Campa de los ingleses

Os dejo por aquí el relato que escribí para El Correo , publicado el pasado 31 de agosto. Espero que lo disfrutéis.

 

Campa de los ingleses

En aquellos tiempos los franceses advertían a los extranjeros de que cruzar el Bidasoa era una hazaña propia del mismísimo Ulises; no en vano ellos lo llamaban “boca del dragón”. Estaban convencidos de que, cualquiera que se atreviera a emprender semejante aventura, terminaría infectado de fiebre amarilla o de cualquier otro mal que solo podría curarse peregrinando de rodillas hasta Lourdes. Por eso no llegaban a entender la razón por la que los ingleses reincidían en relacionarse con los habitantes de esas tierras.

Fue en ese lugar con olor a sal donde nació y creció Catalina, la hermosísima nieta de madame Mazarredo, una mujer distinguida que había residido gran parte de su vida en París y que, por lo mismo, vestía a la usanza francesa, excepto cuando acudía a la misa de los domingos. La joven Catalina había heredado la elegancia y el delicado aire de superioridad de su abuela; hablaba perfectamente el francés y saludaba con media sonrisa a los habituales invitados de madame Mazarredo, circunstancia que acontecía prácticamente a diario, aunque eran las tertulias de los domingos especialmente destacables. Comenzaban a las diez de la noche y los asistentes se sentaban en círculo a charlar mientras Catalina ejecutaba al piano los zortzikos compuestos por su abuela. En las célebres reuniones se bailaban cotillones franceses, se discutía de literatura y se jugaba al “Rey pasa por aquí”.

Sumergida en ese selecto ambiente se hizo mujer la niña Catalina, casi sin que se dieran cuenta de tal manera que, de un día para otro, las costuras de los vestidos se le estallaron a la altura de las sisas. Y su lozano desarrollo no pasó desapercibido a los hombres. Aquellos que antes le pellizcaban las mejillas, pronto pasaron a anhelar pellizcarle en lugares menos inocentes, aunque ella parecía poco predispuesta a aceptar sus atenciones.

El paseo del Arenal, escoltado por bancos de piedra, con su jardín de flores, era entonces el lugar elegido por la beau monde para dejarse ver. Los comerciantes se reunían allí entre las doce y las dos para llevar a cabo las transacciones comerciales que terminaban sellando en el café que los dos hermanos suizos tenían en la calle de Correo. Por la tarde le llegaba al turno a los políticos y a los militares y, al atardecer, los jóvenes más elegantes se lucían esquivando a los niños que correteaban entre ellos agitando sobre sus cabezas cajitas de fósforos mientras pregonaban: ¡Fuego! ¡Fuego! Los fumadores habituales pagaban una suscripción de una perra gorda por semana con la que se aseguraban mantener sus cigarros encendidos aunque, eso sí, prescindían de fumar en presencia de las damas que, tan pronto oscurecía, se retiraban para evitar que se las confundiera con mujeres de mal vivir.

 

                                                                                                                                                                                                                               Ilustración: Mikel Casal

En cualquier caso a Catalina jamás se la vio en ninguno de los lugares frecuentados por la gente de su edad. Apenas salía y, cuando lo hacía, era para asistir a la misa de los domingos o para acudir, un día sí y otro casi también, a la tienda de ultramarinos de Escolástico Zelaya, en la que lo mismo se podían adquirir botones de hueso, flores de tela, periódicos extranjeros, cuadernos pentagramados o novelas. Y era por esto último que la joven se sentía ineludiblemente atraída por aquel local que olía a jaboncillos perfumados, ubicado en el Campo Volantil.

Catalina era la única mujer de Bilbao que montaba en bicicleta. Recorría la ciudad a tal velocidad que muchos creían verla venir y, de pronto, lo que quedaba en el aire no era más que la estela del velo de su sombrero, ondulando en el aire. Al llegar a su destino, ella se liberaba con un suspiro de los guantes y de las estrafalarias antiparras de cuero heredadas de su tío, sin prestar atención al interés que despertaba en el resto de ciudadanos que opinaban que una mujer decente no debería montar a horcajadas sobre semejante artilugio, ya que corría el riesgo de dejarse allí la virtud. Si en el breve trayecto que recorría a pie desde el lugar en el que dejaba la bicicleta hasta la tienda tropezaba con algún caballero conocido, correspondía a sus corteses reverencias y sombrerazos con un leve movimiento de mentón, sin dejar entrever ni una misericorde sonrisa. Y su actitud era exactamente la misma cuando entraba en la tienda de Escolástico y éste la saludaba con timidez. Pese a que llevaba años comprando allí, poniendo a prueba su talento de buen tendero con encargos de libros extrañísimos que él cumplía religiosamente sin fallar ni una sola vez (que si Las amistades peligrosas, que si Madame Bovary, que si Frankenstein…), jamás se permitió Escolástico con ella una sola confianza. Le hablaba sin mirarla directamente a los ojos y aprovechaba los momentos en los que se daba la vuelta para recorrer su encantadora figura y suspirar muy bajito. Como nunca habían entablado un diálogo en condiciones, Escolástico Zelaya quiso saber de su personalidad y para ello se leía, en una sola noche, los libros que Catalina le encargaba, de lo cual dedujo que se trataba de una joven pasional, con tendencias romántico-tenebrosas. Además, leer los libros que ella leería, acariciar con los dedos las páginas que ella rozaría en un futuro, le hacía sentirla próxima, unida en cierta media a él. Un acercamiento robado al destino porque, por la indolencia con la que Catalina se comportaba, le quedaba claro que otro tipo de contacto no era, ni sería jamás, posible. Pero todo podría cambiar. El destino podría cambiar. Al menos eso era lo que Escolástico deseaba.

Aquella mañana Catalina subió en su bicicleta y se dirigió a la tienda en busca de su último encargo: Cumbres borrascosas. Escolástico se encontraba en ese momento envolviendo la novela en papel de estraza y fue entonces cuando lo decidió. Lo sintió en su interior como un azote del mar en la costa en un día de tormenta. Era una valentía que no reconocía como suya, pero aún así estaba dispuesto a adueñarse de ella. Debía hacerlo. Sí. Lo haría. Rozaría el índice de Catalina con su meñique en el intercambio de manos del libro.

            Ella entró en la tienda, saludó, preguntó por su encargo, él sacó el paquete de debajo del mostrador. Tomó aire. La miró fijamente a los ojos, un segundo, dos, tres… iniciando el movimiento de entrega del libro. Justo cuando estaba a punto de depositar el paquete en las manos de la dama, sintió el corazón desbocado, al borde del colapso… y entonces… entonces… el joven Pachi entró en la tienda como una exhalación, llamando al gritos al tendero. Escolástico suspiró con rabia. No le dio tiempo a mucho más porque Pachi se lanzó a resumir el motivo de su entusiasmo. Un acontecimiento épico estaba a punto de celebrarse en la Campa de los Ingleses. Llamaban así a ese terreno junto al río porque, entre hierbajos y matojos, se escondía un antiguo cementerio británico y, en ocasiones, los marineros ingleses que arribaban a Bilbao practicaban allí un juego de pelota que les obligaba a correr un buen rato en paños menores. En un principio, los jóvenes locales se burlaron de los isleños, pero estos se pusieron gallitos y les retaron a un partido con el que pretendían demostrarles que ese deporte no era apto para pusilánimes. Tras explicarles paso por paso en qué consistían las reglas del juego, los nativos concluyeron que les iban a dar a los foráneos una soberana paliza. Se necesitaban once jugadores, y ellos solo contaban con diez, así que corrieron en busca del que faltaba. Escolástico se encogió de hombros.

-¿Por qué piensas que voy a cerrar la tienda para ir a jugar a eso?

_Ohhh… por favor. No te hagas de rogar. Te necesitamos.

Escolástico eran moreno y delgado. No acumulaba ni un gramo de grasa en su cuerpo porque le gustaba subir a los montes con su perro para recoger setas tras la lluvia. Eso y jugar a la pelota mano eran las actividades físicas que él consideraba adecuadas para los hombres; todo lo demás le parecía hacer el ridículo. Y así se lo dijo a Pachi:

_No pienso hacer el ridículo corriendo detrás de una pelota _sonrió con jactancia, convencido de que semejante arranque de sensatez le haría al fin visible a los ojos de Catalina, que aún continuaba con la mano suspendida en el aire, en espera de recibir su ejemplar de Cumbres borrascosas.

Escolástico viró levemente la mirada hacía ella y creyó percibir un leve gesto en su habitual rostro impasible.

_Eso que usted llama “correr detrás de una pelota” tiene nombre: Football _aclaró la joven_. Y no consiste solo en eso. Hay que luchar con todo el cuerpo para batirse con el contrario, dominar el movimiento de un objeto esférico empleando únicamente pies y piernas.

Escolástico quedó petrificado. Era la primera vez que Catalina le hablaba más de dos frases seguidas. Gracias a ello confirmó algo que ya sospechaba; tenía la voz de pájaro ronco, seguramente de usarla poco. Y algo más: quería escuchar esa voz hasta el fin de sus días.

_¿Cree entonces que debería jugar? _le preguntó envalentonado.

_Por supuesto _confirmó ella.

_Solo si me hace usted el honor de ser espectadora. Eso me dará fuerzas.

Su boca no respondió, pero sus ojos le indicaron que estaba dispuesta a presenciar partido.

El sol estaba en ese momento en el lugar más alto del cielo. Once y once jugadores midiendo sus fuerzas ante un balón de cuero relleno de plumas. Escolástico tomó posición, dispuesto como estaba a mostrarse ante Catalina como un auténtico héroe. Con los pies afirmados en el suelo, balanceó el cuerpo hasta encontrar el movimiento perfecto. Con mirada de lince, localizó el balón y se preparó para correr tras él como si le fuese la vida en ello. El contrario lo había lanzado al aire y él dio un salto, lo golpeó con el pecho haciendo que descendiera hasta sus pies y, una vez allí, se dispuso a dominarlo. Lo logró y corrió en dirección a la portería. Iba sonriendo. Podía sentir los ojos de Catalina clavados en su nuca. Corría como nunca lo había hecho, sintiendo el balón en cada zancada: derecha, izquierda, otra vez derecha… hasta llegar a la altura de uno de los ingleses que le lanzó un codazo certero en la boca del estómago, justo un segundo antes de arrebatarle el balón. Escolástico cayó de bruces, golpeándose en el ojo con la rodilla de uno de sus compañeros de equipo.

Ese primer partido de futbol terminó con cinco goles a favor de los ingleses, los cuales, para sanar el orgullo herido de los contrarios, decidieron invitarles a pollos asados y chacolí.

A media tarde, Catalina y Escolástico se alejaron la Campa de los Ingleses. Él la acompañaba empujando su bicicleta mientras le contaba anécdotas de la tienda que ella escuchaba con aparente interés.

_Se le está poniendo el ojo morado _le señaló ella.

_No importa. Nunca me he sentido mejor que hoy.

Caminaban sin prisa, rumbo a la casa de Catalina, bajo la atenta mirada de los desolados admiradores de la muchacha, que la vieron alejarse convencidos de que la habían perdido definitivamente.

 

 

 

Edimburgo IV: El Castillo.

En uno de los extremos de la Royal Mile está el majestuoso Castillo de Edimburgo; una antigua fortaleza que puede verse desde prácticamente cualquier punto de la ciudad, ya que se alza en lo alto de la colina de Castle Hill.

La visita a este emblemático lugar exige varias horas, de modo que no está de más planificarla con antelación.

 

 

Una de las citas ineludibles, que se lleva celebrando desde 1861, es el cañonazo de las 13 h (los domingos no lo hacen). El origen de la tradición nace del interés en indicar, a la gente de la ciudad y a los marineros, la hora exacta (en tiempos en los que pocos tenían relojes).

Es fácil saber cuál es el cañón desde que se dispara, ya que la gente comienza a reunirse en torno a él unos veinte minutos antes; así que hay que estar atentos si se quiere disfrutar del espectáculo en el que, el General de Artillería, realiza el ritual con cierta bambolla.

 

 

Dentro del Castillo podrás visitar, además: La Capilla de Santa Margarita, en edificio que acoge las joyas de la Corona, el Memorial Nacional de la Guerra de Escocia (en su interior no se pueden tomar fotografías) y las prisiones de guerra.

 

 

Otra de las sorpresas que esconde el Castillo tiene mucho que ver con el amor que los escoceses sienten por los animales en general y por los perros en particular. Dentro de las murallas nos encontramos un pequeño y bien cuidado cementerio en el que descansan los cuerpos de los perros que acompañaban a los militares durante los conflictos bélicos.

 

 

 

En definitiva, la visita al Castillo es ineludible si estás en Edimburgo. Las leyendas e historias que acogen sus muros ayudan a entender mejor el talante de la ciudad. Eso sí, os recomiendo que saquéis las entradas de antemano, ya que se forman largas colas. También es interesante sumarse a una de las visitas guiadas, o alquilar las audio guías, si no queréis perderos ni un detalle.

 

Si deseas saber más sobre Edimburgo puedes visitar las otras entradas en este mismo blog:

Edimburgo I: La ruta de Harry Potter.

Edimburgo II: Ciudad de escritores.

Edimburgo III: Palacio de Holyroodhouse.

Edimburgo IV: El Castillo.

Edimburgo III: Palacio de Holyroodhouse.

La arteria principal de Edimburgo, llamada Royal Mile, conecta dos de sus joyas arquitectónicas. Hoy os hablaré de una de ellas, el Palacio de Holyroodhouse; un edificio que ha ido adquiriendo su actual configuración a través de los siglos. Actualmente es la residencia oficial de la reina de Inglaterra en Escocia.

 

 

La visita comienza en el patio, en cuyo centro se encuentra una fuente inspirada en la que hay en el palacio de Lintithgow, un antiguo burgo real situado a 30 kilómetros de Edimburgo.

Os recomiendo que visitéis en primer lugar los jardines. Cada media hora, un guía os desvelará los misterios de sus flores, árboles y recovecos. La lluvia habitual convierte el lugar en un vergel verde, frondoso, exuberante… donde es fácil perderse.

 

 

De hecho eso es lo que la reina debió pensar (perder cosas, olvidarlas) cuando una persona bienintencionada le regaló esta estatua de un violinista. Ella la encontró tan aberrante que la confinó en un lugar recóndito, entre la maleza. Y allí lo encontramos.

 

 

Desde los jardines se obtiene una preciosa vista de la abadía agustina de Holyrood, edificada en el siglo XII siguiendo los dictados de una leyenda. Al parecer el rey David I de Escocia se encontraba cazando por la zona cuando un enorme ciervo se dispuso a atacarlo. Estando los dos frente a frente, apareció entre los cuernos del animal una cruz resplandeciente, lo cual en rey interpretó como como una señal de que debía fundar allí una abadía que llamó Holyrood Abbey (la abadía de la cruz sagrada).

 

 

La magia bucólica de la abadía contrasta con el esplendor del palacio adyacente. Hasta ahora no había profundizado en la biografía de una de sus habitantes más célebre: María Estuardo.

 

 

Entre las paredes de este palacio, la reina vivió uno de los episodios más tumultuoso de su existencia. María, casada en segundas nupcias con un medio primo, mantenía una relación muy especial con su secretario: David Rizzio. El marido, celoso, sospechando que mantenían una aventura, incluso convencido de que el hijo que esperaba su esposa era del italiano, accedió (junto con un grupo de nobles afines) a los aposentos privados en los que la reina cenaba con Rizzio. Allí le asestaron más de cincuenta puñaladas. Murió ante los ojos de la reina embarazada, junto a una de las ventanas (que en la actualidad se encuentra señalada con un cartel. Incluso se dice que todavía pueden observarse las manchas de sangre del infortunado secretario).

En definitiva, visitando el Palacio de Holyroodhouse podéis recorrer la historia de Escocia repasando episodios dignos de cualquiera de las series televisivas que nos seducen en la actualidad.

Si deseas saber más sobre Edimburgo puedes visitar las otras entradas en este mismo blog:

Edimburgo I: La ruta de Harry Potter.

Edimburgo II: Ciudad de escritores.

Edimburgo IV: El Castillo.

Edimburgo II: Ciudad de escritores.

Que una ciudad tenga un Writers’ Museum (como podréis imaginar), me conquista… absolutamente. Este coqueto edificio está consagrado a tres de los escritores más celebrados de Escocia: Sir Walter Scott, Robert Burns y Robert Louis Stevenson. Aquí, el viajero interesado en la vida de estos maestros de la pluma podrá ver, por ejemplo, la imprenta y la mesa del comedor de sir Walter Scott, el escritorio de Robert Burns, o la caña de pescar y la pipa de Robert Louis Stevenson.

 

 

Es cierto que no paro de decir que la ciudad (toda la ciudad), su arquitectura y la pátina de sus piedras, le dan un caracter escepcional, pero insisto en ello en este caso en particular. El edificio en el que se encuentra el Writers’ Museum se erigió en 1622 y fue propiedad de la  condesa viuda de Stair, que lo donó a la ciudad de Edimburgo en 1907.

 

 

Se llega hasta el museo atravesando uno de los callejones de la Royal Mile (que también se conocen como «closes» o «Wynds»). Casi por arte de magia, se deja atrás el bullicio de esa zona para alcanzar la intimidad de Makars´ Court, un patio en el que se pueden ver algunas losas en memoria de los escritores escoceses más relevantes desde el siglo XIV.

 

 

Dentro está prohibido hacer fotografias de las colecciones (que están divididas en distintos niveles conectados por escaleras de caracol) y por eso mismo no os muestro muchas imágenes del interior.

 

 

Como en la mayoría de los museos de Edimburgo, la entrada es gratuita (aunque hay una hucha en la entrada donde depositar lo que se considere conveniente y que, según indican, se utilizará para el mantenimiento del museo).

 

 

Se trata de un museo de pequeñas dimensiones en el que se puede seguir la historia de los tres autores a los que está dedicado siguiendo sus huellas en retratos, manuscritos y diversos objetos personales. En la sala principal suelen organizar exposiciones temporales.

 

 

Desde el propio museo nos proponen involucrarnos en «The Edinburg book lovers’ tour», las celebradas rutas literarias por la ciudad.

 

 

Pero no solo se homenajea a los escritores escoceses en este museo. En los Princes Street Gardens se alza el Monumento a sir Walter Scott. Impresionante, se mire por donde se mire, la blanca figura del escritor (tallada en mármol de Carrara), contrasta con la piedra que lo acoge. Scott está representado con una pluma en la mano y, junto a él, descansa su perro Maida. En Edimburgo son grandes amantes de los perros (cosa que me enamora). Ya os contaré más historias al respecto.

 

 

A lado del monumento a sir Walter Scott, se encuentra la estatua de Livingtone, aunque a muchos les pase desapercibida por la grandiosidad de su vecina.

 

 

Por cierto, justo delante de las figuras de estos dos ilustres caballeros, se encuentran los almacenes Jenners; una especie de Corte Inglés a la escocesa.

 

¿Qué decir de las librerías y bibliotecas que vas dejando por el camino?  Os dejo una pequeña muestra en forma de imágenes.

Si os apetece conocer más historias de libros y escritores escoceses, os remito a mi entrada sobre la Ruta de Harry Potter en Edimburgo.

Y qué mejor manera de despedir esta entrada que con el lema que luce la «Central Library»: ¡Hágase la luz!

Si deseas saber más sobre Edimburgo puedes visitar las otras entradas en este mismo blog:

Edimburgo I: La ruta de Harry Potter.

Edimburgo III: Palacio de Holyroodhouse.

Edimburgo IV: El Castillo.

Edimburgo I: La ruta de Harry Potter.

Edimburgo es una de esas ciudades que estaba deseando conocer. Sus paisajes me cautivaban, su historia me cautivaba y, así mismo, también me cautivaban las leyendas que han surgido bajo la inspiración de sus calles, plazas y cementerios. Sin duda, una de las más famosas es la del niño mago que ha seducido a niños y no tan niños. Visitar Edimburgo es comprender dónde prendió la imaginación de su autora: J. K. Rowling. Así que, como no podía ser de otra forma, cual detective literaria, me dispuse a seguir los pasos de la escritora por la ciudad.

  1. The elephant house.

¿Y por qué no empezar por el principio? J. K. Rowling dio vida a su personaje más emblemático en este café. Algunos (los más románticos) cuentan que, sin trabajo y al cuidado de su pequeña hija, la aún aspirante a escritora de éxito vivía de las ayudas sociales en un apartamento sin calefacción y que esa era la razón por la que caminaba todas las tardes hasta este local, se pedía un té y allí pasaba las horas escribiendo. Más tarde, J. K. Rowling ha asegurado que eso no era cierto, que no era tan tonta como para alquilar un apartamento sin calefacción en el invierno de Edimburgo; tenía calefacción, pero su hija se dormía con más facilidad si paseaba con ella en su cochecito hasta llegar a “The elephan house”.

 

Como podéis ver, ahora se ha convertido en un lugar de referencia; los guías turísticos llevan allí a sus clientes, que no paran de hacerle fotos, y los aspirantes a escritores se apiñan en su interior esperando que el té que se sirve en el local sea el responsable de tanta magia creativa. Si os acercáis hasta allí, visitad los lavabos. Están cuajados de comentarios y agradecimientos a la autora por esta historia.

Dirección: 21 George IV Bridge, Edinburgh EH1 1EN, Reino Unido

 

  1. Victoria Street.

El Old Twon de Edimburgo podría servir de escenario para rodar cualquiera de las películas de Harry Potter, pero dicen que es Victoria Street la calle que J. K. Rowling describe al hablar del Callejón Diagon, el lugar en el que los jóvenes aspirantes a magos adquieren su material de trabajo antes de que comience el curso.

Como curiosidad decir que con su nombre el inglés (Diagon Alley) se hace un juego de equívocos con la palabra (diagonally= diagonal), que hace que Harry Potter se equivoque en su pronunciación con terroríficas consecuencias, seguro que lo recordáis.

A lo largo de todo el Old Twon es fácil encontrarse con un montón de tiendas de recuerdos del niño mago y sus compañeros de aventuras.

  1. Cementerio de Greyfriars.

En Edimburgo los cementerios no se intuyen como algo macabro o tenebroso. De hecho hay casas habitadas justo al lado cuyas ventanas dan al camposanto y es habitual encontrar a los ciudadanos paseando por sus calles con los perros y los carritos de los niños. Precisamente así es como J. K. Rowling encontró la inspiración para bautizar a algunos de los personajes más emblemáticos de la saga: los tomó prestados de las tumbas. Una de ellas es la del poeta William McGonagall (¿os suena de algo el apellido?).

Caminando en diagonal desde la entrada principal, en una lápida de piedra de la pared, está la tumba de un tal Thomas Riddell, que ya sabéis que es el nombre de nacimiento del terrible, terrible, terrible Lord Voldemort.

 

Como curiosidad os diré que, muchas de las tumbas están protegidas con rejas para evitar los robos de cuerpos que se producían en el pasado, con la intención de servir de muestra en las escuelas de anatomía. Al parecer, los cuerpos de niños y mujeres eran los más demandados por considerarse (anatómicamente) más interesantes.

 

  1. Colegio George Heriot.

En las inmediaciones del cementerio, junto a la tumba del poeta William McGonagall,  se encuentra un colegio que recuerda a Hogwarts. Muchas cosas tienen en común ambos centros de enseñanza; quizás la más curiosa sea que, al igual que la institución para niños magos, el colegio George Heriot se divide en cuatro casas, a las que pertenecen los alumnos que deben sumar puntos con sus actividades.

  •  Lauriston es la casa verde y debe su nombre a la calle donde se encuentra el colegio.
  • Geyfriars es la casa blanca, y su nombre es en honor a la capilla y el cementerio de Greyfriars.
  • Raeburn es la casa roja, y es un homenaje al pintor edimburgués Henry Raeburn, que siendo niño (y huérfano) estudió en el colegio.
  • Castle es la casa azul y se refiere al Castillo de Edimburgo, visible en primer plano desde la escuela.

¿Aún esperáis que os llegue por correo postal la carta de admisión de Hogwarts? Reconozco que yo sí.

Mañana os cuento más cosas del maravilloso Edimburgo.

Si deseas saber más sobre Edimburgo puedes visitar las otras entradas en este mismo blog:

Edimburgo II: Ciudad de escritores.

Edimburgo III: Palacio de Holyroodhouse.

Edimburgo IV: El Castillo.