel. Allí había conocido a Mary Kelly, una deliciosa flor surgida como por antojo entre ese desbarajuste de cardos que eran las prostitutas del East End. El doctor, aparentemente sorprendido por su belleza y juventud, había decidido disfrutar de sus encantos antes de que el tiempo, la pobreza, el alcohol y las pulgas terminaran por marchitarla, convirtiéndola en un cardo más. ¿Acaso no es ese un buen motivo para que Lizzie terminara por odiar a aquellas mujeres? Abortaban los hijos que ella no podía tener y se apoderaban de maridos que no les pertenecían. Quizás ese fue el caldo de cultivo en el que comenzó a planificar su venganza.

Sin embargo son muchos los que se muestran contrarios a aceptar la teoría de que Elizabeth Willians esconde tras de sí la verdadera identidad del Destripador. Algunos sostienen que las mujeres no suelen utilizar la violencia para realizar sus crímenes. Desde los tiempos de Freud los cuchillos son considerados símbolos fálicos. Las asesinas en serie suelen matar a personas que conocen, que viven con ellas, que confían en ellas, y el 80% se sirven del subterfugio de los venenos para llevar a término su plan. Pese a todo no hay que olvidarse de asesinas seriales tan espectacularmente violentas como la aristócrata húngara Erzsébet Báthory, conocida como la «condesa sangrienta», acusada de torturar y matar a más de 600 jóvenes con la intención de bañarse en su sangre. O a Aileen Carol Wuornos, cuya vida y milagros fueron encarnados magníficamente en el cine por la sudafricana Charlize Teron.

Precisamente es la psicología la que más pone en entredicho la posibilidad de que Lizzie fuese realmente la asesina del East End. En el año 1981 expertos en perfiles del FBI se lanzaron a elaborar el de Jack el Destripador llegando a la conclusión de que se trataba de un varón de raza blanca, de entre 28 y 36 años que vivía o trabajaba en Whitechapel. Seguramente era un parroquiano asiduo de las tabernas que frecuentaban las prostitutas asesinadas, con un empleo modesto u ocasional, con un carácter tan solitario que incluso podría rozar la enfermedad mental, lo cual le empujaría a pensar que sus asesinatos estaban plenamente justificados. Los expertos del FBI barajaron la posibilidad de que fuera interrogado en su momento y descartado como sospechoso por su apariencia inofensiva.

Entre los detractores de esta teoría están los que consideran que el asesino de Whitechapel debía contar con una determinada fuerza, incompatible con la envergadura de Elizabeth Willians. O con la de cualquier otra mujer. El modus operandi de Jack el Destripador consistía en sofocar a sus víctimas antes de degollarlas. Pese a todo, en un simulacro llevado a cabo por el psicólogo criminalista Brent Turvey y el fisiólogo de la South Bank University David Cook, se demostró que sólo haría falta presionar la garganta con una fuerza de cinco kilos en cada mano sobre la arteria carótida para dejar inconsciente a alguien. Una vez la víctima en el suelo, degollarla sería totalmente viable para una mujer.

¿Más de cinco asesinadas?

Lo único que parece cierto es que, como diría Sócrates, sólo sabemos que no sabemos nada. O casi nada. Y quizás por eso, pase el tiempo que pase, Jack el Destripador seguirá despertando el interés de la gente. De hecho hay quien asegura que fueron más de cinco las mujeres asesinadas. En su momento la policía llegó a barajar que podría tratarse de 11, habiéndose alargado las muertes hasta el 1891. No faltan sospechosos, incluso se elucubra con la posibilidad de que se tratase de un grupo de personas: masones, adoradores de Satán… y de ahí las diferentes descripciones de los testigos presenciales, que nunca fueron capaces de concretar si se trataba en realidad de un hombre gordo, flaco, bajo, alto, rubio, pelirrojo, elegante o vulgar.

Sería un error no seguir alimentando la leyenda del asesino en serie más célebre del planeta, sobre todo tenido en cuenta el lucrativo negocio creado en torno a su figura. En Whitechapel se hacen visitas guiadas por las zonas señaladas en los informes policiales. En ellas se incluyen los callejones donde fueron encontrados los cuerpos mutilados, o los pub The Ten Bells y el Britannia, donde al parecer Annie Chapman y Mary Kelly tomaron sus últimas ginebras antes de abandonar este mundo. Lo llaman «el circuito del Destripador». Hay dos revistas inglesas, Ripperologist y Ripperana, dedicadas a la publicación de nuevas teorías y pruebas, ya que nunca falta quién encuentre un nuevo hilo del que tirar.

Seguramente jamás llegaremos a saber quién fue en realidad el asesino de Whitechapel, pero mientras esperamos conocer la próxima teoría, lo que podemos hacer es sopesar esta. ¿Será Jack el Destripador en realidad Lizzie la Destripadora?

 

 

 

Artículo de Nerea Riesco publicado el 31 de agosto de 2014 en El Mundo.

¿A qué edad desaparecen las mujeres?

Cuando me preguntan qué opino del lenguaje inclusivo mi sensación es agridulce. Es cierto que vamos evolucionando. Ayer recordaba en mis redes sociales la canción de Loquillo «Se que la mataré». Coreábamos el «solo quiero matarla, a punta de navaja besándola una vez más», y lo haciámos emocionados. Chicos y chicas crecimos relacionando la pasión con la violencia, la demostración de amor con los celos, el descontrol emocional como declaración amor. Treinta años después, que una canción lleve una letra así es impensable. Y lo mismo sucede con «me quiero casar con una señorita que sepa coser, que sepa bordar…» o con «una niña fue a jugar, pero no pudo jugar porque tenía que planchar». Sin embargo, sigue habiendo mensajes sexistas en las canciones actuales.

 

 

Pero el machismo no vive únicamente en el uso que le damos al lenguaje, sino en la percepción de nuestros roles de género. En lo que creemos que somos y en lo que estamos dispuestos a aceptar. Y lo he visto muy claro esta semana. Hace un par de años adquirí un secador del pelo y comentí el error de contestar a una encuesta sobre mis opiniones sobre él. En ella me preguntaron mi sexo, edad y mi correo electrónico. Desde ese momento no han dejado de bombardearme desde una plataforma de productos de belleza y hogar, con cupones de descuento y ofertas en detergentes, compresas, sopas… que nunca he utilizado. La semana pasada me enviaron una encuesta que llevaba por título «Queremos conocerte mejor». Diez preguntas en las que se interesaban por el tipo de detergente que uso (en polvo, líquido o cápsulas), si tenía hijos en edad de llevar pañales o la técnica de afeitado que utilizaba mi marido. Pese a tratarse de una página en la que la belleza está muy presente, ninguna de las preguntas iba dirigida a mí como ente individual, sino como parte de un todo. Como cuidadora de una familia. No me preguntaban por mi tipo de piel, tampoco si prefería compresas o tampones, ni si me preocupaba el frizz en el cabello. Simplemente yo no existía. Mi existencia se justificaba por la existencia de las personas a las que (al parecer) yo debería cuidar. ¿Creéis que a un hombre de mi edad le hubieran preguntado por el método de depilación que utiliza su mujer para ofrecerle un producto? ¿O si le preguntarían esto mismo a una chica de 20 años?

Da igual que inculquemos la importancia del uso del masculino y el femenino en los discursos o en los libros de texto. De poco sirve hablar de chicos y chicas si una de las acepciones de «zorro» es la de hombre astuto, mientras que la de «zorra» es sinónimo de prostituta. Que ser «la polla» sea algo estupendo, mientras que «un coñazo» suponga algo aburrido.

El sexismo habita más allá del lenguaje. Está en nuestro concepto de lo masculino y lo femenino y el papel que desempeña en la sociedad.

¿A qué edad desparecemos las mujeres?

La maltratada de 1624 que sí ganó el pleito.

  • La historia de la primera mujer que denunció violencia de género.

  • Logró divorcio, orden de alejamiento y que su marido le devolviera la dote.

 

El día que Jerónimo de Jaras arrancó, a golpe de patadas en el vientre, en plena calle, la criatura que Francisca de Pedraza llevaba en las entrañas, ella, de forma unilateral y sin consultarlo con nadie, decidió que había llegado el momento de considerarse liberada de las promesas que le hizo frente al altar cuando se casaron.

 

 

De poco sirvieron los consejos del párroco de la cervantina Alcalá de Henares (Madrid) en los que le indicaba que a este mundo se venía a sufrir y que semejante decisión la abocaría al fuego eterno. Eso no le asustaba; en el infierno ya vivía desde que dejó el convento donde fue educada por las monjas complutenses para pasar a estar tutelada por el que sería su marido. Estaba convencida de que las calderas de Pedro Botero no podían ser tan crueles como aquel hombre que hacía gracietas en la taberna entre vaso y vaso, ese dicharachero que se transformaba en un monstruo al llegar a casa borracho, mientras le escupía en la cara lo mala madre y esposa que era, tirándole al suelo el plato de lentejas, asegurándole que ni para cocinar, ni para un revolcón servía.

No parecía sencillo de alcanzar el deseo de Francisca de liberarse de su marido. A fin de cuentas era huérfana de padre y madre y le costaba trabajo creer que las monjas estuvieran dispuestas a aceptarla de nuevo teniendo en cuenta la grave ofensa al sagrado vínculo del matrimonio que pensaba cometer. «En la salud y en la enfermedad, en la riqueza y la pobreza, hasta que la muerte os separe…», había jurado.

La muerte, una tentadora idea que más de una vez se le pasó por la cabeza. Demasiado fácil quizá. ¿Qué sería de sus hijos si hacía eso? Los dejaría en manos de aquel maltratador que jamás se había sentido tentado a otorgarles una caricia. Era como si Jerónimo de Jaras viese en aquellas criaturas una prolongación de ella misma, y ya empezaba a atisbarse la animadversión que le provocaban sus gritos infantiles, sus carreras y sus llantos nocturnos. No podía dejarles solos con él.

Un día Francisca vio con claridad la solución: acudiría a la justicia ordinaria. La justicia, como su propio nombre indicaba, debía ayudarla en una situación tan injusta. Pero pronto su dicha se convirtió en desencanto. Le explicaron que ellos no eran competentes para tratar de asuntos que tenían que ver con vínculos tan sagrados como el del matrimonio, así que la remitieron a la justicia eclesiástica. Y Francisca, que a esas alturas se sentía incapaz de seguir compartiendo su vida con semejante cafre, que llevaba ya un buen tiempo intentando sortear sus palizas pasando desapercibida, hablándole lo justo, caminando por la casa sin hacer ruido, como una sonámbula de algodón, cumpliendo con cada una de las tareas del hogar sin un aspaviento, sin una queja o un mal gesto, se presentó ante la jurisdicción eclesiástica con las pruebas que demostraban cómo su marido se excedía en las palizas.

Ante el tribunal se desabrochó el jubón y la camisa y mostró, llena de pudor, su maltrecho cuerpo cuajado de moratones. Tras el estupor inicial, y con semejantes pruebas ante sus ojos, los eclesiásticos no pudieron quedar indiferentes. En una sentencia sin precedentes [la reproducimos] recomendaron a Jerónimo que fuese «bueno, honesto y considerado con la demandante, y no le haga semejantes malos tratamientos como se dice que le hace».

La sentencia religiosa con la que Francisca Pedraza no se conformó.

 

Pero las recomendaciones eclesiásticas no surtieron el efecto deseado por Francisca ya que, al llegar a casa, Jerónimo le propinó tal paliza por chivata que la dejó medio muerta, tirada en el suelo de la cocina, con el alma poco afianzada al cuerpo, preguntándose si no sería mejor encontrar la libertad en el más allá, ya que era evidente que en el más acá jamás la conseguiría.

Y entonces, como si el mismo Dios hubiera recibido el mensaje, un rayo de iluminación le indicó el camino. Se decidió a solicitar al nuncio del Papa en tierras de España que llevase su pleito a la jurisdicción universitaria; el único lugar en el que ella consideró que alcanzaría la justicia que llevaba más de cinco años buscando. A fin de cuentas, la Universidad estaba constituida por hombres sabios. Y así fue, en la corte de justicia de la Universidad de Alcalá se celebró un sorprendente pleito de divorcio. Francisca de Pedraza, mujer y madre, contra su maltratador y esposo: Jerónimo de Jaras. Al frente del tribunal, por suerte para ella, estaba una de las personalidades más ilustres de la Universidad: Álvaro de Ayala, el primer rector graduado en ambos derechos: el canónico y el privado.

Él, tras estudiar el caso, escuchar a la demandante, a los testigos de la brutal paliza en la que Francisca perdió al hijo que esperaba y observar las marcas que años de vejaciones habían dejado en el cuerpo de la mujer, decidió dictar una sentencia pionera y ejemplar. Francisca de Pedraza obtenía así el divorcio, lo cual le permitía no vivir bajo el mismo techo que Jerónimo de Jaras; su cruel maltratador. Pero eso no fue todo, su marido tenía que devolver la dote que recibió el día de su matrimonio y le prohibía que ni él, ni nadie relacionado con él, pudiera hacerle algún mal ni se acercase nunca más a Francisca. Desde ese mismo instante, ya no tenían nada que ver el uno con el otro. En el año 1624, al fin se le hizo justicia.

Esta historia aparece en el libro Una alcalaína frente al mundo. El divorcio de Francisca de Pedraza, de Ignacio Ruiz Rodríguez y Fernando Bermejo Batanero (Ediciones Bornova).

Artículo escrito por Nerea Riesco y publicado en el diario El Mundo 22 de febrero de 2015.