Edimburgo IV: El Castillo.

En uno de los extremos de la Royal Mile está el majestuoso Castillo de Edimburgo; una antigua fortaleza que puede verse desde prácticamente cualquier punto de la ciudad, ya que se alza en lo alto de la colina de Castle Hill.

La visita a este emblemático lugar exige varias horas, de modo que no está de más planificarla con antelación.

 

 

Una de las citas ineludibles, que se lleva celebrando desde 1861, es el cañonazo de las 13 h (los domingos no lo hacen). El origen de la tradición nace del interés en indicar, a la gente de la ciudad y a los marineros, la hora exacta (en tiempos en los que pocos tenían relojes).

Es fácil saber cuál es el cañón desde que se dispara, ya que la gente comienza a reunirse en torno a él unos veinte minutos antes; así que hay que estar atentos si se quiere disfrutar del espectáculo en el que, el General de Artillería, realiza el ritual con cierta bambolla.

 

 

Dentro del Castillo podrás visitar, además: La Capilla de Santa Margarita, en edificio que acoge las joyas de la Corona, el Memorial Nacional de la Guerra de Escocia (en su interior no se pueden tomar fotografías) y las prisiones de guerra.

 

 

Otra de las sorpresas que esconde el Castillo tiene mucho que ver con el amor que los escoceses sienten por los animales en general y por los perros en particular. Dentro de las murallas nos encontramos un pequeño y bien cuidado cementerio en el que descansan los cuerpos de los perros que acompañaban a los militares durante los conflictos bélicos.

 

 

 

En definitiva, la visita al Castillo es ineludible si estás en Edimburgo. Las leyendas e historias que acogen sus muros ayudan a entender mejor el talante de la ciudad. Eso sí, os recomiendo que saquéis las entradas de antemano, ya que se forman largas colas. También es interesante sumarse a una de las visitas guiadas, o alquilar las audio guías, si no queréis perderos ni un detalle.

 

Si deseas saber más sobre Edimburgo puedes visitar las otras entradas en este mismo blog:

Edimburgo I: La ruta de Harry Potter.

Edimburgo II: Ciudad de escritores.

Edimburgo III: Palacio de Holyroodhouse.

Edimburgo IV: El Castillo.

Edimburgo III: Palacio de Holyroodhouse.

La arteria principal de Edimburgo, llamada Royal Mile, conecta dos de sus joyas arquitectónicas. Hoy os hablaré de una de ellas, el Palacio de Holyroodhouse; un edificio que ha ido adquiriendo su actual configuración a través de los siglos. Actualmente es la residencia oficial de la reina de Inglaterra en Escocia.

 

 

La visita comienza en el patio, en cuyo centro se encuentra una fuente inspirada en la que hay en el palacio de Lintithgow, un antiguo burgo real situado a 30 kilómetros de Edimburgo.

Os recomiendo que visitéis en primer lugar los jardines. Cada media hora, un guía os desvelará los misterios de sus flores, árboles y recovecos. La lluvia habitual convierte el lugar en un vergel verde, frondoso, exuberante… donde es fácil perderse.

 

 

De hecho eso es lo que la reina debió pensar (perder cosas, olvidarlas) cuando una persona bienintencionada le regaló esta estatua de un violinista. Ella la encontró tan aberrante que la confinó en un lugar recóndito, entre la maleza. Y allí lo encontramos.

 

 

Desde los jardines se obtiene una preciosa vista de la abadía agustina de Holyrood, edificada en el siglo XII siguiendo los dictados de una leyenda. Al parecer el rey David I de Escocia se encontraba cazando por la zona cuando un enorme ciervo se dispuso a atacarlo. Estando los dos frente a frente, apareció entre los cuernos del animal una cruz resplandeciente, lo cual en rey interpretó como como una señal de que debía fundar allí una abadía que llamó Holyrood Abbey (la abadía de la cruz sagrada).

 

 

La magia bucólica de la abadía contrasta con el esplendor del palacio adyacente. Hasta ahora no había profundizado en la biografía de una de sus habitantes más célebre: María Estuardo.

 

 

Entre las paredes de este palacio, la reina vivió uno de los episodios más tumultuoso de su existencia. María, casada en segundas nupcias con un medio primo, mantenía una relación muy especial con su secretario: David Rizzio. El marido, celoso, sospechando que mantenían una aventura, incluso convencido de que el hijo que esperaba su esposa era del italiano, accedió (junto con un grupo de nobles afines) a los aposentos privados en los que la reina cenaba con Rizzio. Allí le asestaron más de cincuenta puñaladas. Murió ante los ojos de la reina embarazada, junto a una de las ventanas (que en la actualidad se encuentra señalada con un cartel. Incluso se dice que todavía pueden observarse las manchas de sangre del infortunado secretario).

En definitiva, visitando el Palacio de Holyroodhouse podéis recorrer la historia de Escocia repasando episodios dignos de cualquiera de las series televisivas que nos seducen en la actualidad.

Si deseas saber más sobre Edimburgo puedes visitar las otras entradas en este mismo blog:

Edimburgo I: La ruta de Harry Potter.

Edimburgo II: Ciudad de escritores.

Edimburgo IV: El Castillo.

Edimburgo II: Ciudad de escritores.

Que una ciudad tenga un Writers’ Museum (como podréis imaginar), me conquista… absolutamente. Este coqueto edificio está consagrado a tres de los escritores más celebrados de Escocia: Sir Walter Scott, Robert Burns y Robert Louis Stevenson. Aquí, el viajero interesado en la vida de estos maestros de la pluma podrá ver, por ejemplo, la imprenta y la mesa del comedor de sir Walter Scott, el escritorio de Robert Burns, o la caña de pescar y la pipa de Robert Louis Stevenson.

 

 

Es cierto que no paro de decir que la ciudad (toda la ciudad), su arquitectura y la pátina de sus piedras, le dan un caracter escepcional, pero insisto en ello en este caso en particular. El edificio en el que se encuentra el Writers’ Museum se erigió en 1622 y fue propiedad de la  condesa viuda de Stair, que lo donó a la ciudad de Edimburgo en 1907.

 

 

Se llega hasta el museo atravesando uno de los callejones de la Royal Mile (que también se conocen como «closes» o «Wynds»). Casi por arte de magia, se deja atrás el bullicio de esa zona para alcanzar la intimidad de Makars´ Court, un patio en el que se pueden ver algunas losas en memoria de los escritores escoceses más relevantes desde el siglo XIV.

 

 

Dentro está prohibido hacer fotografias de las colecciones (que están divididas en distintos niveles conectados por escaleras de caracol) y por eso mismo no os muestro muchas imágenes del interior.

 

 

Como en la mayoría de los museos de Edimburgo, la entrada es gratuita (aunque hay una hucha en la entrada donde depositar lo que se considere conveniente y que, según indican, se utilizará para el mantenimiento del museo).

 

 

Se trata de un museo de pequeñas dimensiones en el que se puede seguir la historia de los tres autores a los que está dedicado siguiendo sus huellas en retratos, manuscritos y diversos objetos personales. En la sala principal suelen organizar exposiciones temporales.

 

 

Desde el propio museo nos proponen involucrarnos en «The Edinburg book lovers’ tour», las celebradas rutas literarias por la ciudad.

 

 

Pero no solo se homenajea a los escritores escoceses en este museo. En los Princes Street Gardens se alza el Monumento a sir Walter Scott. Impresionante, se mire por donde se mire, la blanca figura del escritor (tallada en mármol de Carrara), contrasta con la piedra que lo acoge. Scott está representado con una pluma en la mano y, junto a él, descansa su perro Maida. En Edimburgo son grandes amantes de los perros (cosa que me enamora). Ya os contaré más historias al respecto.

 

 

A lado del monumento a sir Walter Scott, se encuentra la estatua de Livingtone, aunque a muchos les pase desapercibida por la grandiosidad de su vecina.

 

 

Por cierto, justo delante de las figuras de estos dos ilustres caballeros, se encuentran los almacenes Jenners; una especie de Corte Inglés a la escocesa.

 

¿Qué decir de las librerías y bibliotecas que vas dejando por el camino?  Os dejo una pequeña muestra en forma de imágenes.

Si os apetece conocer más historias de libros y escritores escoceses, os remito a mi entrada sobre la Ruta de Harry Potter en Edimburgo.

Y qué mejor manera de despedir esta entrada que con el lema que luce la «Central Library»: ¡Hágase la luz!

Si deseas saber más sobre Edimburgo puedes visitar las otras entradas en este mismo blog:

Edimburgo I: La ruta de Harry Potter.

Edimburgo III: Palacio de Holyroodhouse.

Edimburgo IV: El Castillo.

Edimburgo I: La ruta de Harry Potter.

Edimburgo es una de esas ciudades que estaba deseando conocer. Sus paisajes me cautivaban, su historia me cautivaba y, así mismo, también me cautivaban las leyendas que han surgido bajo la inspiración de sus calles, plazas y cementerios. Sin duda, una de las más famosas es la del niño mago que ha seducido a niños y no tan niños. Visitar Edimburgo es comprender dónde prendió la imaginación de su autora: J. K. Rowling. Así que, como no podía ser de otra forma, cual detective literaria, me dispuse a seguir los pasos de la escritora por la ciudad.

  1. The elephant house.

¿Y por qué no empezar por el principio? J. K. Rowling dio vida a su personaje más emblemático en este café. Algunos (los más románticos) cuentan que, sin trabajo y al cuidado de su pequeña hija, la aún aspirante a escritora de éxito vivía de las ayudas sociales en un apartamento sin calefacción y que esa era la razón por la que caminaba todas las tardes hasta este local, se pedía un té y allí pasaba las horas escribiendo. Más tarde, J. K. Rowling ha asegurado que eso no era cierto, que no era tan tonta como para alquilar un apartamento sin calefacción en el invierno de Edimburgo; tenía calefacción, pero su hija se dormía con más facilidad si paseaba con ella en su cochecito hasta llegar a “The elephan house”.

 

Como podéis ver, ahora se ha convertido en un lugar de referencia; los guías turísticos llevan allí a sus clientes, que no paran de hacerle fotos, y los aspirantes a escritores se apiñan en su interior esperando que el té que se sirve en el local sea el responsable de tanta magia creativa. Si os acercáis hasta allí, visitad los lavabos. Están cuajados de comentarios y agradecimientos a la autora por esta historia.

Dirección: 21 George IV Bridge, Edinburgh EH1 1EN, Reino Unido

 

  1. Victoria Street.

El Old Twon de Edimburgo podría servir de escenario para rodar cualquiera de las películas de Harry Potter, pero dicen que es Victoria Street la calle que J. K. Rowling describe al hablar del Callejón Diagon, el lugar en el que los jóvenes aspirantes a magos adquieren su material de trabajo antes de que comience el curso.

Como curiosidad decir que con su nombre el inglés (Diagon Alley) se hace un juego de equívocos con la palabra (diagonally= diagonal), que hace que Harry Potter se equivoque en su pronunciación con terroríficas consecuencias, seguro que lo recordáis.

A lo largo de todo el Old Twon es fácil encontrarse con un montón de tiendas de recuerdos del niño mago y sus compañeros de aventuras.

  1. Cementerio de Greyfriars.

En Edimburgo los cementerios no se intuyen como algo macabro o tenebroso. De hecho hay casas habitadas justo al lado cuyas ventanas dan al camposanto y es habitual encontrar a los ciudadanos paseando por sus calles con los perros y los carritos de los niños. Precisamente así es como J. K. Rowling encontró la inspiración para bautizar a algunos de los personajes más emblemáticos de la saga: los tomó prestados de las tumbas. Una de ellas es la del poeta William McGonagall (¿os suena de algo el apellido?).

Caminando en diagonal desde la entrada principal, en una lápida de piedra de la pared, está la tumba de un tal Thomas Riddell, que ya sabéis que es el nombre de nacimiento del terrible, terrible, terrible Lord Voldemort.

 

Como curiosidad os diré que, muchas de las tumbas están protegidas con rejas para evitar los robos de cuerpos que se producían en el pasado, con la intención de servir de muestra en las escuelas de anatomía. Al parecer, los cuerpos de niños y mujeres eran los más demandados por considerarse (anatómicamente) más interesantes.

 

  1. Colegio George Heriot.

En las inmediaciones del cementerio, junto a la tumba del poeta William McGonagall,  se encuentra un colegio que recuerda a Hogwarts. Muchas cosas tienen en común ambos centros de enseñanza; quizás la más curiosa sea que, al igual que la institución para niños magos, el colegio George Heriot se divide en cuatro casas, a las que pertenecen los alumnos que deben sumar puntos con sus actividades.

  •  Lauriston es la casa verde y debe su nombre a la calle donde se encuentra el colegio.
  • Geyfriars es la casa blanca, y su nombre es en honor a la capilla y el cementerio de Greyfriars.
  • Raeburn es la casa roja, y es un homenaje al pintor edimburgués Henry Raeburn, que siendo niño (y huérfano) estudió en el colegio.
  • Castle es la casa azul y se refiere al Castillo de Edimburgo, visible en primer plano desde la escuela.

¿Aún esperáis que os llegue por correo postal la carta de admisión de Hogwarts? Reconozco que yo sí.

Mañana os cuento más cosas del maravilloso Edimburgo.

Si deseas saber más sobre Edimburgo puedes visitar las otras entradas en este mismo blog:

Edimburgo II: Ciudad de escritores.

Edimburgo III: Palacio de Holyroodhouse.

Edimburgo IV: El Castillo.

Érase una vez… texto completo de mi pregón en la Feria del Libro de Teruel.

Érase una vez… ¿Lo recuerdan? Tres simples palabras que encogían nuestra alma cuando éramos niños, augurando emoción, aventuras, sorpresas. Nos dejaban en silencio, con los ojos abiertos como platos, ansiosos, anhelando que la historia que acababa de comenzar nos arrastrase a un mundo idílico donde todo era posible, donde convertirnos en héroes, en dragones, en elfos, hadas o viajeros del tiempo.

Érase una vez… tres palabras mágicas que, al menos en mi caso, aún hoy, me alejan de la realidad. Aún puedo escucharlas cada vez que abro las cubiertas de un libro. Continúan resonando en mis oídos. Érase una vez… érase una vez… Me resisto a evitar que deje de ser así. ¿Por qué contener esa emoción? ¿Acaso leer no es vivir mil vidas dentro de nuestra vida? ¿Acaso no es un libro el medio de transporte más económico, ecológico y seguro que existe? ¿Acaso no resulta tentador empatizar con vampiros, sirenas, marineros, ballenas, topos, reyes o reinas? ¿Ser vulnerable a la par que eterno? Todo eso y mucho más es lo que se consigue al abrir un libro.

Érase una vez un niño gordito llamado Bastián Baltasar Bux que, huyendo de los abusones de la clase, se coló en una librería de saldo y allí se tropezó con un misterioso libro. Las tapas eran de color cobre y brillaban. Lo hojeó. El texto estaba impreso en dos colores. No parecía tener ilustraciones, pero sí unas letras iniciales de capítulo grandes y hermosas. Mirando con más atención la portada, descubrió en ella dos serpientes, una clara y otra oscura, que se mordían mutuamente la cola formando un óvalo. Y en ese óvalo, en letras caprichosamente entrelazadas, estaba el título:

 

La historia interminable

 

¿Lo recuerdan? La pasión de Bastián Baltasar Bux eran los libros.

Quien no haya pasado nunca tardes enteras delante de un libro, con las orejas ardiéndole y el pelo caído por la cara, leyendo y leyendo, olvidado del mundo y sin darse cuenta de que tenía hambre o se estaba quedando helado… Quien nunca haya leído en secreto a la luz de una linterna, bajo la manta, porque papá o mamá o alguna otra persona solícita le ha apagado la luz con el argumento bien intencionado de que tiene que dormir porque mañana hay que levantarse tempranito… Quien nunca haya llorado abierta o disimuladamente lágrimas amargas, porque una historia maravillosa acababa y había que decir adiós a personajes con los que había corrido tantas aventuras, a los que quería y admiraba, por los que había temido y rezado, y sin cuya compañía la vida le parecería vacía y sin sentido… Quien no conozca todo eso por propia experiencia, no podrá comprender probablemente lo que Bastián hizo entonces. Miró fijamente el título del libro y sintió frío y calor a un tiempo. Eso era, exactamente, lo que había soñado tan a menudo y lo que, desde que se había entregado a su pasión, venía deseando: ¡Una historia que no acabase nunca! ¡El libro de todos los libros!

¿Pueden sentirlo aún? Si es así, no dejen de hacerlo. No se dejen convencer por todos esos ridículos que argumentan que los libros son demasiado caros, mientras abonan 50 € en una ronda de cervezas. No me entiendan mal. Valoro ampliamente el poder sanador de una cerveza entre amigos. Pero… ¿En serio los libros son caros? ¿Cómo ponerle precio a los sueños, a la emoción, al desarrollo de la conciencia y la imaginación? Un libro será eterno mientras aguanten sus páginas. Puede leerse y releerse porque nunca será el mismo. Se adaptará al momento vital en el que nos encontremos y cambiará con nosotros; será otro cada vez que regresemos a él. Nos dará la razón, responderá a nuestras preguntas; encontraremos entre sus páginas el reflejo de lo que somos, o de lo que anhelamos ser.

Un libro, además, es el regalo perfecto, el amigo perfecto, el compañero perfecto. Los hay estéticamente hermosos, coleccionables. Con cubiertas de terciopelo y cantos dorados que pasarán de generación a generación, como legado. Los hay pequeños, de tapas blandas, económicos, manejables… de esos que no importa subrayar, doblar las esquinas o abandonar en un parque para que otro los encuentre una vez leídos; los perfectos compañeros de viaje. Los hay cuajados de sentimientos, ¡de los nuestros! Que hacen que nos preguntemos ¿cómo es posible que alguien que no he visto nunca, alguien que vivió hace siglos, alguien que nació en otro continente, alguien con otro color de piel, con otro sexo… me conozca tan bien? ¿Cómo pudo alguien vestir con palabras la agitación que, hasta este momento, no era más que un pálpito dentro de mi alma? Un libro puede servirnos de mensajero del amor, y también se lo podemos prestar a alguien de confianza (aunque ya les informo que los libros son entes rencorosas, que jamás regresan si sienten que les hemos abandonado). Incluso, en el improbable caso de que un libro no les guste, siempre pueden usarlo para calzar una mesa, y dejarlo ahí, en espera de encontrar el momento adecuado para recuperarlo y comprender su mensaje. Como pueden ver, todo en el libro es perfecto. Por eso les invito a llamar a la puerta de este agujero en el suelo en el que vivía un hobbit. No un agujero húmedo, sucio, repugnante, con restos de gusanos y olor a fango, ni tampoco un agujero seco, desnudo y arenoso, sin nada en qué sentarse o qué comer: era un agujero-hobbit, y eso significa comodidad.

Y una vez instalados cómodamente dejen que el libro les arrastre. No se resistan. ¡Vayan en busca de la aventura! Tal y como Bilbo Bolson se dejó convencer por Gandalf y los enanos.

Érase una vez… esa es la magia de los libros. Saquen de las tapas un mundo de la nada, al igual que los prestidigitadores sacan un conejo de su chistera. Un mundo que puede estar lleno de peligros, de melancolía, de crímenes, de viajes… en el que siempre nos mantengamos a salvo. Un mundo de pasiones, deseos y amores prohibidos.

Lolita, luz de mi vida, fuego de mis entrañas. Pecado mío, alma mía. Lo-li-ta: la punta de la lengua emprende un viaje de tres pasos desde el borde del paladar para apoyarse, en el tercero, en el borde de los dientes. Lo. Li. Ta. Era Lo, sencillamente Lo, por la mañana, un metro cuarenta y ocho de estatura con pies descalzos. Era Lola con pantalones. Era Dolly en la escuela. Era Dolores cuando firmaba. Pero en mis brazos era siempre Lolita.

¡No! ¡No! ¡Se lo ruego! No permitan que nadie les prohíba un libro, que les nieguen su lectura o su acceso por juzgarlos desde nuestro presente. Los libros son legado, testigos, embajadores… los ojos con los que podemos ver el pasado y con los que nos verán en el futuro. Dejen que sus hijos lean Caperucita, o la Bella durmiente si lo desean porque, de no permitírselo, les sustraerán información para comprender su presente y buena parte de un imaginario común sin el cual les estarán negando también el acceso a obras tan hermosas como la Zarzarrosa de Robert Coover, que les recomiendo buscar en las casetas de la feria. Ningún mal puede hacerles un libro si son lo suficientemente valientes como para educar a sus hijos para que se conviertan en hombres y mujeres con pensamiento crítico; algo que también aprenderán leyendo. No dejen que les prohíban La cabaña del tío Tom o Las aventuras de Huckleberry Finn, o las de los Cinco, porque en ellas se refleja el racismo de una época, u Otelo porque tiene como tema principal la violencia de género. No dejen que nos aboquemos a una sociedad semejante a la que Bradbury refleja en Fahrehneit 451 (la temperatura a la que arde un libro), donde su quema era obligada para poder manejar los pensamientos de una sociedad alienada, a la que se le niega el poder pensar por ella misma. En la que

Constituía un placer especial ver las cosas consumidas, ver los objetos ennegrecidos y cambiados. Con la punta de bronce del soplete en sus puños, con aquella gigantesca serpiente escupiendo su petróleo venenoso sobre el mundo, la sangre le latía en la cabeza y sus manos eran las de un fantástico director tocando todas las sinfonías del fuego y de las llamas para destruir los guiñapos y ruinas de la Historia.

Érase una vez la libertad mayor: libertad de pensamientos, de elecciones, de sueños… Este es un buen momento. Está delante de nosotros. Casetas cuajadas de libros. Envidio a los que van a vivir hoy su primera Feria del Libro; esos niños y niñas que, acompañados de sus padres, tíos, abuelos… podrán elegir el tesoro de papel que se llevarán a casa, con el que seguramente alcanzarán esta noche sus sueños. Seguro que esos niños y niñas recordarán este día, igual que el coronel Aureliano Buendía recordó aquella tarde remota en la que su padre lo llevo a conocer el hielo.

Y no solo permitan a los niños soñar. Siéntanse libres los adultos de elegir el libro de sus anhelos. Si no vienen con uno en mente, recorran las casetas, visualicen las portadas, déjense seducir por el título, por la sinopsis, ojeen sus páginas, acaricien sus lomos… no me cabe duda de que, antes o después, sentirán el flechazo. Leerán y leerán la historia que otro (el autor), un desconocido que tan bien parece conocernos, inventó. Porque como, como bien dice Gaarder en El mundo de Sofía

…al fin y al cabo, algo tuvo que surgir en algún momento de donde no había nada de nada…

 

Con suerte ese mundo inventado nos arrastrará páginas y páginas hasta llegar a la palabra fin. Después cerraremos el libro y, con suerte, nos sucederá como al lector del que habla Ángel González en su poemario Nada grave:

Al lector se le llenaron de pronto los ojos de lágrimas, y una voz cariñosa le susurró al oído:
—¿Por qué lloras, si todo en este libro es de mentira?
Y él respondió:
—Lo sé, pero lo que yo siento es de verdad.

¡Sientan! ¡Sientan!

Muchas gracias. Disfruten de la Feria del Libro de Teruel 2019.